Mapa del estrecho de Ormuz con rutas de petróleo y tanques militares en alerta por tensión EE.UU.-Irán

Trump en la cuerda floja: guerra y paz en Irán con el petróleo en juego

Juego peligroso: Un mes de ofensiva en Irán deja a Trump equilibrando ultimátums bélicos con ofertas de diálogo, mientras el mundo contiene la respiración por el estrecho de Ormuz.

El conflicto en Irán cumple hoy 30 días desde que Estados Unidos e Israel lanzaran su ofensiva conjunta el 28 de febrero, una fecha que marcó el inicio de la crisis actual. En un giro que ha desconcertado a analistas y mercados, el presidente Donald Trump ha desplegado una estrategia de doble filo: por un lado, relanza la posibilidad de negociaciones para un acuerdo de paz; por otro, redobla las amenazas militares contra Teherán si rechaza el pacto. Mientras tanto, Israel no solo no frena sus ataques, sino que promete intensificarlos, incluso si Washington logra un entendimiento con Irán. Esta descoordinación entre aliados añade un nivel de incertidumbre sin precedentes en la región.

Esta dualidad entre presión bélica y apertura diplomática no es nueva en la historia de la política exterior estadounidense. Desde los días de la Guerra Fría, Washington ha combinado sanciones económicas, despliegues militares y ofertas de diálogo para forzar resultados a su favor. En el caso iraní, la tensión en torno al estrecho de Ormuz —por donde transita casi el 20% del petróleo mundialseguridad energética global. Según fuentes del Departamento de Estado, el objetivo último de Trump es evitar un conflicto prolongado que dispare los precios del crudo y afecte la economía interna de cara a las elecciones legislativas de noviembre, donde los republicanos buscan mantener el control del Congreso.

El primer ultimátum de Trump —48 horas para que Irán reabriera el paso de Ormuz o enfrentara ataques a sus centrales eléctricas— fue prorrogado primero a cinco días y luego extendido hasta el 6 de abril, una señal de que la Casa Blanca busca ganar tiempo para la diplomacia. Antes de viajar a Tennessee, el mandatario declaró: “Tienen mucho interés en llegar a un acuerdo. A nosotros también nos gustaría lograrlo”. Sin embargo, su condición es clara: cualquier pacto debe ser “bueno” y garantizar “no más guerras, ni más armas nucleares”. Estas palabras resumen la línea roja de Washington: el desmantelamiento total del programa nuclear iraní y la limitación de su arsenal de misiles balísticos, una demanda que va más allá del acuerdo nuclear de 2015 (JCPOA).

Irán, por su parte, ha negado rotundamente que existan negociaciones directas con Estados Unidos. Teherán calificó el anuncio de Trump como una “maniobra especulativa” para contener el precio del petróleo, que escaló a US$92 por barril a principios de semana, su nivel más alto desde 2022. Esta versión fue respaldada por analistas que recuerdan cómo, en 2019, Trump utilizó tácticas similares durante las tensiones comerciales con China, anunciando avances en las conversaciones para calmar a los mercados sin que hubiera acuerdos reales sobre la mesa.

La confusión inicial sobre los contactos dio paso a señales de mediaciones indirectas. Países como Pakistán, Omán y Turquía —que han actuado como puentes en crisis anteriores— comenzaron a mover fichas. El primer ministro paquistaní, Shehbaz Sharif, llamó al presidente iraní, Masud Pezeshkian, y se comprometió a desempeñar un “papel constructivo” para lograr la paz. Islamabad no solo ofreció acoger conversaciones, sino que confirmó días después la existencia de “conversaciones indirectas” entre Washington y Teherán, con Pakistán como intermediario. Este mecanismo de backchannel —el mismo que se usó durante las negociaciones del JCPOA en 2015— permite a ambas partes explorar acuerdos sin perder prestigio ante sus bases políticas.

Tanto Pakistán como Estados Unidos han dado forma a una propuesta de 15 puntos, descrita por el enviado especial de la Casa Blanca, Steve Witkoff, como “el marco para un acuerdo de paz”. Según Witkoff, la propuesta ha generado “conversaciones fuertes y positivas”, aunque no reveló detalles concretos. Lo que sí trascendió es que el plan incluye levantar sanciones internacionales a cambio de que Irán desmantele sus instalaciones nucleares y limite su arsenal de misiles balísticos. Estos puntos recuerdan al JCPOA, pero con condiciones más duras: ahora se exige también la limitación de misiles convencionales, algo que Teherán nunca había aceptado antes.

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Pese al tono conciliador de la Casa Blanca, el Pentágono no ha bajado la guardia. Funcionarios advirtieron que Irán debe aceptar un fin de la guerra “antes de que sea demasiado tarde”, mientras Trump mantenía la ambigüedad: “No sé si podremos hacerlo. Deberían haberlo hecho hace cuatro semanas o hace dos años”. Esta postura mantiene viva la amenaza de una escalada, especialmente después de que el Pentágono anunciara el despliegue de elementos paracaidistas en la región, una maniobra que Teherán interpretó como una señal de preparación para ataques mayores.

Irán, por su parte, ha minimizado sus mensajes públicos sobre los contactos. Altos cargos citados por agencias internacionales aseguran que Teherán considera “excesivas” las demandas iniciales de Washington. Sus contrapropuestas incluyen detener los ataques, establecer garantías de no repetición, exigir compensaciones económicas y extender el cese al fuego a todos los frentes, incluyendo los conflictos indirectos en Siria y Yemen. Además, Irán insiste en que la comunidad internacional reconozca su soberanía sobre el estrecho de Ormuz, una demanda que choca frontalmente con la propuesta de Trump de gestionar el paso de forma conjunta, algo que Teherán ve como una “intromisión inaceptable” en su territorio.

Israel: el aliado incómodo

Mientras Washington explora vías diplomáticas, Israel mantiene su propia agenda. El ministro de Defensa israelí, Israel Katz, adelantó que Tel Aviv “intensificará y expandirá” sus ataques contra Irán, incluso si EE. UU. logra un acuerdo. Esta desavenencia refleja una grieta estratégica: mientras Estados Unidos busca una salida negociada, Israel apuesta por debilitar permanentemente a su rival regional.

En los últimos días, Israel ha dado pasos concretos en esa dirección: asesinó al comandante de la Armada de la Guardia Revolucionaria iraní, Alireza Tangsiri, acusado de liderar el bloqueo naval en Ormuz, y lanzó ataques contra infraestructuras nucleares iraníes, en clara contradicción con la suspensión de bombardeos a centrales eléctricas anunciada por Trump. Esta táctica de targeted killings —empleada sistemáticamente desde 2020— busca degradar la capacidad de respuesta de Teherán y enviar un mensaje de que Israel no cejará en su campaña, independientemente de las negociaciones en curso.

La combinación de diplomacia y fuerza ha llevado el conflicto a un punto de inflexión. Europa, China y los países del Golfo han pedido una rebaja de la tensión y la vuelta a la normalidad en Ormuz, pero la desconfianza mutua y los intereses estratégicos opuestos hacen que cualquier acuerdo parezca frágil. Mientras tanto, el reloj avanza hacia el 6 de abril, la fecha límite que Trump ha marcado para decidir si la guerra entra en una fase diplomática o se recrudece. ¿Logrará la presión internacional evitar una escalada? O, por el contrario, ¿estamos al borde de un conflicto que podría redefinir el mapa energético global?

La estrategia de Trump: entre el garrote y la zanahoria

Un mes después del inicio de la ofensiva, la estrategia de Washington se ha convertido en un equilibrio imposible: presionar militarmente a Irán mientras se ofrecen incentivos diplomáticos. Trump ha dejado claro que cualquier acuerdo debe ser “bueno” y garantizar “no más guerras, ni más armas nucleares”, pero mantiene sobre la mesa la amenaza de extender los ultimátums si Teherán no cede. Esta dualidad, heredada de tácticas de la Guerra Fría, se despliega en un escenario donde el estrecho de Ormuz —clave para el 20% del suministro global de petróleo— actúa como un punto de presión económica.

¿Por qué Trump apuesta por esta combinación? La respuesta está en dos factores críticos: la estabilidad de los precios del crudo y la necesidad de evitar un conflicto prolongado que dañe la economía interna antes de las elecciones de medio término. Según datos de la Agencia Internacional de Energía (AIE), un cierre prolongado de Ormuz podría disparar el precio del petróleo a US$120 por barril, un escenario que golpearía a los consumidores estadounidenses y afectaría las perspectivas electorales republicanas.

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La propuesta de 15 puntos presentada por el enviado especial Steve Witkoff incluye el levantamiento de sanciones a cambio del desmantelamiento nuclear y la limitación de misiles, pero con una novedad: ahora se exigen restricciones también sobre misiles convencionales, algo que Irán nunca ha aceptado. La extensión del ultimátum hasta el 6 de abril10 días más de los inicialmente previstos— refleja la intención de Washington de presionar sin cerrar la puerta a la diplomacia. Sin embargo, la historia reciente sugiere que estos procesos suelen requerir al menos tres rondas de negociación antes de consolidarse, según un informe del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS).

Factores clave que definirán el éxito o el fracaso

  • Coherencia entre aliados: Israel sigue prometiendo intensificar ataques, lo que debilita la credibilidad del mensaje de paz de EE. UU. y aumenta el riesgo de una escalada no controlada.
  • Canales de backchannel: Pakistán, Omán y Turquía actúan como mediadores indirectos, facilitando conversaciones sin que ninguna parte pierda prestigio interno. Estos países han sido clave en crisis anteriores, como durante las negociaciones del JCPOA en 2015.
  • Presión sobre Ormuz: El control del estrecho es una herramienta de negociación que afecta directamente a los mercados energéticos. Un bloqueo prolongado podría desencadenar una crisis económica global.
  • Respuesta interna en Irán: La negativa oficial a negociaciones directas y la percepción de que se trata de una maniobra electoral de Trump reducen la disposición de Teherán a ceder. Además, el régimen iraní enfrenta protestas internas por la crisis económica, lo que limita su margen de maniobra.
  • El factor tiempo: El ultimátum del 6 de abril coincide con el inicio de la campaña electoral en Irán, donde las facciones más duras podrían usar cualquier concesión como argumento para desestabilizar al gobierno de Pezeshkian.

Tres escenarios posibles

Los expertos dividen los desenlaces probables en tres líneas:

  1. Acuerdo frágil: Irán acepta la propuesta, se levantan sanciones y se establece un nuevo marco de control nuclear. Esto estabilizaría los precios del petróleo y reduciría la presencia militar estadounidense en la región, pero dejaría sin resolver tensiones subyacentes, como el programa de misiles de Teherán.
  2. Escalada controlada: La falta de consenso entre EE. UU. e Israel lleva a un aumento de los ataques, provocando una crisis humanitaria y un salto del petróleo a US$110-120 por barril. Este escenario podría arrastrar a otros actores regionales, como Arabia Saudita o los Emiratos Árabes Unidos.
  3. Alto el fuego temporal: La presión internacional obliga a un cese de hostilidades, pero sin resolver las cuestiones nucleares. La zona quedaría en un estado de tensión latente, similar a lo ocurrido entre 2016 y 2018, cuando el JCPOA estuvo vigente pero con violaciones recurrentes.

La comunidad internacional, incluyendo a la Unión Europea, China y los países del Golfo Pérsico, ha pedido una reducción de la tensión. Sin embargo, la desconfianza mutua y los intereses estratégicos opuestos —especialmente la rivalidad entre Israel e Irán— hacen que cualquier acuerdo sea extremadamente frágil. Según un informe del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, la falta de una postura unificada entre Washington y Tel Aviv podría ser el factor decisivo que lleve el conflicto hacia una guerra prolongada o hacia una solución negociada.

¿Podrá Trump evitar que el fuego se salga de control? La respuesta dependerá de si logran alinear a sus aliados, si los mediadores regionales consiguen avanzar en las conversaciones indirectas y, sobre todo, de si Irán está dispuesto a ceder en temas que considera “líneas rojas”, como su soberanía sobre Ormuz y su programa de misiles. Lo único cierto es que, con cada día que pasa, el riesgo de un error de cálculo que desate una guerra abierta aumenta. ¿Estamos ante el último intento de diplomacia antes del abismo?

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El precedente de 2019: cuando Trump usó la diplomacia como cortina de humo para calmar los mercados

La estrategia actual de Donald Trump —combinar ultimátums bélicos con señales de apertura diplomática— no es nueva, y su ejecución en 2019 durante la guerra comercial con China ofrece un patrón revelador. En mayo de ese año, mientras los aranceles del 25% a importaciones chinas por valor de $200.000 millones asfixiaban a las bolsas globales, Trump anunció tres rondas de conversaciones secretas en menos de dos meses. Los mercados reaccionaron con alivio: el Dow Jones repuntó un 6% en una semana, y el precio del petróleo (entonces en $62 por barril) se estabilizó. Sin embargo, no hubo avances reales. Las negociaciones se estrellaron en agosto, los aranceles se extendieron a $300.000 millones en productos chinos, y el S&P 500 cayó un 4,5% en 48 horas. El paralelo con Irán es inquietante: en ambos casos, Trump usó el teatro diplomático para ganar tiempo y contener el pánico económico, sin ceder en sus demandas de fondo.

El mecanismo es idéntico al desplegado hoy: 1) Anunciar contactos indirectos (en 2019, a través de intermediarios como el entonces secretario del Tesoro, Steven Mnuchin; ahora, con Pakistán y Omán). 2) Extender plazos (entonces, pospuso aranceles del 1 de marzo al 1 de junio; ahora, alargó el ultimátum de 48 horas a 10 días). 3) Atribuir la falta de progreso a la contraparte (China fue acusada de “retrasar” las talks; Irán, de hacer “maniobras especulativas”). La diferencia crítica radica en el riesgo geopolítico: en 2019, el conflicto era comercial; hoy, una escalada podría cortar el 20% del suministro global de petróleo y arrastrar a actores como Israel, Arabia Saudita o Rusia a un conflicto directo. Según un análisis del Peterson Institute for International Economics, la estrategia de Trump en 2019 costó a EE.UU. $30.000 millones en pérdida de crecimiento anual. ¿Cuál sería el precio de un error de cálculo con Irán?

Otros dos precedentes refuerzan el escepticismo:

  • Corea del Norte (2018-2019): Trump organizó dos cumbres con Kim Jong-un (Singapur y Hanoi), prometió un “acuerdo histórico”, y finalmente no se firmó nada. El régimen norcoreano continuó desarrollando misiles, y hoy posee armas capaces de alcanzar EE.UU., según la Agencia de Inteligencia de Defensa. La lección: los regímenes bajo sanciones usan las negociaciones para ganar tiempo y dividir a sus enemigos.
  • Afganistán (2020): El acuerdo de Doha con los talibanes, negociado por el enviado Zalmay Khalilzad, incluía la retirada de tropas estadounidenses a cambio de garantías de seguridad. Tres años después, los talibanes tomaron Kabul, y el Pentágono admitió que el pacto fue “un error estratégico”. El paralelo: Irán ha incumplido acuerdos previos (como el JCPOA) cuando las sanciones se relajaron.

¿Repetirá Irán el guión de Pekín y Pyongyang?

Teherán ha estudiado estos casos. Su respuesta hasta ahora —negociar indirectamente, pero sin ceder en “líneas rojas” como Ormuz o los misiles— sigue el manual de China y Corea del Norte: usar la diplomacia para aliviar presión económica, sin renunciar a capacidades estratégicas. La pregunta clave no es si Trump quiere un acuerdo (los datos históricos sugieren que prefiere gestos mediáticos a soluciones reales), sino si Irán necesita uno. Con el petróleo a $92 (un 30% más que en febrero) y las reservas de divisas en mínimos desde 2018, el régimen de Pezeshkian enfrenta un dilema: ceder y arriesgarse a protestas internas (como en 2019 y 2022), o resistir y enfrentar un colapso económico. La variable imprevista es Israel: en 2019 y 2020, sus ataques a objetivos iraníes en Siria fueron limitados y denegables; ahora, con el asesinato de Alireza Tangsiri (el hombre fuerte de Ormuz), ha cruzado una línea. Si Trump no frena a Netanyahu, el 6 de abril podría marcar el inicio de una guerra que ni siquiera el “arte del trato” podrá contener.

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