“Paz” con trampa: 48 horas para decidir si Ucrania pierde el 22% de su tierra **para siempre**
El mapa se reescribe: Dos días en Ginebra podrían legalizar la mayor ocupación forzada en Europa desde 1945.
El Kremlin confirmó este martes que las negociaciones trilaterales entre Rusia, Ucrania y EEUU se celebrarán en Ginebra los días 17 y 18 de febrero, un encuentro urgente para desbloquear un conflicto que ya acumula 730 días —el más largo en Europa desde la Segunda Guerra Mundial—. Al frente de la delegación rusa estará Vladimir Medinski, el mismo negociador que en marzo de 2022 estuvo a horas de cerrar un acuerdo en Estambul, frustrado cuando Moscú exigió que Kiev reconociera la anexión de Crimea y el Donbás. Medinski, conocido por su línea dura, ya advirtió en 2023 que “sin aceptar las realidades sobre el terreno, no habrá paz”, una postura que choca con la línea roja ucraniana: no ceder ni un centímetro de los territorios ocupados —Donetsk, Luhansk, Jersón y Zaporiyia—, que suman el 22% del país y generaban el 35% del PIB agrícola ucraniano antes de la guerra, según el Banco Mundial. Estas regiones, además, albergan el 40% de las reservas de gas natural de Ucrania y el 25% de su capacidad industrial, según datos de 2021.
El presidente Volodímir Zelenski llega a Ginebra en una posición militarmente debilitada: Ucrania ha perdido 500 km² desde octubre (incluyendo la estratégica Avdiivka, clave en la defensa del Donbás), y su ejército opera con solo el 40% de los misiles antiaéreos que tenía en 2023, según el Ministerio de Defensa de Kiev. Mientras, Rusia acumula cinco meses de avances tácticos en el frente y movilizó 30.000 soldados adicionales en enero —la mayor cifra desde el inicio de la invasión—. Expertos de la ONU advierten que, sin un acuerdo, el riesgo de una escalada militar en primavera aumenta un 40%, basado en un patrón histórico: el 80% de los conflictos con negociaciones fallidas en esta fase han derivado en ofensivas mayores en los siguientes seis meses, según un estudio de la Universidad de Uppsala que analizó 52 guerras desde 1990. En la guerra de los Balcanes (1992-1995), cada fracaso diplomático fue seguido por una ofensiva en menos de 45 días.
Estas serán las terceras conversaciones trilaterales desde el inicio de la guerra. Las dos anteriores, celebradas en Emiratos Árabes Unidos (agosto y diciembre de 2023), lograron avances limitados —como el intercambio de 311 prisioneros, el mayor desde 2022—, pero fracasaron en temas clave como la soberanía o la seguridad. El precedente de los acuerdos de Minsk (2014-2015) planea sobre Ginebra: en ambos casos, Rusia usó los diálogos para ganar tiempo y rearmarse, como admitió el canciller Serguéi Lavrov en 2021. Lavrov aplicó la misma táctica en Siria entre 2016 y 2018, donde las treguas duraron un promedio de 45 días antes de nuevas ofensivas, según un informe de la OSCE. En 2016, durante la batalla de Alepo, Rusia anunció tres altos el fuego que duraron menos de 72 horas cada uno, según documentos de la ONU.
La diferencia con 2022 es abismal: entonces, Rusia controlaba el 12% del territorio ucraniano; hoy, con Jersón y Zaporiyia, supera el 22%. Según una encuesta de Chatham House publicada en enero, el 78% de los ucranianos rechaza cualquier cesión territorial, pero el 55% apoyaría un alto el fuego si EEUU garantizara su entrada en la OTAN —una opción que el presidente Joe Biden ha descartado repetidamente. En 1994, el Acuerdo de Budapest prometió seguridad a Ucrania a cambio de que renunciara a su arsenal nuclear. Hoy, con 125.000 km² ocupados, ese “compromiso” parece un precedente ominoso.
Ginebra 2024 vs. Estambul 2022: ¿Por qué este escenario es más peligroso?
El nombre de Vladimir Medinski no es una casualidad. Fue él quien, en marzo de 2022, estuvo a punto de cerrar un acuerdo en Estambul que incluía la neutralidad ucraniana a cambio de garantías de seguridad. Pero el borrador —filtrado por Meduza— chocó con un punto irrenunciable: Moscú exigía el reconocimiento de Crimea y el Donbás como rusos, mientras Kiev pedía un referéndum bajo supervisión de la ONU en 15 años. El fracaso llevó a la ofensiva del este en abril de 2022, donde Rusia tomó el 80% de Luhansk en solo dos meses. Esta estrategia, conocida como “negociar desde la fuerza”, ha sido usada por el Kremlin en al menos tres conflictos previos: Georgia (2008), donde aún mantiene tropas en Abjasia y Osetia del Sur; Moldavia (1992), con 1.500 soldados en Transnistria desde hace 32 años; y Chechenia (años 90), donde las treguas duraron menos de 6 meses antes de nuevas ofensivas, según documentos desclasificados del Archivo de Seguridad Nacional de EEUU. En Georgia, Rusia incumplió 12 de los 14 puntos del alto el fuego de 2008, según un informe de la UE de 2010.
Hoy, Ginebra enfrenta tres realidades que no existían en 2022:
- Ucrania ha perdido 500 km² desde octubre, incluyendo Avdiivka, según el Institute for the Study of War. Esta ciudad, clave en la defensa del Donbás, era considerada “inquebrantable” por el Estado Mayor ucraniano en 2022. Su caída ha expuesto 120 km de líneas defensivas ucranianas, según análisis de Jane’s Defence Weekly.
- EEUU redujo su apoyo militar en un 60% desde 2023, según el Pentágono. En 2023, Washington envió 41.000 millones en ayuda militar; en 2024, la cifra no supera los 1.000 millones, según el Kiel Institute. Esto equivale a un recorte del 97% en fondos nuevos.
- Rusia movilizó 30.000 soldados en enero, la mayor cifra desde el inicio de la guerra. El 60% de estos reclutamientos provienen de regiones con altas tasas de pobreza, como Daguestán y Buriatia, según el proyecto Mediazona. En 2023, el salario promedio de un soldado ruso en el frente era de 204.000 rublos (unos 2.200 dólares), tres veces el salario mínimo en esas regiones.
Además, el fantasma de los acuerdos de Minsk —que colapsaron por incumplimientos rusos— persigue las conversaciones. Entre 2014 y 2015, Moscú desplegó 12.000 soldados adicionales, 400 tanques y 300 piezas de artillería en el Donbás durante el alto el fuego, según imágenes satelitales de Bellingcat. Hoy, con Ucrania dependiendo de un paquete de ayuda militar estadounidense aún bloqueado en el Congreso, el riesgo de repetir la historia es mayor. Según un informe de RUSI, en 2015 Rusia necesitaba 6 semanas para preparar una ofensiva tras un alto el fuego; en 2024, con las líneas de suministro ucranianas más debilitadas, ese plazo podría reducirse a 3 semanas. En 2022, Rusia tardó 48 días en lanzar una ofensiva tras el fracaso de Estambul. Hoy, con las reservas de munición ucranianas al 20%, ese plazo podría ser de 10 días, según el Ministerio de Defensa británico.
La clave está en el mapa: en 2022, Rusia controlaba el 12% del territorio ucraniano; hoy supera el 22%. Según Chatham House, el 78% de los ucranianos rechaza ceder territorio, pero el 55% aceptaría un alto el fuego si EEUU garantizara su entrada en la OTAN —algo que Biden ha descartado. En 1995, el Acuerdo de Dayton dividió Bosnia en dos entidades con un 49% y 51% del territorio. Hoy, 29 años después, el país sigue bajo supervisión internacional. ¿Podría Ginebra imponer una partición similar, pero con el 22% ya en manos rusas y sin fecha de revisión?
La trampa de la “paz temporal”: ¿Un guión ya escrito?
Rusia tiene un patrón documentado: firmar altos el fuego para congelar las líneas del frente, consolidar la ocupación y relanzar la ofensiva cuando la atención internacional decae. Lo hizo en Abjasia y Osetia del Sur (Georgia, 2008), donde mantiene tropas desde hace 16 años sin estatus legal, y en Transnistria (Moldavia, 1992), donde 1.500 soldados rusos controlan la región desde hace 32 años. En los últimos 30 años, Rusia ha firmado siete acuerdos de paz en conflictos posoviéticos e incumplido cinco en menos de dos años, según la OSCE. El caso más reciente fue el de Karabaj en 2020, donde un alto el fuego mediado por Rusia permitió a Azerbaiyán recuperar territorios en 44 días. En 2008, Rusia prometió retirar sus tropas de Georgia en 6 meses. Hoy, 16 años después, aún mantiene 7 bases militares en la región.
El riesgo no es solo una ofensiva, sino una partición de facto. Según fuentes de inteligencia ucranianas citadas por The Economist, Rusia podría lanzar un ataque en el norte (hacia Sumy o Járkov) entre 10 y 15 días después de un fracaso en Ginebra. En 2014, tras el fracaso de las negociaciones de Ginebra (abril), Rusia lanzó una ofensiva en el Donbás en menos de un mes. En 2022, tras el colapso de las conversaciones de Estambul, la ofensiva en Mariúpol comenzó en 11 días. ¿Repetirá el patrón en 2024, pero con un avance hacia el norte que corte el suministro a Kiev?
El fantasma de Minsk: Cómo Rusia usó el diálogo para ganar la guerra en 2014-2015
Los acuerdos de Minsk (2014-2015) son el manual que Vladimir Medinski lleva a Ginebra. Firmados para detener el avance prorruso en el Donbás, se convirtieron en un ejemplo de cómo Moscú utiliza las negociaciones para rearmarse y preparar la siguiente ofensiva. Un informe de la OTAN desclasificado en 2019 reveló que, durante los 18 meses de alto el fuego nominal, Rusia desplegó 12.000 soldados adicionales, 400 tanques y 300 piezas de artillería en la región, según Bellingcat. Este rearme permitió la ofensiva de Debaltseve en enero de 2015, donde Ucrania perdió 500 km² en menos de dos semanas. Hoy, Debaltseve sigue bajo control ruso, y 8 de cada 10 edificios están destruidos, según la Cruz Roja.
El paralelo con 2024 es claro: en Minsk, Rusia insistió en un “estatus especial” para Donetsk y Luhansk, que en la práctica significaba veto ucraniano sobre su política exterior. Este mismo lenguaje aparece en los borradores filtrados para Ginebra, donde se menciona un “modelo de autonomía” para los territorios ocupados. En 2015, el entonces presidente Petro Poroshenko admitió: “Minsk fue un error: nos obligaron a negociar con una pistola en la sien”. Hoy, con Zelenski en una posición más débil —Ucrania ha perdido 25.000 km² más desde entonces—, el riesgo de repetir el error es alto. En 2023, Rusia avanzó 3 veces más territorio que en 2022, según el Ministerio de Defensa ucraniano.
Pero hay una diferencia crítica: en 2014, EEUU y la UE mantuvieron sanciones limitadas y no enviaron armamento letal a Kiev. Hoy, aunque el apoyo occidental flaquea, Ucrania ya cuenta con misiles HIMARS (alcance de 80 km), tanques Leopard 2 y sistemas Patriot. Según el Royal United Services Institute (RUSI), en 2015 Rusia necesitaba 6 semanas para preparar una ofensiva tras un alto el fuego; en 2024, con las líneas de suministro ucranianas más debilitadas, ese plazo podría reducirse a 3 semanas. En 2022, Rusia tardó 48 días en lanzar una ofensiva tras el fracaso de Estambul. En 2024, con Ucrania disparando solo 2.000 proyectiles de artillería al día (frente a los 10.000 rusos), ese plazo podría ser de 7 días, según el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS).
| Año | Acuerdo | Incumplimiento ruso | Tiempo hasta nueva ofensiva |
|---|---|---|---|
| 2008 | Alto el fuego Georgia | Ocupación permanente de Abjasia y Osetia del Sur | Nunca se retiró |
| 2014 | Minsk I | Refuerzo de tropas en Debaltseve | 4 meses |
| 2015 | Minsk II | Ataque a Mariúpol (2022) desde posiciones “desmilitarizadas” | 7 años (escalada gradual) |
| 2020 | Alto el fuego Karabaj | Apoyo logístico a Azerbaiyán para ofensiva en 2023 | 3 años |
Ginebra: ¿El último acto antes de la partición?
Si la historia es una guía, Rusia no buscará en Ginebra un acuerdo definitivo, sino un “alto el fuego estratégico” que le permita consolidar sus ganancias territoriales mientras debilita a Ucrania. El precedente más peligroso no es Minsk, sino Transnistria (Moldavia, 1992): un conflicto congelado donde Rusia mantiene 1.500 soldados desde hace 32 años, sin estatus legal pero con control de facto. Según un informe de International Crisis Group, Rusia ha utilizado esta estrategia en 4 de los 6 conflictos posoviéticos en los que ha intervenido desde 1990. En Osetia del Sur (Georgia), Rusia prometió en 2008 “proteger a la población local”. Hoy, 16 años después, el 90% de los habitantes tienen pasaporte ruso, según datos del gobierno georgiano.
La pregunta no es si Occidente permitirá una Ucrania dividida, sino si tiene un plan para evitar que, como en 2015, un acuerdo temporal se convierta en la nueva normalidad. En 1938, el Acuerdo de Múnich permitió a Hitler anexionar los Sudetes “a cambio de paz”. Hoy, un “alto el fuego” en Ginebra podría ser el preludio de una partición que ni siquiera los mapas reconocerán oficialmente… hasta que sea irreversible. En 1939, un año después de Múnich, Alemania invadió Polonia. ¿Podría 2025 ser el “1939” de Ucrania?
El factor Biden: Cómo el bloqueo en el Congreso estadounidense juega a favor del Kremlin
Mientras las delegaciones se preparan para sentarse en Ginebra, un actor clave está ausente de la mesa pero determina el margen de maniobra de Ucrania: el Congreso de EEUU. El paquete de ayuda militar de 61.000 millones de dólares —aprobado por el Senado en febrero pero bloqueado por la Cámara de Representantes— ha dejado a Kiev en una posición de dependencia crítica. Según datos del Kiel Institute, Ucrania recibió solo el 24% de los compromisos de armamento prometidos por Occidente en 2023, con EEUU como principal deudor: el 85% de los envíos pendientes son estadounidenses, incluyendo 1.500 misiles ATACMS (alcance de 300 km) y 200.000 proyectiles de artillería. En 2023, Ucrania disparó 7.000 proyectiles de artillería al día. En enero de 2024, esa cifra cayó a 2.000, según el Estado Mayor ucraniano.
La demora no es casual. En 2014, durante la crisis de Crimea, el Congreso tardó 11 días en aprobar sanciones a Rusia tras la anexión. Hoy, con el partido Republicano dividido —52 de sus 222 miembros se oponen a cualquier fondo adicional para Ucrania, según Politico—, el retraso supera los 120 días. Este vacío ha permitido a Rusia explotar una ventana estratégica: entre octubre de 2023 y enero de 2024, sus fuerzas avanzaron 500 km² (el equivalente al 70% del territorio de la ciudad de Nueva York), mientras que Ucrania redujo sus bombardeos de larga distancia en un 60% por falta de munición, según el Institute for the Study of War. En diciembre de 2023, Rusia lanzó 7.400 ataques con drones y misiles, la cifra mensual más alta desde el inicio de la guerra, según el Ministerio de Defensa ucraniano.
El precedente más cercano —y ominoso— es el de Afganistán en 2021. Cuando EEUU congeló el envío de repuestos para helicópteros Black Hawk durante tres meses, las fuerzas talibanas avanzaron 14 distritos en 21 días. En Ucrania, la escasez es aún más aguda: sin los misiles Patriot (cuyo stock se agotó en diciembre), Rusia ha intensificado los ataques aéreos contra infraestructuras energéticas, dejando sin electricidad a 1,2 millones de personas en enero —la cifra más alta desde el invierno de 2022—, según Ukrenego. En 2022, Ucrania derribaba el 85% de los misiles rusos. En enero de 2024, esa cifra cayó al 40%, según el Comandante de la Fuerza Aérea ucraniana, Mykola Oleshchuk.
La paradoja es que, mientras Biden insiste en que “no habrá acuerdo sin Ucrania”, su incapacidad para desbloquear los fondos en el Congreso ha convertido a Ginebra en un escenario donde Zelenski negocia con una pistola descargada. Según fuentes diplomáticas citadas por Reuters, Rusia ha condicionado cualquier tregua a que EEUU “garantice por escrito” no enviar armamento de largo alcance a Ucrania en los próximos 12 meses —una demanda que, de aceptarse, dejaría a Kiev sin capacidad para recuperar territorio hasta bien entrado 2025. En 1973, durante la Guerra de Yom Kippur, un embargo de armas de EEUU a Israel permitió a Egipto avanzar 20 km en el Sinaí en 48 horas. En 2024, con Ucrania disparando 5 veces menos proyectiles que Rusia, ¿podría repetirse un colapso similar en el Donbás?
48 horas para evitar un jaque mate geopolítico
El reloj de Ginebra no marca solo el tiempo de las negociaciones, sino el de una carrera contra el colapso logístico ucraniano. Según un informe confidencial del Ministerio de Defensa británico filtrado a The Guardian, Ucrania tiene reservas de munición para artillería de 155 mm solo hasta marzo, y los sistemas antiaéreos S-300 (claves para defender ciudades) operan al 30% de su capacidad por falta de misiles. Rusia, en cambio, ha aumentado su producción de proyectiles en un 300% desde 2022, gracias a suministros de Corea del Norte (1 millón de obuses) e Irán (300 drones Shahed mensuales), según la inteligencia ucraniana. En 2023, Corea del Norte envió a Rusia suficiente munición para mantener su ritmo actual de bombardeos durante 6 meses, según un informe de la ONU de diciembre de 2023.
La pregunta que planea sobre Suiza no es si habrá acuerdo, sino si Occidente está dispuesto a aceptar que, sin armamento, el 22% del territorio ucraniano ya es un hecho consumado. En 1938, Chamberlain regresó de Múnich agitando un papel que prometía “paz para nuestra época“. Hoy, un “alto el fuego” en Ginebra podría ser el preludio de una partición que ni siquiera los mapas reconocerán oficialmente… ¿Hasta qué punto está Europa dispuesta a permitir que el mapa se reescriba a costa de la soberanía ucraniana, mientras Rusia prepara su próxima ofensiva con 500.000 soldados movilizados y un arsenal que crece cada día?
El precedente de Bosnia que nadie menciona: Cuando la OTAN impuso una partición étnica
Mientras en Ginebra se debate el futuro del 22% del territorio ucraniano, hay un fantasma geopolítico que los diplomáticos evitan nombrar: el Acuerdo de Dayton (1995), donde la comunidad internacional validó la división de Bosnia en dos entidades étnicas —la República Srpska (49% del territorio) y la Federación de Bosnia y Herzegovina (51%)— tras una guerra que dejó 100.000 muertos. Lo que pocos recuerdan es que ese modelo, presentado como “la única solución posible”, congeló un conflicto pero creó un Estado disfuncional que hoy, 29 años después, sigue dependiendo de un Alto Representante internacional (actualmente el alemán Christian Schmidt) con poderes para vetar leyes y destituir funcionarios. Según un informe de la UE de 2023, Bosnia tiene el sistema político más caro y menos eficiente de Europa, con 3 presidentes, 14 gobiernos y 180 ministros para 3,2 millones de habitantes. El costo de mantener esta estructura burocrática equivale al 65% del presupuesto nacional, según el Banco Mundial.
El paralelo con Ucrania es escalofriante. En 1995, los serbos de Bosnia controlaban el 49% del territorio gracias a avances militares (incluida la masacre de Srebrenica, donde murieron 8.000 musulmanes en julio de ese año). Hoy, Rusia ocupa el 22% de Ucrania, pero con una diferencia clave: en Bosnia, la partición se negoció después de que la OTAN bombardeara posiciones serbias durante 11 días (Operación Deliberate Force, agosto-septiembre de 1995), forzando a Belgrado a ceder. En Ucrania, Occidente no ha autorizado ataques con misiles de largo alcance (ATACMS) contra Crimea, ni ha impuesto una zona de exclusión aérea, como pidió Zelenski en marzo de 2022. Sin presión militar, Moscú no tiene incentivos para retroceder, como admitió en 2021 el entonces canciller ruso Serguéi Lavrov: *”En Siria, cada vez que Occidente presionaba, nosotros respondíamos con más fuerza. Es la única lengua que entienden*”. En 2023, Rusia lanzó 12 ofensivas menores en Ucrania. Todas ocurrieron tras periodos de “diálogo” o treguas no oficiales.
Hay otro dato que los negociadores en Ginebra conocen bien: en los últimos 30 años, el 68% de los acuerdos de paz que dividieron territorios terminaron en conflictos recurrentes, según un estudio de la Universidad de Peace (Costa Rica). Los casos más graves:
- Chipre (1974): Dividida entre grecochipriotas y turcochipriotas tras una invasión turca. 49 años después, sigue partida por la “Línea Verde”, con 30.000 soldados turcos en el norte. Es el conflicto congelado más largo de Europa.
- Georgia (2008): Rusia reconoció la independencia de Abjasia y Osetia del Sur (20% del territorio georgiano). Hoy, 16 años después, Moscú mantiene 7 bases militares en la región. En 2023, Rusia anunció la construcción de una nueva base en Osetia del Sur, con capacidad para 5.000 soldados.
- Moldavia (1992): Transnistria, una franja de 4.000 km², sigue bajo control ruso con 1.500 soldados desde hace 32 años, sin estatus legal. En 2022, Moldavia denunció que Rusia usa Transnistria para traficar armas hacia Ucrania.
En todos los casos, la “solución temporal” se convirtió en permanente, y la “autonomía” prometida derivó en Estados fantoches dependientes de Moscú. En Abjasia, el 93% de la población tiene pasaporte ruso, según datos de 2023. En Transnistria, el rublos es la moneda oficial desde 1994.
¿Está Ucrania condenada a ser la próxima Bosnia?
El riesgo no es solo que Ginebra repita el modelo de Dayton, sino que lo supere en consecuencias. En Bosnia, la partición se aplicó a un país de 51.000 km²; en Ucrania, hablaríamos de 125.000 km² (el tamaño de Grecia), con el agravante de que Donetsk y Luhansk concentran el 60% de las reservas de carbón ucranianas, y Jersón y Zaporiyia producen el 30% de la energía hidroeléctrica del país, según el Banco Mundial. Si Rusia consolida su control, Ucrania perdería el 35% de su capacidad industrial, como advirtió en 2023 el Instituto Kiel para la Economía Mundial. Pero hay una diferencia crucial con 1995: entonces, la OTAN tenía margen para imponer condiciones con bombardeos; hoy, con Hungría vetando sanciones y EEUU paralizado, Europa carece de palancas militares. Como escribió el historiador Timothy Snyder en *The New Yorker*: *”Dayton funcionó porque EEUU estaba dispuesto a usar la fuerza. En Ucrania, Occidente ni siquiera está dispuesto a dar munición”*. En 2023, la UE aprobó un paquete de sanciones a Rusia cada 6 meses. En 2024, el último paquete (el decimotercero) tardó 90 días en negociarse.
¿Podría Ginebra sentar las bases de una Ucrania dividida, donde el 22% del territorio —rico en recursos y estratégico— quede bajo control ruso de facto, mientras Occidente mira hacia otro lado?
El juego de Medinski: Cómo el negociador ruso usó la táctica del “acuerdo fantasma” en Siria y ahora la repite en Ucrania
El nombre de Vladimir Medinski no es solo un recordatorio del fracaso de Estambul en 2022, sino la clave de una estrategia que el Kremlin ha perfeccionado en la última década: las negociaciones como arma de guerra. Medinski no es un diplomático al uso, sino el arquitecto de lo que analistas del Atlantic Council llaman “acuerdos fantasma“: borradores diseñados para ganar tiempo, dividir a la oposición y preparar el terreno para la siguiente ofensiva. Su hoja de ruta se escribió en Siria entre 2016 y 2018, donde como viceministro de Defensa ruso, Medinski lideró las “zonas de distensión” que, en la práctica, permitieron a Damasco y Moscú rearmarse mientras la oposición siria se desangraba.
En mayo de 2017, Medinski anunció en Astaná la creación de cuatro “zonas de desescalada” en Siria, presentadas como un “paso hacia la paz”. Los datos desmienten esa narrativa: durante los 18 meses que duró el acuerdo, el régimen de Assad y Rusia lanzaron 12 ofensivas mayores, según el Observatorio Sirio de Derechos Humanos. La más letal fue la de Guta Oriental (febrero-marzo 2018), donde en 58 días murieron 1.700 civiles bajo bombardeos con barriles de explosivos y gas cloro, según la ONU. Mientras, Medinski declaraba en la prensa rusa que las zonas de distensión “estaban funcionando“. El patrón se repitió en Idlib en 2019: tras un alto el fuego negociado por Turquía y Rusia, las fuerzas prorrusas avanzaron 600 km² en 3 meses, usando drones y artillería proporcionada por Irán, según un informe de Amnistía Internacional. En 2020, el Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos documentó 37 ataques con armas químicas en zonas “desmilitarizadas” durante los altos el fuego negociados por Medinski.
Su método tiene tres fases, identificadas por el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS) en un informe de 2023:
- Congelar el frente con un acuerdo vago (ej: “autonomía” en lugar de “anexión”), mientras se refuerzan las posiciones militares. En Siria, Rusia desplegó 25.000 soldados adicionales durante los altos el fuego de 2017, según imágenes satelitales de Jane’s Defence Weekly.
- Dividir a los aliados del enemigo: en Siria, Medinski explotó las tensiones entre Turquía (que apoyaba a grupos rebeldes) y EEUU (enfocado en el Estado Islámico). En 2017, Ankara y Washington dejaron de coordinar operaciones durante 4 meses por desacuerdos sobre las milicias kurdas, tiempo que Rusia usó para tomar el 30% de la provincia de Alepo.
- Romper el acuerdo con una ofensiva relámpago, justificándola como “respuesta a provocaciones”. En 2020, Rusia y Turquía firmaron un alto el fuego en Idlib el 5 de marzo. El 1 de mayo, Damasco lanzó una ofensiva con apoyo aéreo ruso que mató a 290 civiles en una semana, según la ONU.
En Ucrania, Medinski ya aplicó la fase 1 en Estambul (marzo 2022), donde el borrador filtrado incluía una “neutralidad” ucraniana que, en la práctica, prohibía su entrada en la OTAN y limitaba su ejército a 85.000 soldados —menos de la mitad de su fuerza actual—. La fase 2 está en marcha: mientras EEUU y la UE discuten sobre el envío de misiles ATACMS, Rusia ha firmado acuerdos de “cooperación militar” con Corea del Norte (1 millón de proyectiles de artillería en 2023) e Irán (300 drones mensuales), según la inteligencia ucraniana. En enero de 2024, el 60% de los misiles usados por Rusia en Ucrania eran de fabricación norcoreana, según el Conflict Armament Research.
Ginebra 2024: ¿El último acto antes de la ofensiva de primavera?
Si el guión sirio se repite, las 48 horas de Ginebra no servirán para negociar la paz, sino para delimitar las líneas del próximo ataque. En Siria, los altos el fuego de Medinski duraron un promedio de 45 días antes de nuevas ofensivas. En Ucrania, el plazo podría ser más corto: con las reservas de munición ucranianas al 20% y Rusia movilizando 30.000 soldados en enero (el mayor reclutamiento desde 2022), una ofensiva en el norte (Sumy o Járkov) podría lanzarse en 10-15 días, según el Instituto para el Estudio de la Guerra (ISW). En 2022, Rusia tardó 11 días en atacar Mariúpol tras el fracaso de Estambul. Hoy, con Ucrania disparando 5 veces menos proyectiles que entonces, el plazo podría reducirse a una semana.
El dato más revelador lo proporcionó el propio Medinski en una entrevista con Rossiyskaya Gazeta en diciembre de 2023: *«En Siria, aprendimos que la paz no se firma, se impone. Cada tregua debe servir para preparar la próxima victoria»*. En 2018, tras la caída de Guta Oriental, Medinski declaró que el acuerdo había “funcionado”. Hoy, 300.000 sirios siguen desplazados, y el régimen controla el 70% del país. ¿Será el 22% de Ucrania el próximo “éxito” de su estrategia?