Mapa de la Línea Durand con marcas de enfrentamientos entre tropas paquistaníes y talibanes en la frontera disputada

Guterres exige alto al fuego urgente en la frontera Pakistán-Afganistán

Frontera en llamas: La ONU alerta por más de 50 muertos en choques entre Afganistán y Pakistán.

El secretario general de la ONU, António Guterres, instó este jueves a Pakistán y Afganistán a resolver sus tensiones mediante diálogo diplomático, tras los violentos enfrentamientos en la frontera que ya dejan un saldo de más de 50 fallecidos. Según su portavoz, Stéphane Dujarric, Guterres exigió a ambas partes cumplir con el Derecho Internacional y Humanitario, priorizando la protección de civiles atrapados en el conflicto.

El líder de la ONU, que sigue la crisis “con preocupación“, destacó los esfuerzos de mediación impulsados por varios países en los últimos meses. Sin embargo, el recrudecimiento de la violencia —con ataques talibanes a objetivos militares paquistaníes— amenaza con desestabilizar aún más la región. ¿Podrá la diplomacia frenar una escalada que ya supera en intensidad a los choques de 2022?

Las autoridades talibanes justificaron los ataques como respuesta a las “reiteradas violaciones fronterizas” de Pakistán. El epicentro del conflicto es la Línea Durand, una frontera colonial de 2.640 km trazada en 1893 por el británico Mortimer Durand y el emir afgano Abdur Rahman Jan. Aunque Islamabad la reconoce como límite oficial, Kabul nunca lo ha hecho, lo que ha generado décadas de disputas por territorios habitados por comunidades pashtunes y baluches, divididas arbitrariamente.

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Esta frontera, heredada del Imperio Británico, ha sido fuente de tensiones desde la partición de India en 1947, cuando Pakistán surgió como Estado independiente. Los conflictos recurrentes —como los registrados en 2017 (30 muertos) y 2021 (12 civiles fallecidos)— reflejan el fracaso de los acuerdos bilaterales. ¿Logrará la ONU evitar que este episodio derive en un conflicto prolongado?, en un contexto donde la inestabilidad afgana post-talibán agrava las fricciones.

Guterres subrayó que la prioridad debe ser evitar más derramamiento de sangre y retomar el camino del diálogo. Mientras, analistas advierten: sin una solución negociada, la Línea Durand seguirá siendo un polvorín en Asia Central.

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El actual conflicto no es un episodio aislado, sino el último capítulo de una disputa que se remonta a 1893, cuando el diplomático británico Sir Mortimer Durand y el emir afgano Abdur Rahman Jan trazaron una línea de 2.640 km en un mapa sin consultar a las comunidades que habitaban la zona. Lo que entonces era una estrategia del Imperio Británico para contener la influencia rusa en Asia Central, hoy es una herida abierta que ha provocado más de 3.000 muertos en enfrentamientos desde la década de 1950, según datos del International Crisis Group.

El problema no es solo territorial, sino identitario. La frontera divide a los pashtunes —el grupo étnico mayoritario en Afganistán y la segunda comunidad más grande en Pakistán—, dejando a 15 millones en Pakistán y 12 millones en Afganistán separados por una línea que nunca reconocieron. En 1949, Afganistán votó en la Asamblea General de la ONU en contra del ingreso de Pakistán como miembro, argumentando que la partición de 1947 era ilegal porque ignoraba el derecho a la autodeterminación de los pashtunes. Desde entonces, Kabul ha mantenido una postura constante: “Ningún gobierno afgano ha reconocido ni reconocerá la Línea Durand como frontera internacional”, declaró en 2017 el entonces presidente Ashraf Ghani.

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La tensión se agravó tras la caída del gobierno afgano en 2021. Los talibanes, que históricamente han rechazado la frontera, intensificaron sus reclamos. En mayo de 2023, un informe de la Fundación Pakistán para la Paz reveló que el 78% de los ataques transfronterizos registrados en los últimos cinco años ocurrieron en zonas donde la Línea Durand corta pueblos pashtunes. Mientras Pakistán acusa a los talibanes de dar refugio a militantes del Tehrik-i-Taliban Pakistan (TTP), Afganistán responde que Islamabad usa la frontera para “dividir a las tribus” y debilitar su influencia.

¿Un conflicto congelado o el preludio de una guerra regional?

La pregunta ahora no es si habrá más violencia —los datos históricos confirman que sí—, sino si esta escalada podría arrastrar a otros actores. Irán, que comparte una frontera de 921 km con Afganistán, ya ha desplegado tropas adicionales en la provincia de Sistán y Baluchistán, temiendo un efecto dominó. Mientras, China, que invirtió $62.000 millones en el Corredor Económico China-Pakistán (CPEC), presiona por una solución: Pekín no puede permitirse que la inestabilidad amenace sus rutas comerciales. Si la ONU fracasa en mediar, el riesgo no es solo una guerra bilateral, sino un colapso geopolítico que redefina las alianzas en Asia Central.

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