IA disparó la demanda eléctrica: ¿burbuja o oportunidad histórica en el sector?
Fiebre eléctrica: La IA transformó a las eléctricas en el activo más codiciado de Wall Street. El rally supera el 6,8% en 2024.
Los inversores más audaces ya habían anticipado que la sed insaciable de energía de la inteligencia artificial convertiría a las compañías eléctricas en un filón de ganancias. Pero lo que comenzó como una apuesta estratégica se ha convertido en una estampida sin precedentes. El mayor ETF del sector acumula un 6,8% de rentabilidad en lo que va de año, doblando el rendimiento del S&P 500 y dejando atrás a sectores antes imbatibles como el tecnológico puro.
Lo que antes eran acciones valoradas por su estabilidad y dividendos predecibles —el clásico refugio para viudas y jubilados— ahora son piezas clave en cualquier cartera que quiera exponerse al boom de la IA. El giro es tan brusco que analistas de SentimenTrader lo califican como un “frenesí comprador extremo”, un fenómeno que suele anteceder a correcciones abruptas cuando los precios se despegaron de los fundamentales. ¿Estamos ante una burbuja especulativa o el inicio de una era dorada para las eléctricas?
El riesgo más inmediato es que el mercado ya haya descontado gran parte del crecimiento futuro. Empresas como NextEra Energy Inc. (NEE) —que el 13 de febrero alcanzó máximos históricos tras subir su dividendo un 10%— tienen contratos millonarios con gigantes tecnológicos. Sus clientes no son hogares, sino Microsoft (MSFT) y Meta (META), cuyos centros de datos devoran electricidad para entrenar modelos de IA. NextEra ya suministra energía a más del 30% de los servidores de Meta en EE.UU., según informes internos de 2023.
No es la única. Duke Energy (DUK) y Constellation Energy (CEG) también rompieron récords bursátiles en los últimos 12 meses, impulsadas por acuerdos similares. La demanda es tan alta que algunas eléctricas ya negocian contratos de suministro a 20 años, algo inédito en un sector acostumbrado a plazos de 5 a 10 años. El consumo eléctrico de un centro de datos de IA equivale al de 80.000 hogares estadounidenses.
“El mercado está saturado”, advirtió Mark Malek, jefe de inversiones de Muriel Siebert & Co. “No me arriesgaría a entrar ahora; si no estás dentro, el caballo ya salió del establo”. Su escepticismo contrasta con el optimismo de quienes ven en las eléctricas una forma menos volátil de apostar por la IA, sin tener que adivinar qué fabricante de chips —como Nvidia— o desarrollador de software liderará la carrera.
Un operador anónimo demostró el miércoles cómo se capitaliza este rally: retiró sus fichas del ETF de servicios públicos de State Street con ganancias cercanas a los US$400.000. Había apostado, mediante opciones call, a que el fondo cerraría entre US$47 y US$52 en junio. La prima se disparó cuando el ETF rozó los US$46,50 la semana pasada, antes de corregir levemente. El volumen de opciones en este ETF se triplicó en enero, según datos de Bloomberg.
Pero no todo es especulación. Hay un cambio estructural: inversores que huyen de las valuaciones infladas del sector tech —donde empresas como Super Micro Computer cotizan a 80 veces sus ganancias— buscan refugio en sectores defensivos. “Si sales de las acciones de IA pero sigues creyendo en la tendencia, y el mercado gira hacia lo defensivo, las eléctricas son la opción obvia”, explicó Malek.
Ryan Levine, analista de Citigroup, va más allá: “Las eléctricas están del lado ganador”. No solo por los centros de datos, sino porque invertirán miles de millones en plantas y redes de transmisión —lo que se traduce en mayor capex (gasto de capital) y ganancias recurrentes—. “Gastarán dólares adicionales en infraestructura, así que se benefician del aumento del capex, a diferencia de otros sectores que podrían quedarse atrás”, afirmó. Levine destaca tres catalizadores:
- Mayor capex por IA: Los centros de datos requieren 5 veces más energía que un edificio de oficinas equivalente.
- Crecimiento de ganancias: Las eléctricas reguladas tienen márgenes garantizados por contratos a largo plazo.
- Tasas de interés más bajas: Reducen el costo de financiar mega-proyectos.
Tyler Richey, de Sevens Report, añade otro factor clave: la caída en los rendimientos de los bonos del Tesoro a largo plazo. “Los bonos recuperaron su rol de refugio durante la volatilidad reciente”, dijo. Como las eléctricas dependen de deuda para expandirse, menores tasas = menor costo de financiación. El rendimiento del bono a 10 años cayó un 15% desde octubre, abaratando los préstamos para proyectos energéticos.
Pero hay una advertencia: “Los próximos pasos del sector dependerán de lo que hagan los bonos del Tesoro”. Si las tasas vuelven a subir, el costo de financiar nuevas plantas podría ahogar el rally. En 2022, un alza del 2% en las tasas frenó en seco la expansión de Duke Energy, que pospuso inversiones por US$1.200 millones.
¿Estamos entonces ante una burbuja? Los datos sugieren que no del todo. La demanda de electricidad en EE.UU. crecerá un 4,7% anual hasta 2030 —el doble que en la última década—, según la Administración de Información Energética (EIA). Y el 90% de ese crecimiento vendrá de centros de datos y fábricas de chips. Las eléctricas no solo sobreviven a la IA: son su columna vertebral.
La pregunta no es si el sector seguirá creciendo, sino quién podrá satisfacer la demanda sin colapsar. Y, sobre todo, qué pasará cuando la IA deje de ser un lujo para convertirse en infraestructura crítica —como el agua o el gas— y los gobiernos tengan que intervenir para evitar apagones masivos. ¿Están preparadas las redes eléctricas actuales para un mundo donde cada búsqueda en internet, cada video generado y cada transacción financiera dependa de servidores que consumen energía como ciudades enteras?
El precedente de 2010: cuando el fracking reescribió las reglas (y las eléctricas se quedaron atrás)
El rally actual evoca el boom del fracking en 2010-2014, cuando la demanda de energía se disparó un 3,8% anual en EE.UU. por la revolución del gas no convencional. Entonces, como ahora, las eléctricas fueron vistas como proxy de un cambio tecnológico. Pero hay una diferencia clave: en 2012, empresas como Exelon (EXC) y FirstEnergy (FE) perdieron un 15% en seis meses pese al aumento del consumo. ¿La razón? Subestimaron la velocidad a la que los precios mayoristas de la electricidad caerían por el exceso de oferta de gas barato. Hoy, el riesgo no es el fracking, sino que los gigantes tech —como Amazon (AMZN)— construyan sus propias plantas solares o nucleares, como ya hicieron en 2023 con proyectos en Virginia (210 MW) y Ohio (380 MW).
En 2010, las eléctricas tradicionales asumieron que su rol como intermediarias era irremplazable. Pero cuando el precio spot de la electricidad en el PJM Interconnection (el mayor mercado mayorista de EE.UU.) se desplomó un 40% entre 2012 y 2015, sus márgenes se evaporaron. Hoy, el paralelo es inquietante: Microsoft ya negocia directamente con productores de energía renovable en Texas y Arizona, saltándose a las utilities. Según un informe de Wood Mackenzie, para 2027, el 20% de la demanda de centros de datos podría ser cubierta por power purchase agreements (PPAs) firmados por las propias tecnológicas, no por las eléctricas.
Otro dato que pocos recuerdan: en 2013, NRG Energy invirtió US$3.600 millones en plantas de ciclo combinado, convencida de que el gas barato sería su salvación. Pero cuando los precios del gas cayeron por debajo de US$2/MMBtu en 2016, sus ingresos por capacidad se redujeron un 22% en dos años. Hoy, el error sería apostar ciegamente por que los contratos con Meta o Microsoft son a prueba de balas. En 2021, Google canceló un acuerdo de US$600 millones con una utility de Carolina del Norte cuando encontró una opción más barata en energía eólica offshore.
La pregunta que nadie se atreve a hacer: ¿y si las eléctricas son el nuevo coal?
El carbón representaba el 50% de la generación eléctrica de EE.UU. en 2005. Para 2020, era menos del 20%. No fue por regulación (aunque ayudó), sino porque las utilities sobreinvirtieron en activos obsoletos mientras el mercado cambiaba bajo sus pies. Hoy, el capex en redes de transmisión que anunciaron empresas como NextEra asume que los centros de datos seguirán dependiendo de ellas. Pero si las tech logran lo que ya hicieron con los servidores on-premise —migrar a la nube y luego construir la suya—, las eléctricas podrían quedar con activos varados valorados en cientos de miles de millones. El aviso está en los libros de historia: en 2018, Pacific Gas and Electric (PCG) se declaró en bancarrota por US$51.000 millones en pasivos, en parte por apostar a un modelo que el mercado ya no necesitaba.