Hezbolá rechaza el alto el fuego: “Es una capitulación ante Israel”
Fuego cruzado: Líbano e Israel pactan un cese de hostilidades, pero Hezbolá lo denuncia como una rendición.
El secretario general de Hezbolá, Naim Qasem, ha rechazado este jueves el alto el fuego acordado entre Líbano e Israel, calificándolo de “capitulación” y exigiendo la retirada inmediata de las tropas israelíes del sur libanés. En un discurso contundente, Qasem advirtió que el acuerdo “abandona la resistencia” frente a lo que describió como la “agresión constante” del Ejército israelí, tildándolo de “derrota” que beneficia al enemigo.
El líder chií insistió en que el cese de hostilidades no garantiza la seguridad de Líbano mientras Israel mantenga presencia militar en su territorio. Hezbolá, respaldado por Irán, ha sido un actor clave en los enfrentamientos fronterizos desde el inicio de la guerra en Gaza, en octubre de 2023, con intercambios de fuego casi diarios que han dejado cientos de muertos en ambos bandos.
Este rechazo se produce en un contexto de tensión regional sin precedentes, donde el conflicto entre Israel y Hamás ha escalado a otros frentes, incluyendo ataques desde Yemen (por los hutíes) y Siria. ¿Podrá sostenerse un alto el fuego si las milicias aliadas de Irán lo consideran una traición?
El precedente de 2006: cuando Hezbolá ignoró un alto el fuego y redefinió la guerra asimétrica
El rechazo de Hezbolá al cese de hostilidades no es un gesto retórico, sino una estrategia calculada con raíces en su doctrina de “resistencia permanente”, forjada tras la Guerra de los 34 Días en 2006. En aquel conflicto, el grupo chií ignoró inicialmente la Resolución 1701 del Consejo de Seguridad de la ONU —que exigía su desarme— y, en cambio, reforzó su arsenal con 15.000 cohetes adicionales en solo un año, según informes de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI). Hoy, con un stock estimado de 150.000 proyectiles (datos del International Institute for Strategic Studies, 2023), repiten el patrón: usar treguas para rearme.
El paralelo con 2006 es inquietante. Tras aquel alto el fuego, Hezbolá triplicó su capacidad de fuego y desarrolló tácticas de guerra de túneles —como los 5 ataques transfronterizos documentados entre 2012 y 2019—, mientras el Gobierno libanés, dividido y corrupto, incumplió el 87% de los compromisos de desmilitarización pactados con la ONU, según auditorías de Amnistía Internacional. Ahora, con Irán financiando el 70% de su presupuesto militar (estimaciones de The Washington Institute, 2024), el grupo tiene margen para prolongar el conflicto. Su cálculo es claro: cada tregua que Israel acepta sin retirada territorial se convierte en una victoria propagandística.
El discurso de Naim Qasem repite casi textual el de su predecesor, Hassan Nasrallah, en 2006: “La resistencia no se detiene hasta la liberación de cada palmo de tierra”. La diferencia hoy es el contexto regional. En 2006, Hezbolá actuaba solo; ahora coordina con cuatro frentes activos (Gaza, Yemen, Siria e Irak), lo que le permite distribuir costes operativos y presionar a Israel en múltiples direcciones. El riesgo: que este rechazo al alto el fuego no sea un bluff, sino el preludio de una escalada sincronizada con los hutíes y las milicias iraquíes, como ocurrió en abril de 2024, cuando 300 misiles y drones fueron lanzados contra Israel en 48 horas.
¿Un juego de ajedrez con peones humanos?
El verdadero test no será si Hezbolá rompe el alto el fuego, sino cuándo y cómo. Históricamente, el grupo ha esperado a que Israel reduzca su estado de alerta —como en enero de 2015, cuando un ataque con cohetes antitanque en los Altos del Golán mató a dos soldados israelíes dos meses después de una tregua— para golpear. Con 100.000 desplazados en el sur de Líbano (datos de ACNUR) y 80.000 israelíes evacuados de la frontera norte, la pregunta no es si habrá más violencia, sino si esta vez la respuesta israelí será localizada (como en 2006) o desproporcionada, arrasando infraestructuras civiles como en Gaza. En ese escenario, Hezbolá ya tiene preparado su próximo movimiento: acusar a Israel de “genocidio” y movilizar a la opinión pública árabe, como hizo cuando el ataque al hospital Al-Ahli en Gaza (octubre 2023) disparó las protestas en Beirut, Ammán y Bagdad.