Mapa militar mostrando la expansión israelí hacia la ribera sur del río Litani con tropas desplegadas

Netanyahu avanza: Israel extiende su control en Líbano hasta el río Litani

Frontera en disputa: Israel amplía su zona de seguridad en Líbano hasta el río Litani, reavivando tensiones históricas y desafiando el equilibrio regional.

El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, anunció este domingo una ampliación de la “zona de seguridad” establecida por las fuerzas israelíes en territorio libanés, en el marco de la ofensiva militar contra la milicia de Hezbolá. Esta decisión no solo redefine el mapa militar del sur libanés, sino que también tensiona aún más la frágil estabilidad regional. Históricamente, el río Litani ha sido una línea estratégica clave: Israel lo cruzó en 1978 y 1982, y su control ha sido un objetivo recurrente en conflictos anteriores. Esta nueva ofensiva podría reinterpretar el equilibrio de poder en la zona, especialmente si se confirma la presencia israelí en la ribera sur del río, algo que Hezbolá ya denuncia como una ocupación de facto.

“En Líbano he decidido ahora ampliar más la zona de seguridad existente para atajar definitivamente el riesgo de invasión y para distanciar nuestras fronteras de los disparos y de las armas antiaéreas”, explicó Netanyahu en un mensaje publicado en redes sociales. Esta declaración marca un giro significativo en la política de seguridad israelí, que hasta ahora se había limitado a operaciones puntuales y ataques aéreos. La expansión territorial implica una presencia terrestre prolongada, algo que podría ser interpretado como una ocupación militar si no se justifica como medida temporal de defensa.

Las autoridades israelíes han declarado abiertamente su objetivo de penetrar hasta el río Litani, frontera natural entre el sur de Líbano y el resto del país. Este mismo sábado, Hezbolá informó de la presencia de militares israelíes en la ribera sur del río, extremo que no ha sido confirmado por Israel. El río Litani, de unos 140 kilómetros de longitud, nace en el valle de Beqaa y desemboca en el mar Mediterráneo. Su cuenca sur es una zona agrícola clave para Líbano, y su control implica no solo ventajas militares, sino también acceso a recursos hídricos. En el contexto del conflicto actual, su ocupación podría ser vista como un intento de Israel de crear una franja desmilitarizada similar a la zona de seguridad que mantuvo en el sur de Líbano entre 1985 y 2000.

“En Líbano hemos derrotado la amenaza de los 150.000 misiles y cohetes que apuntaban a la gente de Israel”, destacó Netanyahu, “pero Hezbolá sigue teniendo capacidad militar de lanzarnos cohetes. He tratado con los comandantes militares el cómo eliminar esta amenaza también”. Estas cifras, aunque no verificadas de forma independiente, reflejan la magnitud del arsenal que Israel atribuye a Hezbolá. Según informes anteriores de inteligencia israelí, esta cantidad incluye desde cohetes caseros de corto alcance hasta misiles balísticos de media y larga distancia. La destrucción parcial de este arsenal ha sido uno de los objetivos declarados de la operación actual, aunque expertos militares advierten que la capacidad de rearme de Hezbolá podría restablecerse en cuestión de meses si no se impide el flujo de armas desde Irán.

Netanyahu también ha destacado que Irán, Hezbolá y Hamás “no son ya fuerzas terroristas que amenacen nuestra existencia”, sino que son “enemigos hostiles que luchan por su existencia”. “En lugar de amenazarnos, nosotros les amenazamos a ellos”, argumentó. “Nosotros somos la parte activa, la parte agresiva. Tenemos la iniciativa y estamos muy dentro de su territorio”. Esta retórica marca un cambio en el discurso israelí, que tradicionalmente se ha presentado como una víctima de la agresión regional. Netanyahu, en cambio, enmarca la ofensiva como una ofensiva preventiva y de desmantelamiento de infraestructura militar enemiga. Esta postura, sin embargo, ha sido criticada por analistas internacionales que advierten sobre el riesgo de una escalada regional si Irán decide responder directamente.

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“Dijimos que cambiaríamos la cara de Oriente Próximo y lo hemos hecho. También hemos cambiado la percepción de la seguridad”, remachó Netanyahu. Esta afirmación se enmarca en una estrategia más amplia de Israel de redefinir sus fronteras de seguridad más allá de sus líneas internacionalmente reconocidas. En los últimos años, Israel ha llevado a cabo operaciones en Siria, Irak y Líbano, justificadas como acciones para evitar la consolidación de fuerzas hostiles en sus fronteras. La expansión de la zona de seguridad en Líbano podría ser vista como una extensión de esta doctrina.

Netanyahu también se refirió a otras zonas de seguridad, como la establecida en Siria, desde el monte Hermón hasta Yarmuk, y la Línea Amarilla de alto el fuego de Gaza, donde “más de la mitad del territorio está ocupado”. Estas declaraciones sugieren que Israel no solo está expandiendo su control en Líbano, sino que también está consolidando presencia militar en otros frentes. En Siria, por ejemplo, Israel ha llevado a cabo cientos de ataques aéreos contra objetivos iraníes y de Hezbolá desde 2011, aunque rara vez ha reconocido públicamente la existencia de una zona de seguridad terrestre. En Gaza, la Línea Amarilla, que marca el límite de la zona de exclusión impuesta por Israel, ha sido objeto de disputas constantes desde el fin de la última guerra.

Netanyahu terminó su mensaje apelando a la resistencia del pueblo israelí y valorando su actitud. “Quiero expresar mi aprecio por todos vosotros, que lleváis en el frente más de dos años. Estamos decididos. Estamos luchando. Y con ayuda de Dios, estamos ganando”, resaltó. Estas palabras buscan reforzar el apoyo interno en medio de una guerra que ha durado ya más de dos años, según el propio Netanyahu. La prolongación del conflicto ha generado fatiga social y cuestionamiento público sobre la estrategia militar, especialmente tras los ataques del 7 de octubre de 2023. El mensaje final, con tono casi mesiánico, busca proyectar una imagen de victoria inminente, aunque analistas advierten que la situación en el terreno sigue siendo volátil y una retirada israelí podría ser interpretada como una derrota estratégica.

Análisis en profundidad: ¿Por qué el río Litani es clave en la estrategia de Netanyahu?

La reciente ampliación anunciada por el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu de la “zona de seguridad” hasta el río Litani marca un punto de inflexión en la política de seguridad del sur libanés. Esta decisión, enmarcada dentro de la ofensiva contra Hezbolá, plantea una serie de interrogantes sobre la estabilidad regional y la evolución de la doctrina militar israelí. ¿Qué motiva a Israel a proyectar su control hasta el Litani y cuáles son los riesgos asociados?

El río Litani, con sus 140 kilómetros de longitud, ha sido históricamente una línea de demarcación clave. En 1978 y 1982, Israel cruzó el Litani durante invasiones que buscaban debilitar a la Organización para la Liberación de Palestina y a milicias libanesas. Según registros históricos, la zona de seguridad que Israel mantuvo entre 1985 y 2000 evitó incursiones directas, pero también generó una percepción de ocupación prolongada entre la población libanesa. La expansión actual se sustenta en tres pilares estratégicos:

  • Control de la infraestructura de lanzamiento: Al acercarse a la ribera sur del Litani, Israel pretende neutralizar los lanzadores móviles de cohetes que Hezbolá ha distribuido en la zona agrícola del sur. Según informes de inteligencia, Hezbolá cuenta con más de 130.000 proyectiles de diversos alcances, lo que representa una amenaza constante para el norte de Israel.
  • Seguridad de recursos hídricos: El control parcial del cauce brinda a Israel una posición de negociación sobre el acceso al agua, un recurso escaso en la región. El Litani es una fuente vital para la agricultura libanesa, y su gestión podría convertirse en un punto de conflicto adicional.
  • Demostración de capacidad preventiva: La medida refuerza la narrativa de una “ofensiva preventiva” que Netanyahu ha utilizado para legitimar acciones fuera de las fronteras reconocidas internacionalmente. Esta estrategia busca disuadir futuros ataques y proyectar una imagen de fuerza ante actores regionales como Irán.
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Expertos señalan que la ampliación de la zona de seguridad podría desencadenar una serie de respuestas encadenadas. En primer lugar, Hezbolá ha denunciado la presencia israelí como una ocupación de facto, lo que podría traducirse en ataques de represalia dirigidos a posiciones militares israelíes en el sur del Litani. En segundo lugar, Irán, patrocinador de Hezbolá, podría intensificar su apoyo logístico y de armamento, elevando la amenaza de misiles de mayor alcance. En ediciones anteriores de análisis estratégicos, se observó que la escalada de apoyo iraní suele acompañarse de una mayor actividad diplomática en la ONU, lo que complica la respuesta internacional.

Desde el punto de vista interno, la retórica de Netanyahu busca consolidar el apoyo popular al presentar la expansión como una medida de defensa contra los “150.000 misiles y cohetes” que, según la inteligencia israelí, Hezbolá tendría en su arsenal. Aunque estas cifras no han sido verificadas de forma independiente, la percepción de una amenaza masiva sirve para justificar la permanencia de tropas en territorio extranjero. Según analistas militares, la capacidad de rearme de Hezbolá es rápida; sin un bloqueo efectivo del flujo de armas desde Irán, el desarme parcial podría revertirse en cuestión de meses. ¿Podrá Israel mantener esta presión sin desencadenar una guerra total?

La doctrina israelí de “fronteras de seguridad” ha evolucionado en los últimos años, extendiéndose más allá de la frontera de 1967. Operaciones en Siria, Irak y la zona de la Línea Amarilla en Gaza reflejan una estrategia que busca crear zonas de amortiguamiento alrededor de amenazas percibidas. La ampliación al Litani encaja en este patrón, pero también plantea preguntas sobre la viabilidad a largo plazo de mantener ocupaciones prolongadas sin reconocimiento internacional. En el plano diplomático, la comunidad internacional muestra una mezcla de preocupación y cautela. Mientras algunos gobiernos occidentales respaldan el derecho de Israel a defenderse, otros advierten que la expansión territorial podría violar resoluciones de la ONU que prohíben la ocupación de territorio libanés sin un acuerdo de paz.

En ediciones anteriores, la ONU ha instado a ambas partes a evitar cambios unilaterales que alteren el statu quo, subrayando la necesidad de negociaciones bajo mediación internacional. La ampliación de la zona de seguridad israelí hasta el río Litani representa una jugada de alto riesgo que combina objetivos militares, políticos y de recursos hídricos. Si bien busca reducir la capacidad de lanzamiento de Hezbolá y reforzar la seguridad interna, también aumenta la probabilidad de una escalada regional, especialmente si Irán decide responder de manera directa. La historia muestra que los intentos de crear zonas desmilitarizadas sin consenso pueden generar resentimiento y resistencia prolongada. ¿Estará Israel dispuesto a pagar el precio de una ocupación prolongada en términos de aislamiento internacional y desgaste interno?

El precedente de 2006: Cuando el Litani marcó el límite de una guerra que cambió Oriente Medio

La decisión de Netanyahu de extender el control israelí hasta el río Litani no es un movimiento aislado, sino la repetición de un guion escrito hace 18 años, durante la Guerra de Líbano de 2006. En aquel conflicto, que duró 34 días (del 12 de julio al 14 de agosto), Israel ya intentó —y fracasó— en establecer una zona de seguridad permanente al norte del Litani. La operación, bautizada como “Cambio de Dirección” (Operation Change of Direction), movilizó a 30.000 soldados israelíes y dejó un saldo de 1.200 muertos en Líbano (en su mayoría civiles) y 165 en Israel (la mayoría militares). El resultado final, sin embargo, fue una retirada israelí sin logros estratégicos claros, tras la Resolución 1701 del Consejo de Seguridad de la ONU, que exigió el cese al fuego y el despliegue de fuerzas de paz de la UNIFIL.

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El paralelo con 2006 es inquietante. En aquella ocasión, Israel justificó su avance hasta el Litani como una medida para “eliminar la amenaza de Hezbolá”, exactamente el mismo argumento esgrimido ahora por Netanyahu. Sin embargo, los datos muestran que, tras la retirada israelí en 2006, Hezbolá no solo reconstruyó su arsenal en menos de dos años, sino que lo multiplicó: según informes de la Inteligencia Militar Israelí (AMAN), el grupo pasó de tener 13.000 cohetes en 2006 a más de 40.000 en 2010. Hoy, las cifras que maneja Israel superan los 150.000 proyectiles, lo que sugiere que la estrategia de “zonas de seguridad” temporales no ha frenado —sino todo lo contrario— la capacidad ofensiva de la milicia chií. La pregunta clave es si esta vez Israel está dispuesto a mantener una ocupación indeterminada, algo que en 2006 no pudo (o no quiso) hacer.

Otros dos factores críticos emergen al comparar ambos escenarios:

  • El factor Irán: En 2006, Teherán apoyó a Hezbolá con un flujo de armas estimado en 1.000 millones de dólares anuales, según el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS). Hoy, ese apoyo supera los 1.500 millones, y incluye misiles de precisión Fateh-110 (con un alcance de 300 km), capaces de alcanzar Tel Aviv. La diferencia radica en que, en 2006, Irán evitó un enfrentamiento directo; ahora, con su programa nuclear avanzado y su alianza con Rusia, su margen de maniobra es mayor.
  • La fatiga interna: En 2006, la opinión pública israelí se volvió en contra del entonces primer ministro Ehud Olmert por el manejo de la guerra, forzando su dimisión en 2008. Hoy, Netanyahu enfrenta protestas masivas desde el 7 de octubre de 2023, con un 62% de israelíes (según encuestas del Israel Democracy Institute) descontentos con su gestión. Una ocupación prolongada en Líbano podría acelerar su caída.

¿Repetirá Israel los errores de 2006 o está preparando un jaque mate?

El Litani no es solo un río: es un punto de no retorno. En 2006, Israel retrocedió bajo presión internacional y por la incapacidad de lograr una victoria clara. Hoy, Netanyahu apuesta por una estrategia de “hechos consumados”, similar a la aplicada en los Altos del Golán o en Cisjordania. Pero hay una diferencia clave: en 2006, Hezbolá era un actor regional; ahora, es un brazo armado de Irán con capacidad para arrastrar a la región a una guerra multilateral. Si Israel cruza el Litani y se queda, ¿está preparado para una guerra de desgaste con Teherán? Y si retrocede, como en 2006, ¿qué quedará de su credibilidad disuasoria? La historia sugiere que, esta vez, el precio de equivocarse será mucho mayor.

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