“La IA nos robará el futuro”: el 55% de EE.UU. ya la ve como una amenaza
Alerta laboral: El rechazo a la inteligencia artificial en EE.UU. escala al 55%, con temores que van desde el desempleo hasta su impacto en las aulas. ¿Por qué ahora?
Los estadounidenses están virando en contra de la inteligencia artificial a un ritmo acelerado. Según la última encuesta de Quinnipiac, publicada este lunes, el 55% de la población cree que la IA causará más daños que beneficios en su vida diaria, un salto de 11 puntos porcentuales desde abril de 2023. El miedo no es abstracto: el 70% anticipa que la tecnología reducirá oportunidades laborales (un aumento del 14% respecto al año pasado), mientras solo un 7% confía en que generará empleos.
El escepticismo crece en paralelo a la inversión récord de las grandes tecnológicas. Amazon, Meta, Google y Microsoft destinarán este año un total de US$650.000 millones a infraestructura de IA, una cifra equivalente al PBI anual de países como Argentina o Polonia. Pero el optimismo corporativo choca con la realidad ciudadana: el 65% de los encuestados rechaza la construcción de centros de datos de IA en sus comunidades, citando preocupaciones por el aumento en las tarifas eléctricas (hasta un 30% en zonas con alta demanda), el agotamiento de recursos hídricos y la contaminación acústica.
La brecha entre élites tecnológicas y ciudadanos se profundiza. Multimillonarios como Marc Andreessen (capitalista de riesgo) y Greg Brockman (presidente de OpenAI) han inyectado decenas de millones de dólares en las elecciones de mitad de mandato de EE.UU. para impulsar candidatos pro-IA y frenar regulaciones estrictas. Sin embargo, las advertencias de figuras clave de la industria —como Dario Amodei, CEO de Anthropic— resuenan más fuerte: en enero de 2024, vaticinó que la IA provocaría una disrupción laboral “inusualmente dolorosa“, comparable a la automatización industrial del siglo XIX, que dejó a millones en la pobreza.
¿Dónde duele más la IA? Educación, empleo y guerra
La encuesta de Quinnipiac revela tres frentes críticos donde la IA genera mayor desconfianza:
- Educación: El 63% de los estadounidenses cree que la IA empeorará la calidad educativa, frente a solo un 27% que vislumbra mejoras. El temor se centra en el reemplazo de docentes por chatbots y la proliferación de trabajos académicos generados por IA, una práctica que ya afecta al 40% de las universidades del país, según un informe de Stanford de 2023.
- Empleo: El 70% anticipa menos oportunidades laborales, una cifra que supera el pesimismo durante la crisis financiera de 2008 (62%). Sectores como el periodismo (donde el 30% de los contenidos ya son asistidos por IA, según la Asociación de Prensa de EE.UU.) y el servicio al cliente (con un 45% de atención automatizada) son los más vulnerables.
- Defensa: El 52% se opone a que el Pentágono use IA para seleccionar objetivos militares, una práctica que, según filtraciones de The Intercept, ya se aplicó en operaciones encubiertas en Venezuela (2022) e Irán (2023). El 36% que apoya su uso argumenta que reduce “errores humanos”, pero expertos como la exsecretaria de Estado Hillary Clinton han advertido sobre el riesgo de “guerras algorítmicas sin rendición de cuentas”.
La encuesta de Quinnipiac, realizada por teléfono a 1.397 adultos entre el 14 y 18 de marzo, tiene un margen de error de 3,3%. Sus resultados coinciden con otros sondeos, como el de NBC News, donde la IA obtuvo una aprobación menor (22%) que agencias polémicas como el Servicio de Inmigración (ICE), con un 28% de apoyo.
El contraste es revelador: mientras Silicon Valley celebra la IA como “la próxima revolución industrial”, los ciudadanos la perciben como una amenaza más inmediata que el cambio climático (que preocupa al 48% de los estadounidenses, según Gallup). ¿Estamos ante un conflicto generacional irreconciliable, donde los menores de 30 años (el 60% apoya la IA) chocan con los mayores de 50 (72% en contra)?
El precedente histórico que explica el miedo: la automatización de los años 80 y sus víctimas
El temor actual a la IA no es un fenómeno aislado, sino un eco ampliado de lo ocurrido en la década de 1980, cuando la automatización industrial destruyó 2,4 millones de empleos manufactureros en EE.UU. entre 1980 y 1985, según datos del Bureau of Labor Statistics. Ciudades como Detroit (Michigan) y Youngstown (Ohio) perdieron hasta el 40% de sus puestos de trabajo en cinco años, y regiones enteras quedaron sumidas en crisis económicas que tardaron décadas en recuperarse. El paralelo con la IA es inquietante: entonces, como ahora, las promesas de “progreso” chocaron con una realidad de desempleo masivo y desigualdad.
En 1983, el economista Jeremy Rifkin publicó “El fin del trabajo“, donde advirtió que la automatización crearía una “clase obsoleta” de trabajadores desplazados. Su tesis, ridiculizada en su momento por la prensa, se cumplió con precisión: para 1990, el 15% de los hogares en zonas industriales dependía de ayudas sociales, según un estudio de la Brookings Institution. Hoy, el 70% de los estadounidenses que temen por sus empleos (según Quinnipiac) repiten el patrón: la IA, como los robots de los 80, se percibe como una amenaza concreta y cercana, no como una abstracción tecnológica. La diferencia clave es la velocidad: mientras la automatización tardó una década en desplazar empleos, la IA ya está reconfigurando sectores como el periodismo (con un 30% de contenidos generados por algoritmos) en menos de dos años.
El rechazo a los centros de datos de IA (65% de oposición) también tiene un antecedente: en los 80, comunidades como Pittsburgh protestaron contra la instalación de fábricas robotizadas, argumentando que consumirían recursos sin generar empleo local. Hoy, el 30% de aumento en tarifas eléctricas y el agotamiento de acuíferos que denuncian los encuestados son el mismo guión, pero con servidores en lugar de cadenas de montaje. Incluso el lobby pro-IA repite tácticas: en 1984, la Chamber of Commerce gastó $12 millones (equivalentes a $35 millones hoy) en campañas para desregular la automatización. Ahora, figuras como Marc Andreessen inyectan fondos en candidatos para evitar regulaciones, mientras el 55% de la población —como en los 80— siente que el futuro se decide sin ellos.
¿Repetirá la IA los errores del pasado o los agravará?
La historia sugiere que el impacto de la IA podría ser más brutal que el de la automatización industrial. En los 80, los trabajadores desplazados aún podían reciclarse en servicios o construcción; hoy, la IA amenaza también esos sectores (el 45% del servicio al cliente ya está automatizado). Además, la concentración de poder es mayor: en 1985, las 10 mayores empresas de EE.UU. controlaban el 23% del PIB; en 2024, Amazon, Meta, Google y Microsoft —las mismas que impulsan la IA— acumulan el 38%, según S&P Global. Si en los 80 el desempleo generó tensiones sociales, ahora el riesgo es una crisis de legitimidad democrática: el 60% de los menores de 30 años apoya la IA, pero el 72% de los mayores de 50 la rechaza. Una brecha generacional así no tiene precedente en la historia reciente de EE.UU. —ni siquiera durante el crack del 29— y podría redefinir el mapa político en las elecciones de 2024.