Donald Trump en podio con bandera de EE.UU. tras anunciar fin del tratado nuclear Nuevo START, fondo con misiles y mapa de China y Rusia

Trump rompe con el Nuevo START: ¿un nuevo tratado nuclear o riesgo de carrera armamentística?

Giro radical: Trump descarta prorrogar el tratado nuclear con Rusia y apuesta por un acuerdo “nuevo y modernizado” que incluya a China.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, propuso este jueves diseñar un “tratado nuevo, mejorado y modernizado” para reemplazar al Nuevo START, el acuerdo de reducción de arsenales nucleares firmado con Rusia en 2010, cuya expiración deja al mundo sin un marco legal que limite las armas estratégicas. “En lugar de extender un acuerdo mal negociado y violado por Rusia, deberíamos crear uno que perdure”, declaró en redes sociales, señalando que el actual tratado fue un “error” de la administración Obama.

Trump aprovechó para reafirmar el poderío militar de EE.UU.: “Somos el país más poderoso del mundo”, dijo, recordando que durante su primer mandato reforzó las Fuerzas Armadas con “armas nucleares nuevas y reacondicionadas”, además de crear la Fuerza Espacial como rama independiente. También destacó la incorporación de “acorazados 100 veces más potentes que los de la Segunda Guerra Mundial”, una referencia a los modernos portaaviones de la clase Gerald R. Ford, cuyo primer buque entró en servicio en 2017 con un costo de US$13.000 millones.

El Departamento de Estado confirmó que la administración Trump busca “mantener límites” a los arsenales nucleares, pero con una condición clave: la inclusión de China en las negociaciones. “El presidente ha dejado claro que quiere abordar la amenaza global de las armas nucleares, pero cualquier nuevo acuerdo debe ser trilateral”, señalaron fuentes oficiales a Europa Press. Este movimiento refleja la creciente preocupación por el arsenal chino, que según el Pentágono podría duplicarse para 2030, alcanzando 1.500 cabezas nucleares.

¿Por qué fracasó el Nuevo START?

El tratado, firmado en 2010 por Barack Obama y Dmitri Medvédev, entró en vigor en febrero de 2011 y fue el último acuerdo bilateral que limitaba los misiles balísticos intercontinentales (ICBM), los bombarderos pesados y los submarinos nucleares. Sin embargo, su futuro se torció en febrero de 2023, cuando Vladimir Putin anunció la suspensión de la participación rusa, alegando que Occidente buscaba “debilitar” a Moscú mediante sanciones por la invasión de Ucrania. Desde entonces, no hubo intentos serios de renovación, y el tratado expiró oficialmente el 5 de febrero de 2026.

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La decisión de Putin no fue aislada: en 2019, Rusia ya había violado el Tratado INF (de fuerzas nucleares de alcance intermedio), lo que llevó a EE.UU. a retirarse ese mismo año. Ahora, sin el Nuevo START, no hay verificaciones mutuas de arsenales, algo que los expertos advierten podría desencadenar una nueva carrera armamentística. “Estamos en un escenario similar a los años 80, pero con tres actores: EE.UU., Rusia y China”, alertó Rose Gottemoeller, exsubsecretaria de la OTAN para Control de Armas.

China: el tercer jugador en la mesa

La insistencia de Trump en incluir a China no es nueva. Desde 2020, su administración presionó a Pekín para unirse a las conversaciones, pero el gigante asiático se negó, argumentando que su arsenal (400 cabezas nucleares, según estimaciones de la FAS) es mucho menor que el de EE.UU. (3.700) o Rusia (4.500). Sin embargo, su rápido crecimiento —con pruebas de misiles hipersónicos como el DF-17— ha cambiado el cálculo estratégico.

“China no participará en una negociación que limite su soberanía”, declaró en 2021 el portavoz del Ministerio de Exteriores chino, Zhao Lijian. Pero EE.UU. insiste: sin Pekín, cualquier tratado sería “incompleto e ineficaz”. El problema es que, a diferencia de la Guerra Fría, ahora hay tres potencias nucleares con doctrinas distintas: Rusia depende de sus armas para disuadir a la OTAN; China las ve como garantía de su estatus global; y EE.UU. busca modernizar su arsenal sin perder superioridad.

¿Qué sigue? Escenarios de riesgo

Con el Nuevo START muerto y sin un reemplazo claro, los analistas prevén tres posibles caminos:

  • Negociación trilateral: Improbable a corto plazo, dado el rechazo chino y la desconfianza entre Washington y Moscú.
  • Acuerdos bilaterales separados: EE.UU. podría intentar tratados con Rusia y China por separado, pero esto fragmentaría el control de armas.
  • Carrera armamentística abierta: Sin límites, los tres países podrían aumentar sus arsenales, repitiendo el patrón de los años 60, cuando EE.UU. y la URSS acumularon 70.000 cabezas nucleares.
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El tiempo apremia: según el Boletín de Científicos Atómicos, el Reloj del Apocalipsis está a 90 segundos de la medianoche, el punto más cercano al “fin del mundo” desde su creación en 1947. “La falta de diálogo aumenta el riesgo de un error de cálculo”, advirtió la organización en su último informe. Mientras Trump habla de un tratado “modernizado”, el mundo se pregunta: ¿Es posible un acuerdo cuando las tres potencias nucleares ni siquiera confían entre sí?

El precedente ignorado: cómo el Tratado ABM de 1972 explica el fracaso actual

La decisión de Trump de descartar la prórroga del Nuevo START y apostar por un acuerdo trilateral evoca un patrón histórico que pocos mencionan: el colapso del Tratado Antibalístico (ABM) de 1972, firmado por Richard Nixon y Leonid Brézhnev. Ese acuerdo, que limitaba los sistemas de defensa antimisiles para evitar una carrera armamentística descontrolada, fue abandonado por George W. Bush en 2002 bajo el argumento de que “ya no respondía a las amenazas del siglo XXI” —el mismo lenguaje que usa Trump hoy. La consecuencia fue inmediata: Rusia respondió desarrollando misiles RS-28 Sarmat (capaces de esquivar defensas), y China aceleró su programa de misiles DF-21D, diseñados para hundir portaaviones.

El paralelo con 2024 es inquietante. El ABM duró 30 años antes de su ruptura; el Nuevo START, solo 13. En ambos casos, EE.UU. justificó su salida alegando que el tratado era “obsoleto” y que nuevos actores (entonces Corea del Norte e Irán; ahora China) lo hacían “inútil”. Pero los datos muestran que, tras el abandono del ABM, el gasto militar global en sistemas de misiles aumentó un 47% en cinco años, según el Instituto Internacional de Estocolmo para la Investigación de la Paz (SIPRI). Hoy, con China probando misiles hipersónicos DF-17 (alcance de 2.500 km) y Rusia desplegando los Avangard (capaces de Mach 27), el riesgo de una escalada es real.

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Otro detalle clave: en 2002, cuando Bush abandonó el ABM, el arsenal nuclear global era de 27.000 cabezas. Hoy, aunque reducido a 12.000, la tecnología es más letal. Los misiles modernos como el ruso Kinzhal (velocidad 10.000 km/h) o el chino DF-41 (alcance 15.000 km) hacen que la disuasión sea más frágil. “La diferencia con los 70 es que entonces había dos actores racionales; ahora hay tres, con doctrinas opacas”, advirtió Hans Kristensen, director del Proyecto de Información Nuclear de la Federación de Científicos Estadounidenses (FAS).

¿Un error de cálculo en 2025?

El cronograma es crítico: si Trump gana las elecciones de noviembre 2024, su segundo mandato coincidirá con el despliegue operativo del misil ruso RS-28 Sarmat (previsto para 2025), capaz de transportar 15 cabezas nucleares y burlar defensas. China, por su parte, planea tener 1.000 cabezas para 2030, según el Pentágono. Sin un marco legal, el margen para malentendidos se reduce. En 1983, un error del sistema soviético Stanislav Petrov evitó un ataque nuclear por un falso positivo; hoy, con sistemas automatizados como el ruso Perimetr (“Mano Muerta”), el tiempo de reacción sería de minutos, no horas. La pregunta no es si habrá un tratado, sino si el mundo podrá sobrevivir a su ausencia.

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