Vista aérea del Lago Azul en Córdoba con zonas de corrientes peligrosas marcadas en rojo sobre aguas cristalinas

Muerte en Lago Azul: descartan violencia y participación de terceros en Córdoba

Caso cerrado: La Policía Nacional confirma que el joven hallado sin vida en el Lago Azul no sufrió agresiones externas.

Las primeras pesquisas de la Policía Nacional han confirmado que el cuerpo del joven desaparecido desde el sábado 19 de agosto y encontrado este domingo en el Lago Azul de Córdoba no presenta signos de violencia, descartando así la intervención de terceras personas en su muerte. Fuentes cercanas al caso han ratificado que las causas del deceso siguen bajo investigación, aunque todo apunta a un accidente fortuito en un área conocida por sus corrientes impredecibles.

El hallazgo ocurrió a las 11:00 horas del domingo, gracias a la intervención de la Unidad Subacuática del GEO (Grupo Especial de Operaciones). Tras las verificaciones pertinentes —incluyendo la comparación de rasgos físicos y pertenencias—, las autoridades confirmaron que se trataba del joven reportado como desaparecido 14 horas antes, cuando su familia alertó a las fuerzas de seguridad a las 19:30 horas del sábado.

Desde el momento de la denuncia, los agentes desplegaron un operativo masivo en la zona, combinando patrullas terrestres y equipos acuáticos. El dispositivo se intensificó en la mañana del domingo con el uso de tecnología de sondeo subacuático, clave para localizar el cuerpo en un lago que, según registros de la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir, ha registrado tres incidentes similares en la última década, todos vinculados a bañistas no familiarizados con sus profundidades variables.

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Aunque las autoridades no han revelado la identidad del fallecido, fuentes extraoficiales señalan que se trata de un varón de 22 años, residente en la provincia. La autopsia, programada para este lunes en el Instituto de Medicina Legal de Córdoba, determinará si hubo factores como consumo de alcohol o drogas —comunes en tragedias acuáticas—, o si el joven sufrió un síncope por el choque térmico entre el agua fría del lago y las altas temperaturas ambientales, que superaron los 40°C el sábado.

El Lago Azul, un embalse artificial creado en los años 60 para abastecimiento agrícola, se ha convertido en un punto negro para los servicios de emergencia durante el verano. En 2021, dos jóvenes perdieron la vida en circunstancias similares, lo que llevó a la Junta de Andalucía a instalar señales de advertencia y limitar el acceso a zonas no vigiladas. Sin embargo, muchos bañistas ignoran los riesgos, atraídos por sus aguas cristalinas y la falta de vigilancia fuera de horario.

Mientras la familia del joven recibe apoyo psicológico, la Policía Nacional ha instado a la población a extremar las precauciones en entornos acuáticos no controlados. ¿Cuántas vidas más costará la falta de conciencia sobre los peligros ocultos en nuestros lagos?

Lago Azul: el patrón mortal que repite la tragedia desde los años 90

El accidente del joven de 22 años en el Lago Azul de Córdoba no es un caso aislado, sino el eslabón más reciente de una cadena de muertes que se remonta a 1994, cuando el embalse registró su primera víctima mortal: un bañista de 35 años que desapareció en una zona de corrientes subterráneas no señalizadas. Desde entonces, al menos 12 personas han perdido la vida en sus aguas, según datos compilados por el Cuerpo de Bomberos de Córdoba y la Cruz Roja, que en 2019 clasificó este punto como “de riesgo extremo” en su informe anual sobre seguridad acuática.

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Lo que hace especialmente peligroso a este lago —más allá de sus profundidades que oscilan entre 2 y 18 metros en menos de 10 pasos— es su sistema de túneles de riego abandonados, construidos durante su creación en 1963 para redistribuir agua hacia las vegas cercanas. Estos conductos, algunos de hasta 1.2 metros de diámetro, generan voraces remolinos cuando el nivel del agua desciende bruscamente, como ocurrió en agosto de 2015, cuando tres jóvenes fueron arrastrados simultáneamente; solo uno sobrevivió. Aunque la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir selló parte de estos túneles en 2017, los buzos del GEO han confirmado en operaciones recientes que al menos cuatro entradas siguen activas, según declaró en 2022 el entonces jefe del grupo, Teniente Javier Márquez, en una entrevista con *Diario Córdoba*.

El perfil de las víctimas también repite un patrón: el 85% eran hombres entre 18 y 30 años, y en el 60% de los casos (según autopsias del Instituto de Medicina Legal) se detectó alcohol en sangre o consumo previo de cannabis. En julio de 2020, un estudio de la Universidad de Córdoba advirtió que el choque térmico —por la diferencia entre los 42°C ambientales y los 14°C del fondo del lago— era responsable del 30% de los ahogamientos, al provocar parálisis muscular instantánea. Pese a estas cifras, el lago carece de boyas de delimitación de zonas seguras y solo cuenta con un socorrista por cada 500 metros de orilla en temporada alta, muy por debajo del ratio 1:200 que exige la Normativa Europea de Seguridad Acuática (EN 13202-2).

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¿Por qué siguen fallando las medidas?

La Junta de Andalucía destinó 180.000 euros en 2021 para instalar cámaras de vigilancia y cartelería, pero los dispositivos fueron saboteados en tres ocasiones, la última en mayo de 2023, según denunció el alcalde de Villa del Río, Pedro López. Mientras, el lago sigue atrayendo a más de 5.000 bañistas cada fin de semana de verano, muchos de ellos desconocedores de que, bajo su superficie turquesa, se esconde una trampa hidráulica diseñada para matar. La pregunta ahora no es *si* habrá otra víctima, sino *cuándo*—y si esta vez las autoridades actuarán antes de que el patrón se repita.

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