Gráfico del won coreano en 1500 por dólar con flechas rojas de caída y fondo de datos económicos

Corea del Sur frena: el won en 1.500 y la inflación obligan al BoK a mantener el 2,50%

Presión máxima: El Banco de Corea congela tipos en 2,50% con el won en 1.500 por dólar y la inflación al alza.

El Banco de Corea (BoK) ha vuelto a mantener su tipo de interés oficial en el 2,50%, una decisión que refleja el miedo a un cóctel explosivo: un won en caída libre (rozando los 1.500 por dólar), una inflación que repunta al 2,2% y el fantasma de un shock energético por la crisis en Oriente Medio. La institución, lejos de actuar por inercia, prioriza la estabilidad en un escenario donde cualquier movimiento —ya sea un recorte para impulsar el crecimiento o una subida para frenar precios— podría agravar la situación. El mensaje es claro: en tiempos de guerra y volatilidad, la prudencia no es una opción, sino una necesidad.

Esta pausa del BoK no es un caso aislado. Históricamente, los bancos centrales han optado por estrategias similares ante crisis geopolíticas. Por ejemplo, durante la invasión rusa de Ucrania en 2022, múltiples autoridades monetarias, incluyendo la Reserva Federal, adoptaron posturas de espera para evaluar si los shocks eran transitorios o estructurales. Ahora, con el conflicto en Oriente Medio disparando los precios del petróleo —el Brent rozó los 99 dólares— y el cierre del Estrecho de Ormuz amenazando las cadenas de suministro, el BoK repite el guión: comprar tiempo para calibrar el impacto real.

El contexto actual evoca otros momentos críticos para Corea del Sur, como la crisis de la deuda asiática de 1997-1998, cuando el won se desplomó y el país tuvo que implementar reformas estructurales bajo la tutela del FMI. Aunque la magnitud de la crisis actual no es comparable, la combinación de una divisa débil, inflación creciente y incertidumbre externa obliga al BoK a extremar la cautela. La diferencia clave: hoy, Corea del Sur cuenta con reservas de divisas récord (superiores a los 400.000 millones de dólares en 2023) y un sector exportador robusto, liderado por semiconductores.

Siete reuniones en pausa: ¿hasta cuándo?

La decisión del BoK marca el séptimo mantenimiento consecutivo del tipo de interés en 2,50%, con unanimidad en su consejo. Pero esta pausa no es sinónimo de tranquilidad. El banco reconoce que el conflicto en Oriente Medio ha elevado simultáneamente los riesgos de inflación y de frenazo económico, una combinación que reduce su margen de maniobra. La estrategia es clara: esperar a que la “niebla externa” se disipe antes de actuar, tal como hizo durante la guerra comercial entre EE.UU. y China (2018-2019), cuando el BoK también optó por la inmovilidad.

Sin embargo, el costo de esta espera ya se hace visible. El banco central ha ajustado sus previsiones: el crecimiento para 2026 quedará por debajo del 2,0% que proyectaba en febrero, y admite que la economía se desacelerará “más de lo previsto”. El escenario es desolador para una economía abierta: energía más cara, divisa bajo presión y señales de restricción en cadenas productivas clave, como la automoción y la petroquímica.

Inflación al alza: el petróleo manda

El dato que rompe la narrativa de “control” es el repunte de la inflación: del 2,0% en febrero al 2,2% en marzo, impulsada por el encarecimiento de los productos petrolíferos. Pero el problema no es solo el número, sino su efecto psicológico. En Corea del Sur, donde el gasto en energía representa cerca del 10% del presupuesto familiar, cualquier alza en los precios del petróleo se traduce en una caída inmediata de la confianza del consumidor y en un aumento de las expectativas inflacionarias.

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El BoK sitúa las previsiones a corto plazo del público en el 2,7%, un nivel peligroso. Si este porcentaje se consolida, el banco central podría verse obligado a endurecer su postura, algo que ahogaría aún más el crecimiento. Además, anticipa que la inflación podría escalar a la franja “media-alta” del 2% por el tirón del crudo, incluso con las medidas del gobierno para contener precios, como los subsidios a combustibles.

Este escenario recuerda a la crisis del petróleo de 1973, cuando Corea del Sur sufrió una recesión aguda por su dependencia energética. Hoy, aunque el país ha diversificado sus fuentes, sigue importando cerca del 80% de su energía, lo que la hace vulnerable a los vaivenes geopolíticos en Oriente Medio.

El won en caída libre: deuda y financiamiento en riesgo

El segundo frente crítico es el tipo de cambio. El won se disparó a 1.500 por dólar tras el estallido del conflicto, impulsado por el fortalecimiento del billete verde y las ventas netas de bolsa local por parte de inversores extranjeros. Aunque la tregua temporal entre EE.UU. e Irán suavizó la presión, el riesgo persiste: más volatilidad significa más inflación importada y mayor fragilidad financiera.

La depreciación del won no solo encarece las importaciones, sino que también golpea a las empresas coreanas con deuda en dólares. Según datos del Banco de Pagos Internacionales (BIS), las corporaciones surcoreanas tienen una exposición externa de más de 200.000 millones de dólares. Un won débil encarece el servicio de esta deuda, presionando los balances y limitando la capacidad de inversión. Además, los rendimientos de la deuda soberana coreana repuntaron por el miedo a una inflación más persistente, encareciendo la financiación para empresas y hogares.

El BoK enfrenta así un dilema clásico: si recorta tipos para estimular la economía, el won podría depreciarse aún más, alimentando la inflación; si los sube para estabilizar la divisa, el crecimiento se resentiría. La solución, por ahora, es esperar, pero el reloj corre.

El shock energético que asfixia a Asia

El detonante de esta crisis es el petróleo. El cierre del Estrecho de Ormuz y los ataques a infraestructuras energéticas han disparado los precios: el Brent llegó a 99 dólares y el crudo estadounidense superó los 100. Corea del Sur, como el resto de Asia, es especialmente vulnerable. El país importa el 97% de su petróleo, y el 80% proviene de Oriente Medio. En crisis anteriores, como la de 1979, los shocks energéticos provocaron ralentizaciones severas.

El efecto dominó ya se nota: el encarecimiento de los petroquímicos y la escasez de insumos golpean desde la industria hasta el consumo. Sectores como el automóvil (Hyundai, Kia) y el naviero (HMM) podrían ver reducidos sus márgenes, mientras que los hogares enfrentan facturas más altas. El BoK advierte que, si el conflicto se prolonga, el impacto podría ser similar al de la guerra en Ucrania, cuando la inflación en Corea superó el 5% en 2022.

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Semiconductores y presupuesto: los salvavidas

En medio del caos, Corea del Sur tiene dos cartas bajo la manga: las exportaciones de semiconductores y un presupuesto suplementario. El sector tecnológico, liderado por gigantes como Samsung y SK Hynix, ha mostrado signos de recuperación tras el bache de 2023, cuando la demanda global de chips cayó un 20%. Sin embargo, esta mejora es frágil: si el encarecimiento energético eleva los costes de producción o la demanda global se debilita, el sector podría volver a contraerse.

El gobierno, por su parte, ha anunciado un paquete de estímulo fiscal de 17 billones de wones (unos 12.500 millones de dólares) para apoyar a hogares y pymes. Pero incluso este esfuerzo tiene límites: con la deuda pública en torno al 50% del PIB, el margen para gastar sin afectar la credibilidad fiscal es reducido.

El BoK se enfrenta a un dilema clásico: recortar tipos aliviaría la actividad económica, pero presionaría al won y alimentaría la inflación importada; subirlos estabilizaría precios y divisa, pero ahogaría el crecimiento. La autoridad monetaria asume que está ante un “shock de oferta” y que, si es temporal, lo mejor es esperar. Pero si el shock persiste y desancla las expectativas de inflación, la respuesta tendrá que ser más contundente.

La Fed inmovilizada: menos oxígeno para Corea

El BoK no actúa en solitario. La Reserva Federal de EE.UU. también ha advertido que un conflicto prolongado en Oriente Medio podría mantener la inflación por encima de su objetivo del 2%, retrasando los esperados recortes de tipos. Esta postura de la Fed es un problema para Corea del Sur: si EE.UU. mantiene tasas altas, el dólar seguirá fuerte, y cualquier movimiento del BoK en sentido contrario (como un recorte) intensificaría la depreciación del won.

En este contexto, el banco coreano apuesta por el control de daños: vigilar de cerca la inflación, el crecimiento y la estabilidad financiera —incluida la deuda de los hogares y el mercado inmobiliario en Seúl— antes de mover ficha. La pausa, en este caso, no es señal de calma, sino de riesgo calculado.

¿Qué sigue? Tres escenarios para el BoK

El futuro inmediato depende de tres factores:

  • Duración del conflicto en Oriente Medio: Si se prolonga, el BoK podría verse obligado a subir tipos para contener la inflación, incluso a costa del crecimiento.
  • Decisión de la Fed: Si EE.UU. recorta tasas en junio o julio, Corea del Sur ganaría margen de maniobra. Si no, el won seguirá bajo presión.
  • Resistencia de los semiconductores: Si el sector tecnológico mantiene su recuperación, podría compensar parte del impacto negativo en otros sectores.

La pregunta clave es: ¿Hasta cuándo puede el BoK mantenerse al margen? Con la inflación cerca del 2,5% (el límite superior de su rango objetivo) y el won en niveles críticos, el banco central podría verse obligado a actuar en su próxima reunión de mayo. Pero, en un entorno de tanta incertidumbre, cualquier movimiento será un riesgo.

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El precedente de 2011: cuando el won se desplomó y el BoK actuó tarde

La actual crisis del won no es la primera vez que Corea del Sur enfrenta una tormenta cambiaria combinada con presiones inflacionarias. En 2011, tras el terremoto de Fukushima y la escalada de tensiones en Libia, el won se depreció un 12% en solo tres meses (de 1.050 a 1.180 por dólar), mientras el petróleo Brent superaba los 120 dólares por barril. El Banco de Corea (BoK), entonces liderado por Kim Choong-soo, cometió un error estratégico: mantuvo los tipos en 3,25% durante cinco meses consecutivos, argumentando que la inflación —que alcanzó el 4,7%— era «transitoria». Cuando finalmente subió las tasas en junio de 2011, el daño ya estaba hecho: la inflación se había anclado, los salarios reales cayeron un 3,1%, y el crecimiento del PIB se ralentizó al 3,6%, su nivel más bajo desde la crisis financiera global.

El paralelo con 2024 es inquietante. Hoy, como entonces, el BoK enfrenta un shock de oferta externo (petróleo + geopolítica) con un won en caída libre. Pero hay dos diferencias clave que podrían cambiar el desenlace:

  1. Reservas de divisas: En 2011, Corea del Sur tenía reservas por 300.000 millones de dólares; hoy superan los 420.000 millones, lo que le da más margen para intervenir en el mercado cambiario sin desestabilizar las finanzas públicas.
  2. Dependencia energética: Aunque el país sigue importando el 97% de su petróleo, ha reducido su exposición a Oriente Medio del 85% en 2011 al 80% en 2024, diversificando con proveedores como EE.UU. (gracias al shale oil) y Australia (GNL).

Sin embargo, el BoK repite un patrón peligroso: subestimar la persistencia de la inflación importada. En 2011, el banco asumió que los precios del petróleo se normalizarían en meses; en realidad, se mantuvieron altos hasta 2014. Hoy, con el conflicto en Oriente Medio sin solución clara y la OPEP+ recortando producción, el riesgo de un error similar es alto. Analistas de Goldman Sachs advierten que, si el Brent supera los 110 dólares (como en 2011), la inflación coreana podría dispararse al 3,5% en el segundo semestre, forzando al BoK a una subida de emergencia que ahogaría la recuperación.

La cuenta atrás: mayo será la prueba de fuego

El BoK tiene hasta su reunión de 23 de mayo para evitar repetir los errores de 2011. Si para entonces el won no se recupera (el umbral crítico está en 1.550 por dólar, según J.P. Morgan) y la inflación supera el 2,6%, el banco central enfrentará una disyuntiva brutal: subir tipos y sacrificar el crecimiento, o arriesgarse a que la inflación se descontrole como hace 13 años. La diferencia es que, esta vez, el mundo no está en un ciclo de recuperación poscrisis, sino al borde de una posible estanflación. Y Corea del Sur, con su economía hiperdependiente del comercio, sería uno de los primeros en caer.

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