EE.UU. exige a Irán: misiles, terrorismo y derechos humanos en la mesa
Presión máxima: Washington condiciona cualquier diálogo con Teherán a discutir temas que Irán siempre ha rechazado negociar.
El secretario de Estado de EE.UU., Marco Rubio, elevó este miércoles el listón para las conversaciones con Irán: exigió que las negociaciones aborden no solo el programa nuclear, sino también el desarrollo de misiles balísticos, el apoyo a grupos terroristas en Oriente Medio y la represión interna contra disidentes. “Para que las conversaciones sean significativas, deben incluir estos puntos clave”, declaró a la prensa en un tono que contrasta con la retórica más flexible de años anteriores.
Rubio subrayó que la Administración Trump mantiene su postura de “diálogo sin condiciones previas“, pero dejó claro que la mesa de negociaciones no será un espacio para concesiones simbólicas: “No vemos las reuniones como una legitimación de ningún régimen. Si Irán quiere alivio, debe cambiar su conducta”. Este enfoque marca un giro radical respecto al acuerdo nuclear de 2015, que excluyó explícitamente los misiles balísticos y el rol regional de Teherán.
La tensión escaló esta semana tras el derribo de un dron iraní por la Marina estadounidense en el mar Arábigo, incidente que Irán calificó como “provocación”. Rubio confirmó que Washington sigue trabajando en un “foro de discusión” en Turquía, pese a las negativas iraníes de las últimas horas: “Ayer hubo declaraciones contradictorias desde Teherán, pero seguimos avanzando”. El Pentágono ha desplegado adicionalmente el portaaviones USS Abraham Lincoln y bombarderos B-52 en la región, en lo que analistas describen como la mayor concentración de fuerza militar desde 2003.
Negociaciones indirectas en Omán: ¿un paso atrás?
Mientras Washington insiste en un formato directo, la agencia iraní Tasnim anunció este miércoles que las conversaciones se realizarán de manera indirecta en Mascate (Omán), con delegaciones lideradas por el viceministro de Exteriores iraní, Abbas Araqchi, y el enviado especial estadounidense, Steve Witkoff. Omán ha sido históricamente un mediador neutral: en 2013, facilitó las conversaciones secretas que llevaron al acuerdo nuclear, y en 2019 ayudó a liberar a marineros estadounidenses detenidos por Irán.
El formato indirecto refleja la desconfianza mutua tras dos años de sanciones estadounidenses que han asfixiado la economía iraní, reduciendo sus exportaciones de petróleo en un 80% desde 2018. Teherán exige primero el levantamiento de las sanciones, mientras Washington insiste en que cualquier alivio debe ser “el último paso, no el primero”. El estancamiento recuerda al de 2012, cuando las negociaciones colapsaron por la misma demanda iraní de alivio previo.
El fantasma de la guerra: de los drones a los misiles
El derribo del dron iraní —que según el Comando Central de EE.UU. se acercó a menos de 1.000 metros del portaaviones USS Boxer— es el último episodio de una escalada que incluye:
- Junio 2019: Irán derriba un dron Global Hawk estadounidense (valorado en US$130 millones), lo que casi desencadena un ataque aéreo de Trump.
- Mayo 2019: Sabotajes a cuatro petroleros en el golfo de Omán, atribuidos por EE.UU. a Irán.
- Abril 2019: Designación de la Guardia Revolucionaria iraní como “organización terrorista”, primera vez que Washington aplica esta etiqueta a una fuerza militar estatal.
Rubio advirtió que “la paciencia de EE.UU. no es infinita“. Sin embargo, analistas como Vali Nasr, de la Universidad Johns Hopkins, señalan que ni Trump ni el líder supremo iraní, Alí Jamenei, quieren una guerra: “Ambos saben que sería catastrófica, pero el riesgo de un error de cálculo es alto”, explicó en una columna para Foreign Affairs. El precedente más cercano es 1988, cuando EE.UU. hundió dos plataformas petroleras iraníes en represalia por el minado del golfo Pérsico.
¿Podrá Omán evitar que el mar Arábigo se convierta en el detonante de un conflicto que nadie dice querer, pero todos preparan?
El precedente de Omán: cuando el sultanato salvó (y fracasó) en mediaciones con Irán
La elección de Mascate como sede de negociaciones indirectas no es casual: Omán ha sido el único país del Golfo que mantuvo canales abiertos con Teherán y Washington incluso en los peores momentos. Pero su historial como mediador es desigual. En 2013, el sultanato facilitó las conversaciones secretas que llevaron al Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA), el acuerdo nuclear firmado en 2015. Sin embargo, en 2019, su intento de mediar en la crisis por el derribo del dron RQ-4A Global Hawk (valorado en $130 millones) fracasó: Irán rechazó cualquier diálogo hasta que EE.UU. levantara las sanciones, y Trump respondió con un aumento del 30% en el despliegue militar en la región, incluyendo los mismos B-52 que hoy sobrevuelan el mar Arábigo.
El éxito de Omán en 2013-2015 se debió a un factor clave: el sultán Qaboos bin Said, quien mantuvo una relación personal con el líder supremo iraní, Alí Jamenei, desde los años 90. Tras su muerte en enero de 2020, su sucesor, Haitham bin Tariq, ha priorizado la neutralidad, pero carece del mismo peso diplomático. Un informe del International Crisis Group (2021) revela que, desde entonces, Omán ha logrado solo 2 acuerdos menores con Irán: la liberación de 5 marineros estadounidenses en 2019 y un canje de prisioneros en 2020. En contraste, entre 2012 y 2016, el sultanato facilitó 12 rondas de diálogo confidencial, según documentos desclasificados por el Departamento de Estado.
Hoy, el desafío es mayor. Irán exige que Omán garantice que ningún tema ajeno al JCPOA (como misiles o derechos humanos) se aborde en las conversaciones. Pero EE.UU. ha dejado claro que el formato indirecto no implica flexibilidad. En 2012, una demanda similar de Teherán —excluir su programa de misiles— llevó al colapso de las negociaciones en Estambul, retrasando el acuerdo nuclear dos años.
¿Puede Omán evitar que la historia se repita?
El sultanato tiene menos de 30 días para demostrar que su modelo aún funciona. Si las conversaciones en Mascate no avanzan, EE.UU. podría activar el “Plan B”: una coalición naval con Arabia Saudita, Emiratos Árabes y el Reino Unido para “proteger” el tráfico marítimo en el estrecho de Ormuz, una medida que Irán ha calificado como “declaración de guerra encubierta“. El precedente más cercano es la Operación Sentinel (2019), que llevó a Irán a secuestrar el petrolero británico *Stena Impero* en represalia. Esta vez, con dos portaaviones estadounidenses en la zona, el margen de error es cero.