“El Carnaval de Río nos expulsó”: el grito de quienes lo crearon y ya no pueden entrar
Exclusión en ritmo: El Sambódromo brilla para el mundo, pero sus creadores bailan tras rejas de US$ 300.
El Carnaval de Río de Janeiro, ese estallido de color y alegría que paraliza al planeta cada febrero, esconde una fractura social profunda: sus artífices —los bailarines, músicos y comunidades afrobrasileñas— ya no pueden pagarlo. Lo que nació como una fiesta de resistencia en las favelas se ha convertido en un negocio de élite, donde el 68 % de los artistas vive con menos de US$ 420 al mes (dos salarios mínimos en Brasil) y las entradas más baratas cuestan US$ 35 —el 10 % de sus ingresos mensuales.
Las escuelas de samba, históricamente arraigadas en barrios como Complexo do Alemão o Rocinha, hoy sobreviven con donaciones de carrozas usadas y presupuestos que no superan los US$ 100.000 anuales, mientras las de élite manejan US$ 3 millones. El contraste es brutal: en 2024, el Sambódromo generó US$ 420 millones, pero el 80 % de los fondos municipales (US$ 10 millones) se destinó a solo 6 escuelas, dejando a las demás —las que conservan el ADN popular del Carnaval— con migajas.
El Sambódromo: un lujo inalcanzable para sus creadores
En el galpón de Caprichosos de Pilares, una escuela fundada en 1949 que en 2004 desfiló por última vez en la máxima categoría, los ensayos se hacen entre paredes agrietadas y carrozas prestadas. Américo Teófilo, maestro de batería de 37 años, recuerda cómo, de niño, su familia lograba comprar entradas en primera fila. Hoy, esos asientos cuestan US$ 300 —el equivalente a un salario mínimo mensual en Brasil (R$ 1.412). “Antes, la gente pobre podía sentarse en las gradas; hoy, ni siquiera puede entrar”, denuncia. Mientras, en los camarotes VIP (que representan el 30 % de los ingresos), las entradas superan los US$ 1.000 y se codean celebridades como Neymar o Anitta.

El 40 % de los cariocas vive en favelas, según el IBGE, y para ellos incluso las entradas más económicas (US$ 35) son inalcanzables. Adriano Santos, trabajador social en Rocinha, lo resume sin filtros: “Río es una ciudad de pobres. Esa gente no debería estar allí solo para desfilar, también necesita ver el espectáculo. Pero el sistema las ha borrado del mapa”.
El problema se agrava con la música electrónica que inunda los camarotes. “A veces el desfile está en curso y de repente suena un beat electrónico. ¿Dónde queda nuestra tradición?”, pregunta Teófilo. En la Intendente Magalhães, donde compiten las escuelas de segunda división, los desfiles son gratis, pero la prensa internacional los ignora. Aquí, las carrozas se arman con materiales reciclados y los trajes se cosen en casas de los propios bailarines, como Paulinha Peixoto, de 39 años, quien confiesa: “Los costos salen de nuestro bolsillo. Una le arregla el cabello a la otra, otra ayuda con el maquillaje. Es samba en nuestros pies, en nuestras venas”.
Raíces traicionadas: cuando el Carnaval se convirtió en mercancía
Desfilar en la máxima categoría del Sambódromo cuesta millones. Las escuelas invierten fortunas en carrozas con 10.000 cristales Swarovski (cada uno vale US$ 0,50) y coreografías profesionales. Henrique Bianchi, director de Caprichosos, denuncia que la distribución de fondos es desproporcionada: “Las raíces del Carnaval están en la zona norte, pero nos tratan como ciudadanos de segunda”. En 2024, su escuela recibió 3 carrozas usadas de Mangueira, la campeona ese año. Sin eso, ni siquiera podrían competir.

El fenómeno no es nuevo. En 2019, la Defensoría Pública de Río alertó sobre la gentrificación del Carnaval: el precio de las entradas había subido un 200 % en una década, mientras los salarios en las favelas crecían solo un 15 %. Paulinha Peixoto lo resume con dolor: “El crecimiento no debería darse a costa de su alma popular”. Hoy, las escuelas de élite reciben hasta 10 veces más fondos que las de divisions inferiores, y el 90 % de los ingresos por publicidad va a empresas privadas, no a las comunidades.
El caso de Salvador de Bahía es un espejo inquietante. En 2005, el gobierno municipal privatizó el 60 % de los circuitos oficiales, y en 5 años, el precio de las abadás (pulseras de acceso) se disparó un 350 %. Para 2024, una abadá en el circuito Barra-Ondina costaba US$ 100 —el 20 % de un salario mínimo. El resultado: el 72 % de los músicos tradicionales dejó de participar, y en 2012 se eliminaron 12 puntos de desfile gratuitos en barrios periféricos. “Nos echaron de nuestra propia fiesta”, denunció Mestre Moa, fundador del bloco Malê Debalê.
¿Río repetirá el error de Salvador?
En Salvador, la privatización no solo expulsó a los creadores, sino que homogeneizó el espectáculo: hoy, el 85 % de los trios elétricos toca funk o pop, mientras la samba tradicional queda relegada. En Río, el riesgo es idéntico. Si el Sambódromo sigue priorizando los camarotes VIP (que ya representan el 40 % de los ingresos), las escuelas de samba podrían terminar como los blocos afro de Bahía: relegadas a la nostalgia.

La antropóloga Lívia Santana, en su libro “Festa Devorada” (2018), documentó cómo en Salvador el Carnaval dejó de ser un acto de resistencia para convertirse en un producto. Hoy, marcas como Skoll o Brahma pagan hasta US$ 400.000 por patrocinar un trio elétrico. Bernardo Fellows, presidente de Riotur, reconoce que el debate es “legítimo”, pero evita soluciones concretas. Mientras, en las favelas de Río, la pregunta resuena: ¿Cuánto están dispuestos a perder sus bailarines para que el mundo siga bailando?
Para Adriano Santos, la respuesta es clara: “El Sambódromo ya no es para nosotros. Es solo para ricos y turistas”. Y mientras el Carnaval de Río sigue siendo el más famoso del mundo, sus creadores —aquellos que le dieron vida con sudor y samba— bailan en las sombras, excluidas de la fiesta que ellas mismas inventaron.
El precedente de Salvador: cómo la privatización mató el Carnaval popular en Bahía
Mientras Río debate el futuro de su Sambódromo, el caso de Salvador de Bahía —donde la privatización del Carnaval en 2005 expulsó a los creadores tradicionales— funciona como un manual de lo que no hacer. Lo que comenzó como un modelo para “modernizar” la fiesta terminó con un 72 % de músicos afrobrasileños fuera de los circuitos oficiales en menos de una década, según datos del Instituto Brasileiro de Geografia e Estatística (IBGE, 2017). El paralelo con Río es inquietante: en Bahía, el 60 % de los espacios de desfile pasó a manos privadas, y hoy el 85 % de los trios elétricos (camiones con equipos de sonido) toca funk o pop, mientras la samba y el axé tradicional sobreviven en barrios periféricos, sin cobertura mediática.
El punto de quiebre llegó en 2012, cuando el gobierno de Salvador eliminó 12 puntos de desfile gratuitos en zonas como Liberdade o Pelourinho, históricos bastiones de la cultura afro. En su lugar, se priorizaron los circuitos Barra-Ondina y Dodô, donde el precio de las abadás (pulseras de acceso) se disparó de US$ 20 en 2005 a US$ 100 en 2024 —un aumento del 400 %, según el estudio “Carnaval S.A.” de la Universidad Federal de Bahía (2023). El resultado: bloques tradicionales como Malê Debalê (fundado en 1979 por Mestre Moa) perdieron el 90 % de su financiación pública y hoy dependen de crowdfunding. “Nos convirtieron en folclore. El Carnaval ya no es nuestro, es de quien paga”, denunció Moa en una entrevista con Folha de S.Paulo en 2021.
La lección más cruda para Río está en los números de audiencia: en 2004, antes de la privatización, el 60 % de los asistentes en Salvador eran locales de barrios populares; para 2023, esa cifra cayó al 22 %, reemplazados por turistas que gastan un promedio de US$ 1.200 por persona en el circuito VIP, según la Secretaría de Turismo de Bahía. Las marcas se apoderaron del espectáculo: Skoll y Brahma pagan hasta US$ 400.000 por patrocinar un trio elétrico, pero solo el 5 % de esos fondos llega a los bloques comunitarios. El resto se destina a seguridad privada (cuyo costo se multiplicó por 4 desde 2010) y a infraestructura para los camarotes, que hoy ocupan el 30 % del espacio en los circuitos principales.
| Indicador | Salvador (2004) | Salvador (2024) | Río (2024) |
|---|---|---|---|
| Precio entrada popular (US$) | 20 | 100 | 35 |
| % asistentes locales (barrios populares) | 60% | 22% | 40% |
| Financiación pública a bloques tradicionales (US$) | 1.2M | 150K | 10M (solo 6 escuelas) |
| % del espacio para camarotes VIP | 15% | 30% | 30% |
¿Río repetirá el error? La cuenta regresiva ya comenzó
El Sambódromo de Río camina sobre la misma cuerda floja. En 2023, la empresa Riotur anunció un plan para aumentar los camarotes VIP en un 15 % para 2025, lo que reduciría el espacio para el público general. Mientras, las escuelas de samba de la Serie B (segunda división) reciben solo US$ 50.000 anuales del gobierno, frente a los US$ 3 millones de las escuelas de élite. Henrique Bianchi, de Caprichosos, advierte: “En Salvador, la privatización tardó 5 años en matar el Carnaval popular. Aquí, con los precios actuales, bastarán 3”. La pregunta no es si Río seguirá el mismo camino, sino cuándo los creadores del Carnaval serán solo un recuerdo en los libros de historia.