“La Parcería”: 15 años de revolución cultural latino en Madrid
Faro latino: Un espacio madrileño redefine la cultura como alianza, crianza y resistencia desde 2010.
En la entrada de La Parcería, una cita de Georges Perec —“Hasta que el lugar se haga improbable”— ilumina el ADN de este proyecto: un laboratorio cultural que muta con cada charla, baile o exposición. Esta semana, por ejemplo, los muros vibraron con cantos waorani gracias a Manuela Ima, quien conectó desde el Yasuní ecuatoriano para tejer un diálogo transcontinental. No es una excepción, sino la regla en este espacio que, en 15 años, se ha convertido en referente del latinoamericanismo crítico en Europa.
Fundado el 12 de octubre de 2010 —fecha simbólica que coincide con el Día de la Resistencia Indígena—, el colectivo ha cambiado de sede cinco veces, pero nunca de esencia: dialogar desde el antirracismo, los feminismos y la reapropiación del espacio público. Su nombre, una síntesis perfecta, fusiona el “parce” colombiano (término de hermandad con raíces carcelarias y barriales) con el portugués “parcería” (asociación), reflejando su misión: traducir mundos y tejer alianzas.
Del salsódromo al activismo cultural
Al inicio, el cine latinoamericano y la salsa fueron sus imanes. En plena efervescencia del 15M, organizaban “salsódromos” en naves abandonadas del centro de Madrid, donde cientos bailaban entre consignas políticas. “Era una fiesta con conciencia”, recuerda Johan Posada, cofundador colombiano de 40 años. “Queríamos ampliar referentes: no solo hablar de Godard, sino también de la Nueva Ola del Cine Ecuadoriano o el cine indígena”, añade. Ese cruce entre fiesta, política y ocupación del espacio definió su crecimiento.
El proyecto, sin embargo, dio un giro radical con la llegada de Camena Camacho, artista ecuatoriana de 41 años. Su entrada en 2013 —tras conocer a Posada en el metro— marcó “una segunda fundación”, como ella misma la llama. La maternidad, vivida en migración y sin red de apoyo, se convirtió en el detonante: “La crianza despertó la necesidad de comunidad”. Junto a Carolina Bustamante, Camacho impulsó la comisión de infancia, redefiniendo el espacio para que fuera habitable desde la primera infancia.
La “arquitectura del afecto”
De esa transformación surgieron iniciativas como Balbuceando o La casa sin puertas, proyectos que “sacan la casa a la calle” para romper el aislamiento de las familias migrantes. “Si hablas de diversidad a un niño pero no la vive, no la encarna”, advierte Camacho, quien acuñó el concepto de “arquitectura del afecto”: diseñar espacios culturales como infraestructuras emocionales, no solo como contenedores de eventos. Hoy, el 30% de sus actividades están enfocadas en infancia, maternidades y cuidados colectivos.
El modelo económico de La Parcería es tan híbrido como su propuesta: combina subvenciones públicas (como las de Medialab Prado), proyectos externos, autoingresos (talleres, ventas de publicaciones) y apoyo vecinal. “Una gimnasia financiera”, la llaman. Pero su mayor logro ha sido ensayar una “nueva institucionalidad”: mantener rigor administrativo —“todos los permisos en regla”, insiste Posada— sin perder flexibilidad. “Sabíamos que, si no, desaparecíamos con la primera queja”, confiesa.
El arte como herramienta de transformación
Para La Parcería, el arte no es decoración, sino “una vía para nombrar lo complejo”. Desde exposiciones sobre memoria histórica andina hasta talleres de cartografía afectiva con migrantes, cada actividad busca transformar narrativas. “No somos solo un centro cultural, sino un espacio de creación, pensamiento político y acción”, subraya Camacho. Un ejemplo reciente: la residencia de la artista mapuche Francisca Aninat, cuyo trabajo sobre territorio y cuerpo generó debates sobre extractivismo y feminismos indígenas.
Quince años después, el proyecto sigue siendo un “lugar improbable”, como la frase de Perec que lo recibe. Un espacio donde una voz waorani desde la Amazonía dialoga con madres africanas en Lavapiés, donde el arte se mezcla con la crianza y la política con el baile. “Quien no se mueve no siente las cadenas”, cita Posada a Rosa Luxemburgo, recordando que, en La Parcería, quedarse quieto nunca fue una opción.
¿Qué pasaría si todos los centros culturales priorizaran el afecto sobre el espectáculo? En un mundo donde la cultura suele ser mercancía, La Parcería demuestra que también puede ser refugio, resistencia y, sobre todo, casa.
Lavapiés, epicentro histórico de la resistencia cultural migrante en Madrid
El barrio de Lavapiés, donde La Parcería ha plantado sus raíces en cuatro de sus cinco sedes, no es un escenario casual. Este territorio —conocido como el “barrio de las culturas”— lleva décadas siendo laboratorio de migraciones, activismo y experimentación artística, con hitos que preceden y contextualizan el trabajo del colectivo. Desde los años 80, cuando llegaban los primeros flujos masivos de migrantes ecuatorianos y marroquíes, hasta la explosión de okupaciones culturales en los 90 (como el Centro Social Seco, clausurado en 2010), Lavapiés ha sido trinchera y espejo de las tensiones entre gentrificación y resistencia.
Un precedente clave es la Casa de América (inaugurada en 1992 en Plaza de Cibeles), que, pese a su enfoque institucional, abrió brechas para visibilizar las culturas latinoamericanas en España. Sin embargo, su programa —centrado en élites intelectuales y diplomáticas— dejó un vacío que proyectos como La Parcería o el Centro Cultural Hispanoamericano (activo entre 1995 y 2005) intentaron llenar desde lo comunitario y lo callejero. Según datos del Observatorio Metropolitano de Madrid (2019), el 42% de los espacios culturales autogestionados de la ciudad entre 2010 y 2020 nacieron en Lavapiés, muchos de ellos impulsados por colectivos migrantes.
La diferencia de La Parcería radica en su enfoque transgeneracional y feminista, algo que en el barrio solo había sido esbozado por iniciativas como La Eskalera Karakola (2005-2012), un centro social okupa que combinaba vivienda para mujeres migrantes con talleres de autodefensa y crianza. Mientras otros espacios priorizaban lo político o lo artístico por separado, el colectivo logró integrar el cuidado como eje central, algo revolucionario en un contexto donde, según el Informe Foessa (2022), el 68% de las familias migrantes en Madrid carecen de redes de apoyo para la infancia.
| Proyecto | Año | Enfoque | Impacto en Lavapiés |
|---|---|---|---|
| Centro Social Seco | 1995-2010 | Okupación y contracultura | Referente de autogestión, clausurado por presión inmobiliaria |
| La Eskalera Karakola | 2005-2012 | Feminismo y migración | Primera experiencia de vivienda y crianza colectiva para mujeres |
| La Parcería | 2010-actualidad | Cultura, infancia y antirracismo | Único espacio que integra arte, política y cuidados con modelo económico híbrido |
¿Puede Lavapiés seguir siendo un refugio?
El desafío ahora es sobrevivir a la especulación. Según el Ayuntamiento de Madrid (2023), los alquileres en el barrio han subido un 120% desde 2015, y espacios históricos como La Tabacalera —otro bastión de la cultura autogestionada— enfrentan presiones para su desalojo. La Parcería, con su quinta mudanza en 15 años, encarna la paradoja: ser un símbolo de resistencia en un territorio que se mercantiliza. La pregunta no es si podrán mantenerse, sino qué perderá Madrid si proyectos como este desaparecen. En un contexto donde el 34% de los locales culturales del centro han cerrado desde 2020 (datos de Plataforma de Afectados por la Gentrificación), su modelo —flexible, afectivo y político— podría ser la última trinchera.