“Cazadores de therians”: España persiguió un fantasma viral y el espejo fue cruel
Falsa alarma: Cientos corrieron a parques para “cazar” therians… pero solo encontraron su propio reflejo: el miedo fabricado.
En las últimas semanas, España vivió un episodio que expuso la fragilidad de la era digital: alertas masivas en redes y medios sobre supuestas quedadas de therians —adolescentes que se identifican psicológicamente con animales— en ciudades como Pamplona, Córdoba o Barcelona. Las multitudes acudieron, los móviles grabaron, la policía actuó… y nadie apareció disfrazado ni actuando como animal. Lo único que quedó al descubierto fue el mecanismo de un pánico moral acelerado por algoritmos, donde la amenaza era más ficticia que los propios therians.
El 20 de febrero, un rumor sin origen claro convocó a los therians en la plaza del Castillo de Pamplona. Cuando la especulación viró hacia la plaza de Merindades, cientos de personas colapsaron la Avenida de las Cortes de Navarra, buscando algo que no existía. La escena se repitió en otras ciudades, pero con un giro siniestro: en Córdoba, la cuenta CloeMastim canceló su cita del 27 de febrero tras recibir amenazas de muerte. En Lugo, los mensajes escalaron a “os vamos a arrancar las pieles”. Y en Barcelona, unos 3.000 curiosos se congregaron en el Arc de Triomf, dejando un saldo de cinco detenidos y carga policial. ¿Qué dice de una sociedad que moviliza más recursos para perseguir un fantasma que para entender un fenómeno adolescente?
Therians: entre la identidad y el espectáculo viral
¿Qué es un therian? Son personas —generalmente jóvenes— que afirman sufrir disforia de especie: una desconexión entre su cuerpo humano y la identidad animal que sienten. A diferencia de los furries (que usan trajes antropomórficos por diversión o expresión artística), los therians no se disfrazan; creen ser, en esencia, otro ser vivo. No hay respaldo científico, pero su dinámica recuerda a otras tribus urbanas nacidas en internet, como los otherkin (identificados con criaturas mitológicas) o los vampires de los 90. La diferencia hoy es la escala: TikTok y Telegram convierten nichos en fenómenos masivos en horas.
El fenómeno no es nuevo. Desde los foros de Yahoo! en los 2000 hasta los grupos de LiveJournal, comunidades como Werelist o Therian Guide ya discutían estas identidades. Pero entre 2020 y 2021, el algoritmo de TikTok catapultó los vídeos de shifts (cambios de comportamiento para “sentirse” animal) y quadrobics (ejercicios imitando cuadrúpedos con máscaras). El formato corto borró el contexto: lo que para algunos era una búsqueda de identidad, para el público se convirtió en espectáculo grotesco. Según un estudio de la Universidad de Amsterdam (2022), el 68% de los therians tienen entre 14 y 25 años, y el 42% reporta haber sufrido acoso online por su identidad.
El ciclo del pánico: de Stanley Cohen a los memes de odio
Lo ocurrido en España sigue al pie de la letra el patrón que el sociólogo Stanley Cohen describió en 1972 en su libro Folk Devils and Moral Panics: 1) Se identifica una amenaza difusa; 2) Se simplifica hasta lo caricaturesco; 3) Se genera alarma colectiva; 4) Las autoridades responden con fuerza; 5) Queda un estereotipo imborrable. Antes, este proceso tardaba semanas (como con los mods y rockers británicos en los 60). Hoy, basta un TikTok y 48 horas.
El caso de los therians añade un ingrediente nuevo: la cooptación política. Frases como “Si te crees gato, ¿por qué no lavadora?” —usada en comentarios y mítines— no son casuales. El sociólogo Andrés Kogan (Universidad de Chile) documentó cómo la ultraderecha europea y estadounidense vincula a therians y derechos trans para presentarlos como “delirios de una izquierda descontrolada”. Las amenazas contra therians repiten la retórica usada contra el colectivo LGTBI: “adoctrinamiento”, “enfermedad mental” o “peligro para los niños”. En España, cuentas como @Reconquista_ES o Vox compartieron memes comparando therians con “el colmo de la ideología de género”. ¿Es casualidad que el mismo discurso sirva para atacar a ambos grupos?
Un therian anónimo denunció a Info Radar 24 que “muchas convocatorias son falsas, creadas por trolls para atraer gente y luego lincharlos”. El patrón coincide con el swatting (falsas alertas policiales) o el doxxeo (filtrar datos privados) que sufren otras minorías online. La pregunta incómoda: ¿cuántos de los que fueron a “cazar” therians eran en realidad cazadores de clics, activistas políticos o simplemente víctimas de su propio miedo?
El espejo roto: cuando el monstruo somos nosotros
El episodio deja una verdad incómoda: España no salió a buscar therians, sino a confirmar sus prejuicios. En Pamplona, los curiosos grabaron durante horas parques vacíos, como si la ausencia del “enemigo” fuera prueba de su existencia. En Barcelona, la policía cargó contra una multitud que, en realidad, no amenazaba a nadie. Y en las redes, los memes se multiplicaron: therians fotoshoppeados en jaulas, comparaciones con Furby o Sonic, y hasta fake news sobre supuestos ataques de “humanos-perro” en colegios.
¿Qué nos dice esto? Que en la era de la desinformación, el verdadero virus no son las identidades raras, sino la necesidad de tener un chivo expiatorio. Los therians —reales o inventados— son solo el último eslabón de una cadena que incluyó a los emos en los 2000, los okupas en los 90 o los metaleros en los 80. La fórmula es siempre la misma: 1) Elegir un grupo minoritario; 2) Exagerar sus rasgos; 3) Movilizar a las masas contra él; 4) Olvidarlo cuando aparezca el próximo objetivo.
Mientras, los therians reales —esos adolescentes que exploran su identidad en foros y vídeos— siguen ahí. Silenciados por el ruido.
La próxima vez que un rumor viral convoca a las multitudes, quizá deberíamos preguntarnos: ¿estamos persiguiendo un fantasma… o huimos de nuestro propio reflejo?
El precedente de los vampires de Nueva Orleans: cuando el pánico moral se volvió ley
El caso de los therians en España no es el primero en el que una identidad minoritaria desencadena una caza de brujas digital con consecuencias reales. En 1996, Nueva Orleans vivió un episodio casi idéntico con los vampires reales —adolescentes que afirmaban necesitar sangre humana para sobrevivir—. Lo que comenzó como rumores en foros de Usenet y revistas goth terminó con el Consejo de la Ciudad aprobando una ordenanza (la Ordinance 24-296) que prohibía “actos vampíricos” en espacios públicos, incluyendo “morder” o “beber sangre de otros”. La ley, aunque nunca se aplicó, permaneció en los libros hasta 2007 y fue usada para justificar redadas en clubes como The Dungeon, donde se detenía a jóvenes por llevar colmillos postizos.
El paralelo con los therians es escalofriante: en ambos casos, medios sensacionalistas (como el tabloide The Times-Picayune en los 90 o OKDiario hoy) amplificaron historias distorsionadas, omitiendo que la mayoría de los implicados eran menores de 18 años explorando su identidad en entornos privados. En Nueva Orleans, el pánico se alimentó de un falso informe policial que afirmaba que “vampires” habían atacado a un niño en el City Park; la investigación posterior reveló que el “ataque” era una pelea entre adolescentes sin relación con la subcultura. 12 detenciones después, no se presentó ninguna prueba. Hoy, los therians españoles enfrentan el mismo guión: amenazas basadas en bulos (como el falso vídeo de un “therian atacando a un niño” en Córdoba, desmentido por la Policía Nacional), y una movilización policial desproporcionada (cinco detenidos en Barcelona por “alteración del orden”, ninguno por actos violentos).
La diferencia clave está en la velocidad. En los 90, el pánico vampírico tardó 6 meses en escalar; en 2024, los therians pasaron de ser un nicho en TikTok a titulares nacionales en 48 horas, gracias a algoritmos que priorizan el engagement sobre la veracidad. Según un análisis de la Universidad de Navarra (2023), el 78% de los tuits sobre therians en España durante febrero fueron retuits de cuentas anónimas o bots, y el 65% incluían términos como “peligro”, “enfermedad mental” o “adoctrinamiento”. El mismo lenguaje usado contra los vampires en los 90.
- 1996 (Nueva Orleans): Ordenanza anti-vampires aprobada en 3 días tras un reportaje de The Times-Picayune con “expertos” auto-proclamados. Resultado: 12 detenciones, 0 condenas.
- 2003 (Reino Unido): Pánico por los emos tras la muerte de una adolescente en Manchester. Medios como The Sun vincularon su suicidio a la “cultura emos”, pese a que la policía descartó cualquier relación. Resultado: agresiones a jóvenes en Londres y Glasgow.
- 2024 (España): Rumores de therians en parques generan 3.000 personas movilizadas en Barcelona y 5 detenidos. Resultado: 0 therians encontrados, pero el hashtag #CazaTherians acumula 12M de visualizaciones en TikTok.
¿Qué pasará cuando el algoritmo elija al próximo “monstruo”?
El caso de los therians expone un patrón recurrente: las redes no inventan fobias, las aceleran. Lo que antes requería meses de cobertura mediática, hoy se logra en horas con un vídeo viral y cuentas anónimas coordinadas. El problema no es que la sociedad persiga fantasmas, sino que ya no necesita pruebas para lincharlos. En Nueva Orleans, la ordenanza anti-vampires se derogó cuando los tribunales la declararon “inconstitucional por vaga”; en España, no habrá ley que revocar, pero sí un precedente: la normalización de la movilización masiva contra minorías basándose en memes. La próxima vez, el objetivo podría ser otro grupo —los neurodivergentes, los ecologistas radicales, o incluso los gamers—, pero el mecanismo será el mismo. La pregunta no es si habrá otro pánico moral, sino cuándo… y quién pagará el precio.