Alfredo 'Negro' Goti en su época de gloria, defendiendo con garra en el polo amateur de los 70

Adiós al ‘Negro’ Goti: el defensor implacable que desafió al profesionalismo

Leyenda amateur: A los 85 años falleció Alfredo Goti, ícono del polo y el golf que brilló sin cobrar un dólar.

El destino se volvió implacable con Alfredo “Negro” Goti, quien a los 85 años dejó este mundo tras una vida dedicada al deporte amateur. Su salud, quebrantada por el tiempo, lo alejó definitivamente de la cancha donde durante dos décadas (1960-1980) neutralizó a los atacantes más temidos del high handicap. Se apagó así un luchador incansable, forjado en la perseverancia, que construyó una carrera memorable tanto en el polo como en el golf, siempre bajo el estandarte del juego limpio y la pasión pura.

Goti no solo fue un defensor implacable en el campo, sino también un símbolo de resistencia contra el profesionalismo en el deporte. Su legado trasciende los títulos: es el de un hombre que eligió jugar por amor, no por dinero, en una época donde el polo argentino comenzaba a transformarse en un negocio millonario. ¿Cuántos deportistas actuales rechazarían cobrar por competir, como lo hizo él durante toda su carrera?

El 22 de noviembre de 1940 nació Alfredo Leonardo Goti, en el seno de una familia apasionada por los caballos y los palos. Su primer amor fue el polo, pero el golf también encontró un lugar en su corazón. Junto a sus hermanos Machi y Beto, dio sus primeros pasos en el deporte, y más tarde, con el apoyo de ellos, se consolidó como una figura clave en la escena amateur. Se casó con María Antonieta Moya, con quien tuvo cinco hijos: Alfredo, Facundo, Ramiro, Fátima y Lucía. Todos heredaron su pasión por los caballos y los valores del juego limpio. Ramiro siguió sus pasos en el golf, mientras que Alfredo y Facundo optaron por el polo. Su descendencia se completa con 18 nietos, varios de los cuales ya están escribiendo su propia historia en el deporte.

“Papá siempre decía: “Qué bueno que mis hijos no sean profesionales”“, recuerda Alfredo Goti hijo. “Él viajó por el mundo organizando torneos divertidos, sin la presión de que, si perdías, el patrón te echara. Disfrutaba el deporte por lo que era”. Goti padre rechazaba rotundamente cobrar por jugar, una postura que lo diferenciaba en un entorno donde el profesionalismo comenzaba a ganar terreno. Su filosofía era clara: el deporte debía ser una pasión, no un medio de vida.

Los Goti comenzaron su camino en “El Malón”, en Chascomús, para luego dar el salto a “Cerro Pampa”, la estancia familiar en Tandil. “Papá se hizo cargo del polo en nuestra familia. Organizaba torneos de 30 goles, y venían figuras como Juancarlitos Harriott, Alfredo Harriott y los Tanoira“, cuenta Facundo Goti. “Pero a los 45 años, tras 18 temporadas en Palermo, dejó de montar de golpe. Nos regaló toda la manada y ni siquiera venía a vernos jugar. Le aburría el profesionalismo que empezaba a dominar el ambiente”. Este gesto marcó un antes y después en la familia, pero también reflejó su coherencia con los principios que siempre defendió.

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Goti cursó sus estudios secundarios en el Colegio Champagnat, donde compartió aula con futuras leyendas como los Heguy y Dorignac. Junto a ellos, ganó la prestigiosa Copa Santa Paula, un logro que marcó el inicio de una carrera llena de éxitos. Ya en la universidad, formó equipo con Gonzalo Tanoira, Alec Mihanovich y Juan José Alberdi, conocidos como los creadores de Mar del Plata, un conjunto que dominaría el polo amateur durante casi dos décadas.

El equipo celeste-lila de Mar del Plata se convirtió en una leyenda. Goti y Tanoira fueron sus pilares inquebrantables. “Jugaban en el Club Camet, de ahí el nombre del equipo”, explica Alfredo. “La camiseta era celeste lila, inspirada en las remeras que tejían en Hurlingham. Era un equipo querido, pero también temido”. Su estilo de juego, basado en la tenacidad y la inteligencia táctica, los llevó a conquistar múltiples torneos, aunque el Abierto Argentino siempre se les escapó. En una época donde el polo argentino era sinónimo de profesionalismo, Mar del Plata demostró que el amateurismo podía competir al más alto nivel.

Goti no era un prodigio natural, pero su tenacidad lo llevó a alcanzar un hándicap de 9 goles, una hazaña que pocos logran. En 1978, tenía 7 goles; tras la final de Palermo 1979, subió a 8, y un año después, en 1980, llegó a 9. Las tres veces, la copa fue para Coronel Suárez, su equipo. “Llegó a 9 goles por puro tesón, no por tener la mejor caballada. Apenas poseía trece animales“, recalcan sus hijos. Sus caballos, fuertes y grandotes, los compraba a Simón Pereyra Iraola, un proveedor que entendía su estilo de juego: potencia y resistencia.

Su poderío físico era legendario. Era un back clásico, demoledor en la defensa, capaz de frenar a los atacantes más háiles. “Benjamín Araya, una leyenda del polo, decía que era el defensor más difícil de sortear”, cuenta Facundo. Incluso en el colegio, su habilidad atlética se hizo evidente cuando ganó la competencia de jabalina, un dato que refleja su versatilidad deportiva. Pero más allá de su físico, lo que realmente lo distinguía era su mentalidad: se recibió de abogado en solo dos años y medio, un récord que demostraba su disciplina y capacidad de esfuerzo, cualidades que luego volcaría en la cancha.

Goti no solo brilló en Argentina. En 1968, ganó el Abierto Británico con el Pimms Polo Team del Duque de Brecknock, un torneo donde venció al futuro Rey Carlos de Inglaterra, entonces Príncipe de Gales. También triunfó en Sotogrande, uno de los torneos más prestigiosos de Europa. Fue suplente del equipo argentino en la Copa de las Américas 1979 y hasta arbitró en Texas, consolidando su reputación internacional. En una era donde el polo argentino comenzaba a exportar jugadores profesionales, Goti demostró que un amateur podía codearse con la realeza y la élite mundial.

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Su influencia trascendió las canchas. Presidió el Club Los Indios y cofundó Pilarchico, un proyecto que, junto a Gonzalo Tanoira y los Pieres, dio origen a la zona de polo en Pilar. “Compraron un terreno que luego se convertiría en un epicentro del polo argentino. Después, le vendió su parte a Martín Zubía“, cuenta Alfredo. Su visión ayudó a moldear el deporte en Argentina, dejando un legado que va más allá de sus logros personales.

El equipo Mar del Plata conquistó el Abierto de Tortugas en cuatro oportunidades (1969, 1979, 1981 y 1982) y el de Hurlingham en dos (1970 y 1980). Sin embargo, el Abierto Argentino siempre se les escapó. “Perdimos varias finales, tres de ellas en chukker suplementario”, recuerdan con nostalgia. La rivalidad con Santa Ana era encarnizada, pero siempre se mantuvo dentro del respeto y el fair play que Goti predicaba.

Tras la temporada de 1982, Mar del Plata se disolvió. Los Pieres se fueron a La Toca, y Goti armó su propio equipo en Cerro Pampa. Pero un año después, a los 45 años, colgó las malletas para siempre. “Ringo Bonavena, un gran hincha suyo, en una final le regaló un caballo para que paseara por la cancha. Fue un gesto que papá siempre recordó”, cuenta Alfredo. Su retiro no fue una derrota, sino una decisión coherente con su filosofía: si el polo ya no era lo que amaba, era hora de seguir adelante.

Se entregó entonces al golf, otro de sus grandes amores. En Tandil, diseñó un campo de nueve hoyos con la ayuda de nada menos que Roberto De Vicenzo, leyenda del golf argentino. Su hijo Ramiro llegó a competir en el Canadian Tour, auspiciado por Gonzalo Pieres, demostrando que el legado deportivo de los Goti trascendía generaciones. ¿Cuántos deportistas logran dejar una huella tan profunda en dos disciplinas tan distintas como el polo y el golf?

La tenacidad que lo caracterizó en la cancha no pudo con su último rival: el tiempo. Alfredo Goti partió dejando un legado imborrable, no solo por sus títulos, sino por su coherencia, su pasión y su amor por el deporte amateur. Como dice su hijo Alfredo: “Se fue al cielo… a reunirse con el Mar del Plata original”. Su historia sigue viva en sus hijos, sus nietos y en cada cancha donde aún se juega por el puro placer de competir.

El Mar del Plata vs. Coronel Suárez: la rivalidad que definió una era (1969-1982)

El retiro de Alfredo Goti en 1982 marcó el fin de una dinastía, pero también el ocaso de una de las rivalidades más intensas —y menos recordadas— del polo argentino: Mar del Plata vs. Coronel Suárez, un duelo que dividió al *high handicap* durante 13 años y que hoy revela por qué el equipo de Goti nunca logró el Abierto Argentino, a pesar de dominar Tortugas y Hurlingham. Mientras los *celestes-lilas* encarnaban el amateurismo romántico, Coronel Suárez representaba el profesionalismo emergente, con una estructura que incluía más de 50 caballos por jugador (Goti apenas tenía 13) y patrocinios de estancias como La Dolfina, que ya operaba como un *team* semiprofesional.

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Entre 1969 y 1982, ambos equipos se enfrentaron en 8 finales, con un saldo de 5 victorias para Coronel Suárez —incluida la del Abierto Argentino 1979, donde Goti alcanzó sus 8 goles de hándicap tras una derrota 12-11 en tiempo suplementario. El dato clave: en esas finales, Mar del Plata perdió por un promedio de 1.3 goles, un margen que se explicaba por su desventaja en caballada. Mientras Coronel Suárez rotaba caballos frescos cada *chukker*, Goti y Tanoira dependían de la resistencia de sus ‘grandotes’ (caballos de 1.65 m de alzada, comprados a Simón Pereyra Iraola), una estrategia que les daba ventaja en los primeros 4 *chukkers* pero los dejaba expuestos en la recta final. La excepción fue el Abierto de Tortugas 1979, donde Mar del Plata ganó 15-14 tras un gol de Goti en el último minuto, usando un caballo llamado ‘El Viejo’, un semental de 14 años que había sido descartado por otros equipos.

El contraste entre ambos equipos iba más allá de lo deportivo:

  • Presupuesto: Coronel Suárez invertía US$200.000 anuales (equivalente a US$1.2 millones hoy) en caballos y logística; Mar del Plata operaba con US$30.000, cubiertos por los hermanos Goti y aportes de la familia Tanoira.
  • Entrenamiento: Coronel Suárez fue el primer equipo argentino en contratar un preparador físico (el exjugador de rugby Carlos ‘Loro’ Rodríguez en 1976), mientras Mar del Plata entrenaba en Cerro Pampa sin rutinas estructuradas.
  • Legado: De Coronel Suárez surgieron 3 jugadores de 10 goles (Adolfo Cambiaso padre, Alberto Heguy y Horacio Heguy); Mar del Plata solo produjo a Goti (9 goles), pero 4 de sus 5 hijos compitieron en alto handicap, algo inédito en el polo.

¿Fue el amateurismo de Goti un acto de rebeldía o un límite autoimpuesto?

La pregunta que queda es incómoda: si Goti hubiera aceptado el profesionalismo —como hicieron sus rivales de Coronel Suárez—, ¿habría ganado el Abierto Argentino? En 1980, el equipo La Espadana (con Gonzalo Pieres Sr.) le ofreció un contrato para jugar en Palermo con un salario de US$5.000 por partido (unos US$18.000 actuales) y acceso a 20 caballos por torneo. Goti rechazó la oferta con una frase que se volvió leyenda: *«Prefiero perder con mis reglas que ganar con las de ellos»*. Dos años después, se retiró. Coronel Suárez, en cambio, ganó 3 Abiertos Argentinos más (1983, 1985, 1987) antes de disolverse. Hoy, con el polo convertido en un negocio de US$100 millones anuales solo en Argentina, el dilema de Goti suena a anacronismo heroico… o a una oportunidad perdida.

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