Netanyahu: Ofensiva contra Irán supera el 50% pero sin fecha de finalización
Guerra sin plazo: Israel y EE.UU. avanzan en su ofensiva contra Irán, pero Netanyahu evita marcar un final.
El primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, declaró este martes que la ofensiva conjunta con Estados Unidos contra Irán —iniciada a finales de febrero— ya superó el 50 % de sus objetivos, aunque rechazó establecer una fecha concreta para su conclusión. La estrategia, según analistas, refleja una lección aprendida en conflictos previos: desde la Guerra de Corea (1950-1953) hasta la ocupación de Irak (2003), los plazos públicos se convirtieron en armas políticas para el enemigo. En este caso, la ausencia de un marco de negociación o una rendición formal hace que cualquier calendario sea un riesgo de imagen, especialmente en un año electoral tanto para Israel como para EE.UU.
Durante una entrevista con la cadena Newsmax, Netanyahu precisó que los objetivos “se han superado más allá del ecuador“, pero insistió en que “no se fijará un calendario“. Esta cautela responde a la naturaleza abierta del conflicto: sin un tratado previo, cualquier pausa dependería de la capacidad de Teherán para reconstruir su infraestructura nuclear, un proceso que, según la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA), podría reactivarse en meses si cesan los ataques.
El uranio enriquecido: el blanco principal
El objetivo central de la ofensiva son las reservas de uranio enriquecido al 60 % que Irán almacena —a un paso del 90 % necesario para fabricar un arma nuclear—. Según informes de la ONU, este material es suficiente para producir varias bombas, lo que lo convierte en la prioridad estratégica. Netanyahu afirmó que la campaña ha logrado “avances significativos” en su desmantelamiento, incluyendo la destrucción de instalaciones clave como el complejo de Natanz —donde se producen centrifugadoras avanzadas— y la planta subterránea de Fordo, atacadas en oleadas previas pero nunca con esta intensidad.
El mandatario israelí destacó que, además de reducir las reservas de uranio, la ofensiva ha “mermado la capacidad balística” de Irán, destruido fábricas y eliminado a científicos nucleares clave. Entre los blancos mencionados figuran figuras como Mohsen Fakhrizadeh, asesinado en 2020 en una operación atribuida a Israel, y ahora altos cargos de la Guardia Revolucionaria, responsable de cerca del 30 % de la economía iraní y con presencia militar en Siria, Irak, Líbano y Yemen.
Netanyahu subrayó que la campaña busca “prevenir un futuro más peligroso“, en referencia a los informes de inteligencia que sitúan los misiles balísticos iraníes con un alcance de hasta 2.000 km, capaces de alcanzar bases en el Mediterráneo y, potencialmente, Europa si se perfecciona la tecnología. “Están buscando armas nucleares y los medios para lanzarlas contra ciudades estadounidenses“, advirtió, recordando que esta guerra busca “evitar ese desenlace“.
La fase actual se centra en “retirar el uranio enriquecido de Irán“, un paso que, según Netanyahu, podría detener de forma permanente su capacidad nuclear. El plan, respaldado por el presidente Donald Trump, contempla trasladar el material a un tercer país neutro bajo supervisión del OIEA, una propuesta que Irán ya rechazó en las negociaciones de 2015.
Impacto en la Guardia Revolucionaria y el régimen iraní
Netanyahu afirmó que la ofensiva ha logrado “golpear muy fuerte” a la Guardia Revolucionaria, incluyendo la eliminación de líderes que “pregonaban la doctrina de “muerte a Estados Unidos”“. Entre las bajas confirmadas por Irán figuran el líder supremo, Ali Jamenei; el secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, Alí Lariyani; y los ministros de Defensa e Inteligencia, Aziz Nasirzadé y Esmaeil Jatib, respectivamente. La concentración de bajas en el núcleo de poder sugiere un uso selectivo de inteligencia y drones de alta precisión, táctica que Israel ya empleó en operaciones previas contra científicos nucleares.
El primer ministro también destacó que “el 80 % de los iraníes quiere echar a la cúpula que rige el país“, una cifra que, aunque no verificable de forma independiente, coincide con sondeos internos filtrados en 2022, que mostraban un descontento creciente por la represión y el colapso económico. “Al final, este régimen se derrumbará internamente“, vaticinó, aunque aclaró que, por ahora, el objetivo es “degradar” su capacidad militar, nuclear y de misiles, así como “debilitarlo desde dentro“.
Netanyahu aseguró que Irán está saliendo “mucho más debilitado” de esta guerra, mientras que Israel y EE.UU. lo hacen “mucho más fortalecidos“. Este discurso, según analistas, busca justificar ante la opinión pública israelí el alto coste militar y diplomático de la operación, en un contexto en que la reserva de tropas sigue movilizada y los cohetes de Hezbolá continúan cayendo en el norte del país.
Apoyo regional y riesgos de escalada
El mandatario israelí señaló que los países árabes, que antes “se limitaban a agachar la cabeza en silencio“, ahora “están diciendo basta” y apoyando la acción estadounidense. Esta alusión apunta a la normalización de relaciones entre Israel y varias naciones del Golfo tras los Acuerdos de Abraham (2020), que, aunque no implican una alianza militar, han generado un frente diplomático común contra la influencia iraní.
Sin embargo, la ausencia de una fecha de finalización conlleva riesgos de escalada. Un conflicto prolongado aumenta la probabilidad de represalias iraníes, desde ataques cibernéticos —como los registrados contra infraestructuras israelíes en 2020 y 2021— hasta el lanzamiento de misiles balísticos con alcance regional. Además, la propuesta de trasladar el uranio enriquecido a un tercer país sigue sin resolverse, ya que Irán rechaza cualquier intervención que perciba como una violación de su soberanía.
Las autoridades iraníes han confirmado más de 2.000 muertos por la ofensiva, incluyendo altos cargos militares y de seguridad. La precisión de los ataques sugiere un empleo avanzado de inteligencia y tecnología de drones, similar a las operaciones selectivas que Israel ha perfeccionado en la última década.
Análisis estratégico: ¿Qué busca Netanyahu?
La declaración de Netanyahu plantea interrogantes militares y políticos. Al evitar una fecha límite, Israel y EE.UU. mantienen flexibilidad operativa, pero también exponen la operación a una prolongación que podría aumentar el descontento interno y las represalias externas. Los avances reportados —como el debilitamiento de la infraestructura nuclear y la Guardia Revolucionaria— buscan legitimar la continuidad de la campaña, pero el equilibrio entre presión militar, diplomacia y gestión de la opinión pública será clave para definir su impacto final.
Entre los logros destacados por Israel figuran:
- Desactivación de instalaciones nucleares: Natanz y Fordo, críticas para el enriquecimiento de uranio.
- Eliminación de personal clave: Científicos nucleares y líderes de la Guardia Revolucionaria, como occurred en 2020 con Mohsen Fakhrizadeh.
- Reducción de la capacidad balística: Destrucción de fábricas y depósitos de misiles con alcance regional.
- Presión diplomática ampliada: Apoyo de países del Golfo, alineados con Israel tras los Acuerdos de Abraham.
- Debilitamiento económico: La Guardia Revolucionaria, que controla el 30 % de la economía iraní, ha visto reducida su capacidad de financiar operaciones en la región.
Sin embargo, la falta de un marco de negociación y el rechazo iraní a ceder su uranio enriquecido añaden incertidumbre. ¿Podrá la presión militar forzar un cambio en Teherán, o la ofensiva se convertirá en un conflicto sin fin con consecuencias impredecibles para la estabilidad regional?
El precedente de 2010: Cuando Israel atacó Natanz con el virus Stuxnet
La ofensiva actual contra las instalaciones nucleares iraníes, especialmente el complejo de Natanz, no es la primera vez que Israel logra infiltrarse y sabotear el programa atómico de Teherán. En 2010, una operación conjunta entre Israel y EE.UU. —bajo el gobierno de Barack Obama— desplegó el virus informático Stuxnet, diseñado para dañar las centrifugadoras iraníes que enriquecían uranio. El ataque, que pasó desapercibido durante meses, logró destruir alrededor del 20 % de las centrifugadoras en Natanz y retrasar el programa nuclear iraní en al menos dos años, según estimaciones de la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA).
Stuxnet no solo fue un éxito técnico, sino que sentó un precedente en la guerra híbrida: combinó ciberataques con inteligencia humana sobre el terreno. Fuentes de la Unidad 8200 (el servicio de inteligencia militar israelí) revelaron años después que agentes en Irán introdujeron el virus mediante memorias USB infectadas, aprovechando la desconexión de las redes nucleares de internet. El impacto fue tal que Irán tardó 18 meses en recuperar la capacidad operativa previa, según un informe del Instituto para la Ciencia y la Seguridad Internacional (ISIS) con sede en Washington. Este antecedente explica por qué, en la ofensiva actual, Israel ha priorizado nuevamente Natanz: es un símbolo de vulnerabilidad iraní y un blanco probado.
Sin embargo, hay una diferencia clave: en 2010, el ataque fue encubierto y Irán tardó en atribuirlo a Israel y EE.UU. Hoy, la ofensiva es abierta y declarada, lo que cambia la dinámica. Teherán ya ha respondido con ciberataques a infraestructuras israelíes —como el registrado en abril de 2020 contra sistemas de agua potables— y podría escalar a represalias más directas. Además, mientras que Stuxnet se centró en el sabotaje técnico, la actual campaña combina bombardeos selectivos, asesinatos de científicos y presión económica, una estrategia de mayor visibilidad pero también de mayor riesgo de contraataque.
¿Puede Irán repetir la jugada de 2019 y atacar el corazón energético de Arabia Saudí?
En septiembre de 2019, Irán demostró su capacidad de respuesta asimétrica al lanzar un ataque con drones y misiles de crucero contra las instalaciones petroleras de Aramco en Abqaiq (Arabia Saudí), reduciendo temporalmente la producción saudí en un 50 % —el mayor golpe a la infraestructura energética global desde la Guerra del Golfo en 1991—. El ataque, reivindicado por los hutíes de Yemen pero atribuido por inteligencia occidental a Teherán, fue una advertencia: Irán puede proyectar poder más allá de sus fronteras sin necesidad de un conflicto convencional.
Con la ofensiva actual centrada en su programa nuclear, Irán podría optar por una respuesta similar, apuntando a infraestructuras críticas de aliados de Israel, como los campos petrolíferos saudíes o las bases estadounidenses en Irak. La pregunta no es si Teherán tiene capacidad —ya la demostró—, sino si está dispuesto a usarla en un contexto donde su economía ya está asfixiada por sanciones y su población muestra signos de descontento interno. Si la historia sirve de guía, un ataque a gran escala no sería una sorpresa, sino una repetición de un patrón.