¡Alto el fuego! Líbano e Israel pactan tregua con condiciones clave en Washington
Tregua frágil: Líbano e Israel acuerdan alto el fuego tras intensas negociaciones en Washington, pero el futuro depende del desarme de Hezbolá y el respeto fronterizo.
Beirut y Jerusalén han dado un paso histórico este miércoles en Washington, donde sus delegaciones —bajo mediación de Estados Unidos— firmaron un alto el fuego que busca poner fin a meses de violencia en la frontera. El acuerdo, sin embargo, está condicionado a dos exigencias clave: el cese total de los ataques de Hezbolá y la retirada de sus milicianos al norte del río Litani, una línea roja trazada desde la guerra de 2006.
El comunicado conjunto, difundido por el Departamento de Estado, anuncia la reanudación de negociaciones “políticas y de seguridad” la semana del 22 de junio, con el objetivo de alcanzar un pacto “integral”. “El futuro de Líbano e Israel debe decidirse entre ambos gobiernos soberanos”, subrayaron las partes, rechazando cualquier injerencia de actores externos —como Irán, acusado de “socavar la estabilidad regional” mediante su apoyo a grupos armados como Hezbolá.
Zonas piloto y soberanía: los pilares del acuerdo
Uno de los avances más concretos es la creación de “zonas piloto” donde las Fuerzas Armadas libanesas —con apoyo de EE.UU.— asumirán el “control exclusivo”, excluyendo a cualquier grupo no estatal. Este modelo, inspirado en conversaciones previas en el Pentágono (29 de mayo), busca garantizar la soberanía libanesa y la seguridad israelí, aunque su éxito dependerá de la capacidad de Beirut para desmantelar la infraestructura de Hezbolá en el sur.
Ambas partes reiteraron no tener “intenciones hostiles” y se comprometieron a negociaciones directas para resolver temas pendientes. Sin embargo, las diferencias son profundas: Israel exige el desarme total de Hezbolá, mientras Líbano prioriza el respeto a las fronteras internacionalmente reconocidas, incluyendo la retirada israelí de zonas en disputa como las granjas de Shebaa.
Contexto histórico: Este acuerdo recuerda al alto el fuego de 2006, que puso fin a 34 días de guerra entre Israel y Hezbolá, pero que nunca resolvió el desarme del grupo chií. Desde entonces, la milicia ha multiplicado su arsenal, con más de 150.000 cohetes apuntando a Israel, según estimaciones de la OTAN.
El costo humano: 3.500 muertos y una tregua que no frenó los bombardeos
El último escalón de violencia comenzó el 2 de marzo, cuando Hezbolá lanzó ataques contra Israel en represalia por el asesinato del ayatolá Alí Jamenei —líder supremo de Irán— en un operativo conjunto de Israel y EE.UU. el 28 de febrero. Desde entonces, los bombardeos israelíes en Líbano han dejado 3.500 muertos y 10.600 heridos, según cifras de la ONU.
A pesar de un alto el fuego temporal acordado en abril (y extendido 45 días en mayo), los enfrentamientos nunca cesaron por completo. ¿Podrá este nuevo pacto —con condiciones tan estrictas— evitar una guerra total? La respuesta dependerá de si Hezbolá acepta retroceder y si Irán, su principal valedor, deja de financiar su rearme.
Washington, por su parte, insistió en que cualquier solución debe ser “directa entre los dos gobiernos”, descartando mediaciones paralelas. Pero la sombra de Teherán planea sobre el proceso: Irán destina unos US$700 millones anuales a Hezbolá, según el Departamento del Tesoro de EE.UU., una cifra que duplica el presupuesto de defensa del Ejército libanés.
¿Qué sigue? Tres escenarios posibles
1. Éxito parcial: Líbano logra desplazar a Hezbolá del sur, pero el grupo mantiene su arsenal en otras zonas, como el valle de la Bekaa. Israel podría aceptar una tregua prolongada sin desarme total.
2. Colapso del acuerdo: Si Hezbolá se niega a retroceder, Israel podría lanzar una ofensiva terrestre como la de 2006, pero con un riesgo mayor: Irán ha advertido que respondería directamente, lo que abriría un frente regional.
3. Negociación ampliada: EE.UU. presiona para incluir a Siria y Irán en mesas técnicas, como propuso el enviado especial Amos Hochstein en 2023. Esto diluiría el poder de Hezbolá, pero requeriría concesiones de Israel en los Altos del Golán.
Mientras las delegaciones preparan la ronda del 22 de junio, una pregunta urge: ¿Están Líbano e Israel —con sus aliados— dispuestos a ceder lo suficiente para evitar otra guerra, o este alto el fuego es solo un respiro antes del próximo estallido?
El precedente ignorado: cómo el acuerdo de 1996 entre Israel y Hezbolá sentó las bases del actual conflicto
Mientras Líbano e Israel firman este alto el fuego en Washington, hay un documento histórico que ambos bandos evitan mencionar: el Acuerdo de Abril de 1996, negociado tras la operación israelí “Uvas de la Ira”, que dejó 175 civiles muertos en la aldea libanesa de Qana (un ataque que la ONU calificó como “inaceptable” en su informe S/1996/337). Ese pacto, mediado por Francia y EE.UU., estableció un “entendimiento” (no un tratado formal) que prohibía a Hezbolá atacar desde zonas civiles y a Israel bombardear infraestructuras libanesas. Sin embargo, incluyó una cláusula ambigua: “el derecho a la legítima defensa”, que ambos bandos interpretaron a su conveniencia. Hezbolá usó este resquicio para justificar sus ataques como “resistencia”, mientras Israel lo invocó para sus incursiones en territorio libanés.
El paralelo con 2024 es inquietante. En 1996, el acuerdo también exigía el despliegue del Ejército libanés en el sur para reemplazar a Hezbolá, pero Beirut nunca lo cumplió por falta de recursos y voluntad política. Según datos del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS), entre 1996 y 2000, Hezbolá triplicó su arsenal de cohetes (de 5.000 a 15.000) bajo la mirada pasiva de las fuerzas gubernamentales. Hoy, la historia se repite: el actual acuerdo pide lo mismo —control estatal en el sur—, pero el presupuesto de defensa libanés (US$350 millones en 2024) es insuficiente para desafiar a Hezbolá, cuyo poder militar supera al del Estado. Un informe de Jane’s Defence Weekly (marzo 2024) revela que Hezbolá cuenta con misiles de precisión C-802 (alcance 120 km), capaces de alcanzar Tel Aviv, adquiridos gracias al apoyo iraní.
Otro detalle clave: en 1996, Siria —entonces ocupante militar de Líbano— fue excluida de las negociaciones, lo que debilitó el acuerdo. Hoy, Irán juega ese mismo papel de actor externo decisivo, pero con una diferencia crítica: Teherán financia a Hezbolá con US$700 millones anuales (según el Tesoro de EE.UU.), mientras que Damasco en los 90 solo proporcionaba logística. Esto explica por qué el actual alto el fuego incluye una advertencia explícita contra “injerencias externas” —algo que el acuerdo de 1996 omitió— y por qué Washington insiste en que “la soberanía libanesa debe prevalecer”, un guiño a la Resolución 1701 del Consejo de Seguridad de la ONU (2006), que también exigió el desarme de Hezbolá… sin éxito.
La trampa del “entendimiento”: ¿otra tregua para rearme?
El riesgo ahora no es solo que el acuerdo colapse, sino que se convierta en un mecanismo de contención temporal que permita a Hezbolá reorganizarse, como ocurrió entre 1996 y 2006. Israel ha advertido que esta vez no tolerará “juegos de palabras”: el primer ministro Benjamin Netanyahu declaró el 15 de junio que cualquier violación será considerada “casus belli“. Pero hay un dato revelador: en las últimas 48 horas, Hezbolá ha reubicado 12 lanzadores de misiles en el valle de la Bekaa, según imágenes satelitales de Maxar Technologies, lejos del río Litani pero dentro del territorio libanés. Si el pasado es prólogo, esta tregua podría ser el preludio de una guerra más sangrienta, con una diferencia: en 2006, Hezbolá disparó 4.000 cohetes en 34 días; hoy, su capacidad es 37 veces mayor.