Israel destruye búnker de Jamenei en Teherán: 50 cazas en misión relámpago
Golpe estratégico: Israel confirma la destrucción de un refugio subterráneo clave del ayatolá Jamenei en el centro de Teherán.
El Ejército israelí ha anunciado este viernes la destrucción de un refugio subterráneo secreto utilizado por el fallecido líder supremo de Irán, el ayatolá Alí Jamenei, durante una nueva oleada de ataques aéreos contra la capital iraní. La operación, calificada como “precisa y contundente”, se enmarca en la escalada de tensiones que ha sacudido Oriente Medio en las últimas semanas.
Las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) detallaron en un comunicado oficial que el objetivo, ubicado en lo que denominaron el “complejo de liderazgo” del régimen iraní, fue “neutralizado con éxito”. Según fuentes militares citadas en redes sociales, el ataque se ejecutó con la participación de al menos 50 cazas, lo que convierte esta incursión en una de las mayores operaciones aéreas israelíes en territorio enemigo desde la Guerra del Yom Kippur en 1973.
El refugio, descrito como un búnker de mando fortificado, estaba situado “en el corazón mismo de Teherán”, según el parte castrense. Hasta el momento, las autoridades iraníes guardan silencio sobre el ataque, una actitud inusual que ha generado especulaciones sobre el alcance real de los daños y posibles bajas no reportadas entre la cúpula del régimen.
Jamenei, quien gobernó Irán con puño de hierro desde 1989, murió el 28 de febrero en los primeros compases de la campaña de bombardeos coordinada entre Estados Unidos e Israel. En el mismo ataque que acabó con su vida, también perdieron la vida su esposa, Mansuré Jojasté Bagherzadé, así como una hija, una nieta y varios miembros de su círculo íntimo. Su muerte marcó un punto de inflexión en la estrategia militar iraní, que hasta entonces había evitado confrontaciones directas con potencias occidentales.
La ofensiva conjunta, que ha dejado un saldo de más de 1.200 muertos en Irán según cifras oficiales —aunque fuentes de inteligencia occidental elevan la cifra a más de 1.500—, ha diezmado a la élite política y militar del país. Entre las víctimas figuran tres ministros, incluyendo al titular de Defensa, y 12 altos mandos de la Guardia Revolucionaria. Como represalia, Irán ha desplegado una lluvia de misiles balísticos y drones contra objetivos israelíes y bases estadounidenses en Irak y Siria, intensificando el riesgo de un conflicto regional abierto.
Este ataque al búnker de Jamenei no es un hecho aislado: en abril de 2024, Israel ya había llevado a cabo una operación similar contra instalaciones nucleares iraníes en Natanz, donde destruyó centrifugadoras clave para el enriquecimiento de uranio. La diferencia ahora radica en el alto valor simbólico del objetivo: un refugio diseñado para proteger al líder supremo en caso de guerra, cuya existencia había sido negada repetidamente por Teherán.
¿Podría este golpe acelerar una respuesta iraní sin precedentes, o marca el inicio de una nueva fase en la guerra en la sombra que ambos países libran desde hace décadas?
El precedente de 1981: Cuando Israel bombardeó el reactor nuclear de Irak y redefinió la doctrina de ataques preventivos
La destrucción del búnker de Alí Jamenei en Teherán no es la primera vez que Israel ejecuta una operación de alta precisión en territorio enemigo para neutralizar una amenaza estratégica. El paralelo más cercano —y menos mencionado en el análisis actual— es el ataque al reactor nuclear iraquí de Osirak en 1981, una misión que reescribió las reglas de la guerra preventiva en Oriente Medio y cuyo eco resuena hoy con fuerza.
El 7 de junio de 1981, 14 cazas F-16 y F-15 de la Fuerza Aérea Israelí, escoltados por aviones de guerra electrónica, recorrieron 1.100 kilómetros en silencio de radio para bombardear el reactor Tammuz-1 (conocido como Osirak), ubicado a 17 km al sureste de Bagdad. La operación, bautizada como «Operación Babilonia», duró menos de dos minutos y dejó el reactor —construido con ayuda francesa y capaz de producir material para armas nucleares— reducido a escombros. Diez soldados iraquíes y un científico francés murieron en el ataque, que Israel justificó como una medida para evitar que Saddam Hussein desarrollara un arsenal atómico.
Las similitudes con el ataque actual son inquietantes:
- Objetivo simbólico y estratégico: En 1981, Israel destruyó un reactor que Bagdad negaba que tuviera fines militares; en 2024, ha arrasado un búnker que Teherán insistía en que no existía. Ambos eran nodos críticos para la supervivencia del régimen (el programa nuclear iraquí entonces; la cadena de mando iraní ahora).
- Respuesta internacional dividida: La ONU condenó el ataque a Osirak, pero EE.UU. vetó una resolución del Consejo de Seguridad que exigía sanciones a Israel. Hoy, Washington ha guardado un silencio cómplice sobre el bombardeo en Teherán, limitándose a llamar a la «contención».
- Efecto dominó regional: El ataque a Osirak aceleró la carrera armamentística de Irak, que luego usó armas químicas contra Irán en la guerra de los 80. Hoy, el riesgo es que Irán active sus proxies en Líbano (Hezbolá), Yemen (hutíes) y Siria para una represalia asimétrica.
Hay una diferencia clave: en 1981, Israel actuó en solitario y sin advertencia. En 2024, lo hace en coordinación táctica con EE.UU. (que proporcionó inteligencia y cobertura aérea) y tras meses de guerra encubierta con Irán, que incluye ciberataques, sabotajes y asesinatos selectivos. Esto sugiere que el ataque al búnker no es un golpe aislado, sino el prólogo de una campaña más amplia para degradar la capacidad de mando iraní.
¿Estamos ante un «Osirak 2.0» con consecuencias impredecibles?
El reactor de Osirak nunca se reconstruyó, pero Saddam Hussein sobrevivió al ataque y desató una década de violencia. Hoy, el ayatolá Ebrahim Raisi —sucesor de Jamenei— enfrenta un dilema: si responde con misiles contra ciudades israelíes, arriesga una guerra abierta que podría colapsar su economía (ya asfixiada por sanciones). Si no lo hace, proyectará debilidad ante su base más radical. La historia sugiere que Irán optará por lo segundo: ataques indirectos a través de milicias, como hizo tras el asesinato de Qasem Soleimani en 2020. Pero esta vez, el cálculo ha cambiado: Israel ha demostrado que puede golpear en el corazón de Teherán. La pregunta ya no es *si* habrá represalia, sino cuándo y dónde —y si EE.UU. estará dispuesto a absorber el costo de una escalada que podría arrastrarlo a un conflicto directo.