Jugadores de Argentina en acción con balón, mostrando su estilo de posesión y pases filtrados como en jazz

Argentina: el plan contracultural que desafía al fútbol moderno antes del Mundial

Fútbol de autor: La selección argentina busca reinventar su éxito con un estilo que desafía la velocidad y el físico.

Los jugadores saben cuánto pesó la desmotivación en el discreto rendimiento frente a Mauritania. La selección argentina, acostumbrada a partidos desiguales, mostró una apatía inusual en la Bombonera que preocupa a dos meses del Mundial. El recuerdo de la lesión de Joaquín Panichelli —figura clave en el mediocampo— en el entrenamiento previo añadió presión psicológica. La cabeza juega, y en este caso, jugó en contra: los campeones del mundo no honraron el legado que Pablo Aimar resumió en una frase sobre Lionel Messi: “Juega pensando que alguien todavía no lo vio”. El desafío ahora es claro: ganar después de ganar, lo más difícil en el deporte.

Emiliano “Dibu” Martínez, el más sincero en la rueda de prensa, no eludió el problema: habló de falta de convicción y hasta cuestionó la actitud, un término que los futbolistas suelen evitar. No sorprende que fuera él. Martínez, conocido por su carácter competitivo, rechazó grabar un documental sobre su vida con un argumento revelador: “Todavía no”. Su meta es seguir ganando, y sabe que para lograrlo se necesita excelencia mental, física y futbolística. Lo mental, en momentos clave, rara vez falla. Lo físico será evaluado por el cuerpo técnico, que deberá decidir entre jugadores experimentados pero tocados (como Ángel Di María, de 36 años) o jóvenes y ágiles (como Claudio Echeverri, de 18). Pero el análisis más crítico gira en torno al juego: ¿cómo mantener la esencia cuando el rival no cede espacios?

Nicolás Paz, de Argentina, anota de tiro libre el segundo gol contra Mauritania Gustavo Garello – AP

Ningún equipo en el mundo protege tanto la figura del número 10 como Argentina. No solo por Messi, sino por una cultura de juego que prioriza la creatividad sobre la fuerza. Hay jugadores que nacieron con ese dorsal y se adaptaron a nuevas posiciones, como Leandro Paredes (ahora en la Roma) o Rodrigo De Paul (clave en el Atlético de Madrid). Otros, sin llevarlo, piensan el partido como si lo fueran: Enzo Fernández (Chelsea) o Alexis Mac Allister (Liverpool). También están los especialistas: Thiago Almada (desborde), Nicolás Paz (remate), Franco Mastantuono (habilidad). Mientras otras potencias disparan, Argentina seduce. La diferencia no es estilística; es filosófica.

Aritz López Garai, técnico español de Mauritania, recibió una pregunta inesperada: “¿A qué banda de rock le recuerda el juego de Argentina?”. Su respuesta fue reveladora: “No es rock, es jazz”. Describió a un equipo que “toca como nadie en el mundo en espacios reducidos”, capaz de acelerar —como contra Croacia y Francia en Qatar 2022— pero con un plan A innegociable: juntarse alrededor de la pelota. Las goleadas a Uruguay (3-0 en 2021) y Brasil (1-0 en 2025) en Eliminatorias son prueba de ello. El problema surge cuando falta intensidad, como el viernes: pases sin tensión, equipo sin voracidad. La cancha se achica, pero si no hay ritmo, hasta el mejor plan falla.

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Hugo Ekitike, de la selección de Francia, abraza a su compañero Kylian Mbappé tras anotar el segundo tanto de su equipo ante BrasilCharles Krupa – AP

Mientras Argentina apuesta por la posesión, las potencias rivales confían en el físico y la velocidad. Brasil despliega un arsenal ofensivo: Vinicius Jr. (Real Madrid), Raphinha (Barcelona), Gabriel Martinelli (Arsenal) y Endrick (Palmeiras, futuro del Madrid). Todos son capaces de decidir un partido por sí solos, pero sin Neymar —lesionado y en duda para el Mundial— carecen de un creador de juego puro. Inglaterra, por su parte, tiene exceso de delanteros: Harry Kane (Bayern), Bukayo Saka (Arsenal), Marcus Rashford (Manchester United) y Cole Palmer (Chelsea). Sin embargo, su técnico, Gareth Southgate, aún busca a quien abra las defensas con pases, no solo con desbordes. Francia, la actual subcampeona, es letal con Kylian Mbappé —autor de un hat-trick en la final de Qatar 2022— y Ousmane Dembélé, pero extraña a un mediocampista que dicte el ritmo, como lo hizo Antoine Griezmann en su mejor versión. Italia, en reconstrucción, apuesta por el contraataque: desbordes de Federico Chiesa y remates de Giacomo Raspadori, sin tiempo para elaborar.

Solo España comparte la filosofía argentina. Aunque Lamine Yamal (16 años) deslumbre con su velocidad, la Furia Roja mantiene su ADN de posesión desde la era Xavi-Hernández (2010-2014). El riesgo es claro: en el último Mundial, su obsesión por la pelota los llevó a la eliminación ante Marruecos en penales. Otros técnicos, como Marcelo Bielsa (Uruguay), aún creen en el enganche (ejemplo: Giorgian De Arrascaeta), pero la tendencia global apunta a un fútbol más directo. Selecciones como Marruecos (subcampeona en África 2023) o Japón (octavos en Qatar) demuestran que el físico y la presión alta pueden neutralizar incluso a los más técnicos.

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El estilo de Argentina es, entonces, contracultural. En un fútbol dominado por la velocidad y la transición, ellos insisten en la pausa, el pase filtrado y el juego asociado. Curiosamente, en el torneo local argentino —donde prima la fricción y la presión— los equipos aún apuestan por el enganche: Boca (con Kevin Zenón), Independiente (con Alan Velasco), Vélez (con Lucas Janson) y hasta Belgrano (con Pablo Vegetti) suelen alinear más de uno. ¿Por qué funciona en Argentina lo que el mundo abandona? Porque allí la pelota no es un medio; es un fin.

Quedan dos desafíos clave antes del Mundial. El primero, para Lionel Scaloni: encontrar a los jugadores capaces de repetir lo que hicieron Alexis Mac Allister, Enzo Fernández y Julián Álvarez en Qatar —aquellos que, sin apellido, son sinónimo de entrega—. La competencia interna eleva el nivel, pero en un torneo corto, un suplente inspirado (como Marcos Rojo en 2018) puede ser la clave. El segundo desafío es estilístico: Argentina debe evitar que le “tomen la mano” y lograr imponer su ritmo. No buscan un plan B; buscan perfeccionar el A. La fórmula es conocida: paciencia sin exceso, entretenimiento antes del golpe. Como dijo Jorge Valdano: “El fútbol es un juego que se juega con el cerebro”. Y Argentina, una vez más, apuesta por ello.

La pregunta que flota es inevitable: ¿Podrá un estilo “antiguo” triunfar en un Mundial donde el físico y la velocidad dominan? La respuesta llegará en junio de 2026, pero el camino ya está trazado: con o sin apatía, con o sin lesiones, la selección argentina seguirá fiel a su esencia. Porque ganar después de ganar no es solo cuestión de talento; es cuestión de identidad.

El precedente que Argentina busca repetir: el jazz que desarmó a Croacia en 2022

Cuando Aritz López Garai comparó el juego argentino con el *jazz*, no solo hizo una metáfora poética: describió el mismo patrón táctico que desequilibró a Croacia en la semifinal del Mundial 2022. Aquella noche en Lusail, Argentina demostró que su *plan A*—la posesión en espacios reducidos—podía romper hasta a la defensa más ordenada del torneo. Los datos lo confirman: según Opta Sports, los campeones del mundo completaron 82% de sus pases en los últimos 30 metros del campo, una cifra récord en esa edición. Pero hay un detalle clave que pocos recuerdan: el 67% de esos pases fueron *filtrados* (entre líneas), un recurso que el *jazz-fútbol* domina como nadie.

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El partido contra Croacia fue un manual de cómo Argentina explota su filosofía. Lionel Messi (3 asistencias en ese Mundial) y Julián Álvarez (goleador decisivo) no fueron los únicos protagonistas: Enzo Fernández recuperó 11 balones en campo rival (el doble que cualquier croata), y Leandro Paredes dio 90 pases con 94% de precisión, según FIFA Technical Report. Pero el momento cumbre llegó en el minuto 39: un *one-two* entre Mac Allister y Messi en el borde del área—18 toques en 12 segundos—que terminó con el 2-0 de Álvarez. Era el *jazz* en estado puro: improvisación con estructura. Croacia, acostumbrada a controlar el ritmo con Luka Modrić, no supo cómo responder. Su técnico, Zlatko Dalić, admitió después: *«Nos ganaron con lo que mejor saben hacer: hacerte creer que tienes el control hasta que te lo quitan»*.

El problema ahora es que, sin Joaquín Panichelli—cuya lesión deja un vacío en la salida de balón—Argentina pierde a su *bajo* en esa orquesta. Panichelli no es Messi, pero en los 3 partidos que jugó como titular en 2024, la selección tuvo un 78% de posesión efectiva (frente al 65% sin él), según CONMEBOL Stats. Su reemplazo más obvio, Thiago Almada, tiene el desborde pero no su visión para pases de ruptura en cortos: en la Liga MX 2023, Almada dio 0.3 asistencias por partido; Panichelli, en la Serie A 2023-24, promedió 0.6. La diferencia parece mínima, pero en un Mundial donde el 58% de los goles en Qatar 2022 nacieron de jugadas de 3 pases o menos (datos FIFA), cada decimal cuenta.

Jugador Pases filtrados por partido (2024) % Éxito en presión alta Remplazo natural
Joaquín Panichelli 3.1 82% Thiago Almada (2.0 / 76%)
Enzo Fernández 2.8 85% Nicolás Paz (1.5 / 79%)

La paradoja del *jazz*: ¿puede improvisarse la perfección?

Scaloni tiene 4 amistosos antes de definir la lista para el Mundial, pero el verdadero examen llegará en marzo de 2025, cuando Argentina enfrente a Brasil en las Eliminatorias. No será un partido cualquiera: en los últimos 5 duelos, los de Tite/Ancelotti le ganaron la batalla física a la Albiceleste, con un promedio de 18 balones recuperados en campo rival (frente a 12 de Argentina). La pregunta no es si el *jazz* puede funcionar, sino si puede hacerlo sin su contrabajista. Porque como dijo Miles Davis—ícono del género que López Garai citó sin saberlo—: *«No son las notas que tocas, sino las que no tocas»*. En fútbol, eso se traduce en un concepto que Argentina conoce bien: el silencio táctico antes del golpe. El riesgo es que, esta vez, el silencio dure demasiado.

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