Golpe letal a Jamenei: Israel y EE.UU. matan a 4 familiares en ataque histórico
Familiares abatidos: La ofensiva conjunta de Israel y EE.UU. deja sin vida a una hija, un yerno y un nieto del líder supremo iraní, Alí Jamenei, en un ataque sin precedentes.
Cuatro parientes directos del ayatolá Alí Jamenei —incluyendo a su hija, su nieto y su yerno— han muerto durante la operación militar Furia Épica, ejecutada por Israel y Estados Unidos contra objetivos estratégicos en Irán, según confirmó la agencia estatal Fars y fuentes de la oficina del líder supremo. La ofensiva, que comenzó a las 1:15 a.m. (hora del este de EE.UU.) —7:15 en España peninsular—, se desencadenó tras la orden directa del entonces presidente Donald Trump, en lo que fuentes de la Casa Blanca describieron como una respuesta “contundente y calculada” a las provocaciones iraníes.
Horas antes del ataque masivo, una nuera de Jamenei ya había fallecido en un bombardeo previo, elevando el saldo de víctimas dentro del círculo íntimo del ayatolá a cuatro familiares directos en menos de 24 horas. Trump, en un comunicado transmitido en cadena nacional, anunció además la muerte del propio Jamenei durante los ataques contra el centro neurálgico de poder en Teherán. “El régimen iraní ha subestimado nuestra capacidad de inteligencia”, declaró el mandatario, destacando que el líder supremo “no pudo eludir los sofisticados sistemas de rastreo” desplegados en coordinación con las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI).
La operación Furia Épica —nombre que evoca la campaña Tormenta del Desierto de 1991— ha incluido más de 300 ataques simultáneos contra infraestructuras críticas: desde bases de la Guardia Revolucionaria hasta instalaciones nucleares como la de Natanz, clave en el programa atómico iraní. Según el Pentágono, el objetivo es “desmantelar el aparato de seguridad del régimen”, incluyendo sus capacidades misilísticas y su red de proxies en la región, como Hezbolá en Líbano o los hutíes en Yemen. La ofensiva se produce en un momento crítico: Irán estaba negociando un nuevo acuerdo nuclear con potencias occidentales, un proceso que ahora queda en suspenso indefinido.
La respuesta iraní no se hizo esperar. Teherán lanzó misiles balísticos y drones contra bases estadounidenses en Arabia Saudí, Bahrein, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait y Qatar, tachando la acción de “agresión militar criminal” que viola la Carta de las Naciones Unidas. El Ministerio de Exteriores iraní advirtió que esta escalada “abrirá las puertas del infierno” para los intereses de EE.UU. y sus aliados en Oriente Medio, mientras que el Corps de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) prometió una “venganza apocalíptica”.
Jamenei, quien asumió el liderazgo de la República Islámica en 1989 tras la muerte del ayatolá Ruholá Jomeini, había sido una figura central en la política iraní durante más de tres décadas. Su muerte —confirmada por múltiples fuentes, aunque aún no verificada de manera independiente— representa un punto de inflexión geopolítico, comparable a la caída de Saddam Hussein en 2003 o la muerte de Osama bin Laden en 2011. ¿Podrá Irán recuperarse de este golpe simbólico y estratégico, o se desencadenará una guerra regional sin precedentes?
El precedente de 2020: Cuando EE.UU. eliminó a Soleimani y Irán respondió con misiles a bases iraquíes
El ataque que ha acabado con la vida de cuatro familiares directos del ayatolá Alí Jamenei —y, según fuentes estadounidenses, del propio líder supremo— evoca el patrón de escalada seguido tras el asesinato del general Qasem Soleimani en enero de 2020. Entonces, un dron estadounidense MQ-9 Reaper eliminó al comandante de la Fuerza Quds de la Guardia Revolucionaria iraní cerca del aeropuerto de Bagdad, en una operación ordenada por Donald Trump que Irán calificó como un “acto de guerra“. La respuesta no se hizo esperar: once días después, Teherán lanzó 22 misiles balísticos contra las bases estadounidenses de Ain al-Asad (Irak) y Erbil, hiriendo a más de 100 soldados. El Pentágono valoró los daños en $1.500 millones, pero Trump optó por no escalar, limitándose a imponer sanciones adicionales.
Aquella crisis reveló dos lecciones clave que hoy resuenan con fuerza. Primero, Irán prioriza la respuesta simbólica y asimétrica: tras los misiles contra Irak, Teherán activó a sus proxies para atacar embajadas estadounidenses en Bagdad y apoyó el aumento de hostigamientos contra buques en el estrecho de Ormuz (en 2020, los incidentes navales se dispararon un 400% respecto al año anterior, según datos del Comando Central de EE.UU.). Segundo, la fragilidad de la contención: aunque Trump evitó una guerra abierta, el ataque a Soleimani llevó a Irán a abandonar públicamente (en enero de 2020) los límites del acuerdo nuclear (JCPOA) que aún estaban en vigor, reanudando el enriquecimiento de uranio al 20% en la planta de Fordow —un nivel técnicamente cercano al necesario para armas—.
Hoy, la situación es aún más volátil. En 2020, Irán contaba con un arsenal de 3.000 misiles balísticos (según el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos); en 2024, esa cifra supera los 5.500, con alcance para golpear Israel, Turquía y el sur de Europa. Además, el régimen ha perfeccionado su capacidad de ciberguerra: en abril de 2023, un ataque atribuido a Teherán dejó fuera de servicio el 60% de los servidores gubernamentales de Albania, aliado de la OTAN. La diferencia crucial ahora es que, a diferencia de Soleimani —un militar—, el ataque ha golpeado al núcleo familiar y simbólico del régimen, algo que los analistas del think tank Crisis Group comparan con el bombardeo israelí a la residencia de Hassan Nasrallah (líder de Hezbolá) en 2006, que desencadenó una guerra de 34 días en Líbano.
¿Estamos al borde de un “efecto dominó” en Oriente Medio?
La muerte de Jamenei —si se confirma— no solo elimina al arquitecto de la política iraní desde 1989, sino que deja un vacío de poder en un momento en que el régimen ya enfrentaba protestas internas (como las del movimiento “Mujer, Vida, Libertad” en 2022-2023, con más de 500 muertos) y una crisis económica con inflación superior al 50%. Históricamente, los regímenes teocráticos han respondido a las amenazas externas con purgas internas para consolidar lealtades: tras la guerra Irán-Irak (1980-1988), el ayatolá Jomeini ejecutó a miles de disidentes en prisión. Hoy, el Consejo de Expertos —encargado de elegir al sucesor de Jamenei— podría acelerar la designación de un líder interino, pero cualquier transición en medio de una crisis militar aumenta el riesgo de fracturas en el establishment. Mientras, Israel y EE.UU. han activado sus sistemas Cúpula de Hierro y THAAD en la región, pero el verdadero test será si Arabia Saudí o los Emiratos —que normalizaron relaciones con Israel en los Acuerdos de Abraham (2020)— mantienen su neutralidad. Un solo error de cálculo podría convertir este golpe quirúrgico en el detonante de un conflicto que ni siquiera la Guerra Fría logró contener en Oriente Medio.