Producto Interno Bruto se hunde al 0,7% y el Estrecho de Ormuz activa alerta militar
Wall Street volvió al rojo tras digerir un aluvión de indicadores que endurecen el diagnóstico: la actividad ya se desaceleraba antes de que el conflicto encareciera la energía.
El Dow cedió un 0,3%, el S&P 500 un 0,6% y el Nasdaq un 0,9%, sumando otra semana en negativo.
La inflación general bajó al 2,8%, pero la subyacente escaló al 3,1%, su récord en casi dos años.
Mientras, el Pentágono anunció más buques cerca de Ormuz: refuerzo naval, el USS Tripoli y nuevos despliegues de Marines.
Una jornada que empezó con alivio y terminó con sanción
El cierre fue tajante: los grandes índices terminaron en baja, reptiendo el guión que se instauró desde que la guerra se tradujo en shock de precios. El S&P 500 finalizó en 6.632,19 puntos (-0,6%), el Dow Jones en 46.558,47 (-0,3%) y el Nasdaq en 22.105,36 (-0,9%).
La semana confirma que no fue un mal día puntual: el Dow acumuló un retroceso del 2,0%, el S&P 500 del 1,6% y el Nasdaq del 1,3%. Lo relevante no es el porcentaje, sino el mecanismo: el parqué dejó de mirar solo beneficios y empezó a mirar condiciones financieras.
El cambio de sesgo es claro: la volatilidad ya no nace del “dato sorpresa”, sino del “dato que encaja”. Cuando inflación y crecimiento se mueven en direcciones incómodas, la renta variable no necesita un nuevo susto para ajustar valoraciones: le basta con ratificar que la desaceleración ya venía en marcha.
El número que lo cambia todo: PIB al 0,7% y consumo sin empuje
El golpe macro llegó con la revisión del PIB del cuarto trimestre: avance anualizado de apenas 0,7%, la mitad del 1,4% calculado previamente. El recorte no es menor: indica que la economía perdió fuelle antes del repunte del crudo y que el margen para absorber energía cara es más estrecho de lo que se pregonaba hace semanas.
Paralelamente, el índice de precios preferido por la Fed dibuja una trampa. La inflación general del PCE se moderó al 2,8% interanual, pero la subyacente escaló al 3,1%, con avances mensuales que apuntan a persistencia. El consumo, además, creció 0,4% en enero, compatible con resiliencia, pero insuficiente para disipar el temor a un desgaste progresivo del impulso.
El diagnóstico es incómodo: crecimiento menguante y precios “pegajosos” son la mezcla perfecta para que la Reserva Federal se mantenga pasiva.
El petróleo como índice oculto: cuando el barril dicta sentencia
El parqué no castiga un titular: castiga el barril. El Brent cerró en 103,14 dólares y el WTI en 98,71, con un avance semanal de dos dígitos en el referente global y el componente energético inflando expectativas de inflación.
La clave es logística: el Estrecho de Ormuz concentra el riesgo y convierte cada ataque o interrupción en prima global. Según datos citados en el seguimiento de mercado, las disrupciones han llegado a retirar más de 12 millones de barriles diarios, una magnitud que explica por qué el precio no cede con facilidad.
La consecuencia es directa: energía cara endurece las condiciones financieras aunque la Fed no mueva el tipo. Aumentan los costes logísticos, se estrechan márgenes y el consumidor se vuelve más cauteloso. En ese entorno, el mercado deja de premiar el crecimiento “futuro” y empieza a pagar por la estabilidad del “presente”.
Ormuz entra en fase castrense: más barcos, el USS Tripoli y miles de Marines
A la presión sobre el crudo se suma el movimiento político-militar. Washington decidió enviar más buques de combate cerca de Ormuz y desplegar el buque de asalto anfibio USS Tripoli con un contingente extra de Marines hacia Oriente Próximo. El mensaje busca ser disuasorio; para el mercado, sin embargo, también funciona como recordatorio de que la crisis no es táctica, sino estratégica.
El despliegue reduce el riesgo en el mediano plazo, pero no elimina la incertidumbre inmediata: convoyes, escoltas, neutralización de amenazas y normalización del tráfico requieren coordinación, tiempo y—sobre todo—un marco de seguros asumible para navieras. La experiencia en el Golfo demuestra que la protección comercial no se improvisa y que, mientras se instala, el precio incorpora una prima.
Por eso el dólar se comportó como activo refugio, fortaleciéndose frente a euro y yen: el mercado compra seguridad, no relatos.
Los castigados de la sesión: consumo discrecional y “tech” con noticias propias
La caída no fue uniforme. Ulta Beauty se hundió cerca del 14% tras presentar previsiones más débiles, convirtiéndose en una de las mayores losas del S&P 500. En paralelo, Adobe cedió unos 7,6% amplificado por factores corporativos —incluido relevo de liderazgo— y por la sensibilidad del software a un entorno de tipos altos más prolongado.
Mientras, el parqué siguio rotando hacia lo defensivo. Utilities y energía vinculada al gas natural encontraron algo de soporte, mientras sectores expuestos al combustible —aerolíneas— y cíclicos industriales acusaron el golpe del barril. Incluso el “refugio” clásico mostró grietas: la presión sobre metales preciosos se intensificó en una jornada donde el miedo a la inflación compitió con el miedo al crecimiento.
Este contraste resulta demoledor: cuando un índice cae por macro, el castigo es selectivo; cuando lo hace por energía, la selección se vuelve criba.
Lo más grave es que el mercado ya no necesita malas noticias: le basta con que las buenas no lleguen.
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