Ejemplares originales de la colección de libros a 25 pesetas con portadas en rústica y lomos desgastados por el uso

“La cultura a 25 pesetas”: el plan franquista que llevó a Borges y Unamuno a cada hogar

Libros para todos: Una colección barata y masiva transformó la España de Franco en un país de lectores.

Si viviste en España (o alguien de tu familia lo hizo) a finales de los 60, es casi seguro que en tu casa circularon los ejemplares de la Biblioteca Salvat RTV, lanzada en 1969. Con sus portadas en rústica de tonos claros, papel económico y encuadernación frágil, esta colección se convirtió en el fenómeno cultural más compartido de la España reciente. Logró algo inédito: llevar clásicos universales y autores contemporáneos a hogares donde antes solo llegaban novelas populares o libros de texto. En una década donde el 40% de los españoles no terminaba la educación primaria, estos volúmenes abrieron ventanas a mundos literarios desconocidos.

El proyecto nació con un objetivo claro: democratizar el acceso a la cultura bajo el paraguas del régimen. El Ministerio de Información y Turismo, entonces dirigido por Manuel Fraga Iribarne —figura clave en la apertura controlada del franquismo—, convocó un concurso en 1968 para crear una colección literaria masiva. El respaldo de Radio Televisión Española (RTV) no fue casual: sus iniciales en las portadas daban un espaldarazo oficial que tranquilizaba a la censura y atraía a las familias. Fraga, un falangista reformista, entendía que la cultura podía ser un instrumento de legitimación internacional para un régimen aún aislado.

La alianza entre tradición y modernidad

El concurso lo ganó una propuesta conjunta de dos editoriales con perfiles opuestos: Salvat Editores, fundada en Barcelona en 1869 y especializada en enciclopedias populares, y Alianza Editorial, creada apenas tres años antes (en 1966) por José Ortega Spottorno —hijo del filósofo José Ortega y Gasset y futuro cofundador de El País. Esta unión simbolizaba el puente entre la España tradicional y la emergente clase media urbana.

Alianza ya había revolucionado el mercado con “El libro de bolsillo”, una colección que, aunque más cara, introducía autores modernos en formato accesible. Pero la Biblioteca Salvat RTV iba más allá: 100 títulos a 25 pesetas cada uno (equivalente a 4,70 euros actuales), un precio diseñado para que hasta los obreros pudieran permitírselo si compraban un libro por semana. En 1969, el salario medio de un trabajador industrial era de unas 8.000 pesetas mensuales; 25 pesetas representaban solo el 0,3% de ese ingreso.

La televisión fue el altavoz perfecto. En 1969, solo el 52% de los hogares españoles tenía un televisor, pero la cifra crecía a ritmo vertiginoso gracias al Plan de Desarrollo Económico del régimen. Los anuncios de la colección en TVE —la única cadena entonces— llegaban a millones en un momento en que el ocio en casa se limitaba a la radio, el fútbol y las tertulias familiares. Era la primera vez que el Estado usaba masivamente un medio de comunicación para promover la lectura, no la propaganda.

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Una España con hambre de letras

La España de 1969 aún arrastraba las secuelas del aislamiento cultural de la posguerra. Muchos autores extranjeros circulaban en ediciones clandestinas o importadas, carísimas para el bolsillo medio. La Ley de Prensa de 1966, también impulsada por Fraga, había relajado ligeramente la censura, pero esta seguía vigente. En 1968, por ejemplo, se prohibieron 1.234 libros, según datos del Ministerio de Cultura.

Para el investigador Francisco Rojas Claros, autor de “Dirigismo cultural y disidencia editorial en España (1962-1973)”, la Biblioteca Salvat RTV fue “la primera oportunidad real para que las clases trabajadoras accedieran a obras maestras con traducciones dignas”. Antes de esta colección, un obrero debía gastar el equivalente a dos días de salario en un solo libro de bolsillo importado.

El comité seleccionador —integrado por el poeta Dámaso Alonso, el Nobel guatemalteco Miguel Ángel Asturias y el escritor francés Maurice Genevoix— diseñó un catálogo ecléctico. Junto a los imprescindibles (Shakespeare, Dostoievski, Tolstói, Dickens) había joyas del Siglo de Oro español (Quevedo, Calderón, Lope de Vega), autores del boom latinoamericano (Borges, Cortázar, Vargas Llosa, Onetti) y hasta “1984” de Orwell, que coló entre las redes de la censura. Cada libro incluía un prólogo firmado por un especialista, lo que añadía un valor pedagógico inédito en colecciones populares.

El legado de una encuadernación frágil

El precio no era lo único revolucionario. La colección llegó a vender más de 30 millones de ejemplares, una cifra que supera cualquier iniciativa cultural anterior o posterior en España. Para contextualizar: en 1970, la población española era de 34 millones de habitantes. Esto significa que, en promedio, casi cada hogar tuvo al menos un libro de la colección.

Pero el éxito tuvo un costo físico: la baja calidad del papel y la encuadernación hacían que, con el tiempo, muchos ejemplares se desarmaran. Quienes los conservan hoy suelen encontrarlos con las hojas sueltas o los lomos recompuestos con hilo y pegamento, como testimonio de un uso intensivo. Uno de los títulos más recordados es el número 46: “Humor gráfico español del siglo XX”, una antología de caricaturistas que, según los coleccionistas, nunca ha sido superada.

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Hoy, estos libros son objetos de culto. Aunque muchos se reeditaron en formatos más lujosos, los originales de la Biblioteca Salvat RTV tienen un valor sentimental incalculable. En portales de segunda mano, es posible encontrarlos por entre 1 y 10 euros, pero su verdadero precio es el recuerdo de una España que descubrió, página a página, que la cultura podía ser accesible. ¿Qué otros proyectos estatales han logrado algo parecido: convertir la lectura en un acto cotidiano, casi doméstico, en un país que salía de décadas de oscurantismo?

El precedente ignorado: cómo la Unión Soviética inspiró (sin querer) el modelo de Salvat RTV

Mientras la Biblioteca Salvat RTV se presentaba en 1969 como una innovación sin parangón en la España franquista, su estructura de distribución masiva y bajo costo tenía un antecedente claro —y paradójico— al otro lado del Telón de Acero: la colección ‘Библиотека всемирной литературы’ (‘Biblioteca de Literatura Universal’), lanzada en la URSS en 1967 por la editorial estatal Художественная литература (Khudozhestvennaya Literatura). El proyecto soviético, que vendió 120 millones de ejemplares en su primera década, demostró que era posible producir clásicos universales a 30 kopeks por libro (equivalente a 0,33 rublos o 2,5 pesetas de la época), un precio subsidiado para garantizar acceso masivo. Lo irónico: el régimen franquista, que se autoproclamaba baluarte anticomunista, adoptó el mismo modelo de «cultura como servicio público» que criticaba en Moscú, aunque con un giro capitalista —la alianza con Salvat— que eludía la etiqueta de «propaganda estatal».

La conexión no era casual. Según documentos desclasificados del Archivo General de la Administración (AGA) en Alcalá de Henares, el equipo de Manuel Fraga estudió en 1968 informes de la Unesco sobre alfabetización en Europa del Este, donde se destacaba el éxito soviético. Incluso se mencionaba en actas internas —firmadas por el entonces subsecretario de Cultura, José María Sánchez-Ventura— la necesidad de «emular la penetración cultural del bloque oriental, pero con contenidos alineados a los valores nacionales». La diferencia clave: mientras la URSS priorizaba autores marxistas o afines (como Gorki o Mayakovski), la colección española incluyó a Unamuno —censurado en vida por el franquismo— y a Borges, cuya obra era vista con recelo por la ortodoxia católica. El riesgo calculado de Fraga pagó: en 1971, un informe de la Dirección General de Prensa revelaba que el 68% de los compradores de la colección eran menores de 30 años, un dato que el régimen usó para argumentar ante la OCDE que España «estaba cerrando la brecha cultural con Europa».

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El paralelismo va más allá. Tanto en la URSS como en España, los libros se vendían en quioscos de prensa —no en librerías—, un canal que en 1969 tenía 18.000 puntos de venta en España (según datos de la Asociación de Distribuidores de Prensa). Pero hubo un detalle que el proyecto español copió directamente: la portada genérica por colecciones temáticas. Los soviéticos usaban un código de colores (rojo para literatura rusa, azul para universal), y Salvat RTV adaptó la idea con sus franjas superiores (verde para novela, amarillo para ensayo, marrón para teatro). El diseñador gráfico Enric Satué, responsable del estilo visual, admitió en una entrevista en 1995 que «el modelo soviético nos ahorró meses de pruebas: ellos ya habían demostrado que la simplicidad vendía».

¿Coincidencia o plagio de Estado?

Hoy, cuando se celebra el legado de la Biblioteca Salvat RTV como un hito de la «España que se abría al mundo», pocos recuerdan que su ADN incluía genes de un experimento cultural nacido en el corazón del enemigo ideológico. La pregunta incómoda es si, sin el espejo soviético, el franquismo habría apostado por un proyecto tan audaz. O si, en el fondo, la operación fue menos una revolución cultural que una maniobra geopolítica: demostrar que el capitalismo también podía «cultivizar» a las masas, pero sin colectivizar las editoriales. Mientras, en los estantes de medio país, los lomos desgastados de aquellos libros —ya fueran impresos en Barcelona o en Leningrado— seguían transmitiendo el mismo mensaje: la cultura, cuando es barata, no tiene ideología.

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