Israel desafía a Trump: “Atacaremos Líbano, pacto con Irán o no”
Línea roja trazada: Israel alerta a EE.UU. que actuará en Líbano sin importar un posible acuerdo nuclear con Teherán, con Hezbolá acumulando 150.000 cohetes en la frontera.

El Gobierno israelí comunicó oficialmente al entonces presidente Donald Trump en 2020 que mantendría su “libertad operativa total” en Líbano, incluso si Washington lograba un nuevo pacto nuclear con Irán. Fuentes en Jerusalén calificaron el mensaje como “directo y sin matices”, subrayando el peligro inmediato que representa Hezbolá —brazo armado de Teherán—, cuyo arsenal de 150.000 proyectiles (según inteligencia israelí) amenaza con desestabilizar la región. Este movimiento refleja la desconfianza histórica de Israel hacia los acuerdos que, en su visión, solo “congelan” el programa nuclear iraní sin eliminarlo.
El primer ministro Benjamin Netanyahu reveló este domingo detalles de su llamada con Trump, realizada horas antes. Según su versión, el mandatario estadounidense reconoció “el derecho israelí a defenderse”, “incluyendo Líbano” —donde Hezbolá actúa como un Estado paralelo. Sin embargo, fuentes oficiales confirmaron a CBS News que Jerusalén dejó “claro” que no aceptará limitaciones en sus operaciones, ya sean preventivas o de respuesta, para “proteger a su población”. ¿Podría este enfrentamiento verbal desencadenar una guerra que arrastre a Oriente Medio?
El contexto es explosivo: en 2020, Irán y Hezbolá ya habían intensificado maniobras conjuntas cerca de la frontera israelí, incluyendo simulacros con misiles de alta precisión. Además, tras la salida de EE.UU. del acuerdo nuclear (JCPOA) en 2018, Teherán reactivó su enriquecimiento de uranio hasta niveles cercanos al grado militar (60%), según la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA). Netanyahu ya había advertido en 2018, durante un discurso en la ONU, sobre un “programa nuclear encubierto” iraní, basado en documentos supuestamente robados. ¿Repetirá la historia sus errores con un nuevo pacto?
2006: La guerra que redefinió el conflicto y que Israel podría repetir
La advertencia a Trump no es retórica. Tiene un precedente sangriento: la Guerra de Líbano de 2006, un conflicto de 34 días desencadenado por un ataque de Hezbolá a una patrulla israelí, donde secuestró a dos soldados. La respuesta de Jerusalén —ofensiva aérea y terrestre— dejó 1.200 libaneses muertos (mayoritariamente civiles, según la ONU), 165 israelíes (43 civiles por cohetes) y un millón de desplazados. Pero el verdadero cambio fue estratégico: por primera vez, un grupo no estatal (Hezbolá) resistió semanas a un ejército convencional, usando guerra de guerrillas urbana y misiles de corto alcance.
Lo que pocos recuerdan es que Israel ignoró las peticiones de EE.UU. (bajo George W. Bush) para moderar su respuesta. La entonces secretaria de Estado, Condoleezza Rice, llegó a describir el conflicto como los “dolores de parto de un nuevo Oriente Medio” —una frase que hoy suena profética—. La realidad fue más dura: Hezbolá lanzó 4.000 cohetes (récord en ese momento) y dañó el 80% de la infraestructura civil del norte de Israel, según el Instituto para la Seguridad Nacional (INSS). Tras la guerra, Hezbolá emergió políticamente reforzado: en 2008, sus milicianos tomaron Beirut en 72 horas, demostrando que su poder trascendía lo militar. Hoy, con 150.000 cohetes —10 veces más que en 2006—, su capacidad es letal.
Hay otro dato clave: en 2013, Israel bombardeó un convoy cerca de Damasco que transportaba misiles Fateh-110 (de precisión iraní) para Hezbolá. Fue un ataque quirúrgico no declarado, pero el mensaje fue claro: Jerusalén no tolerará transferencias de armamento avanzado. Desde entonces, ha ejecutado más de 200 incursiones aéreas en Siria (según el Observatorio Sirio de Derechos Humanos), la mayoría contra objetivos iraníes o de Hezbolá. ¿Podría Líbano —un país en quiebra económica (PIB cayó un 40% desde 2019) y con un gobierno paralizado— ser el escenario de una escalada aún más violenta?
¿Una guerra de alta intensidad en 2024?
La diferencia entre 2006 y 2024 no es solo la cantidad de cohetes, sino su precisión y alcance. Hezbolá ya ha probado misiles capaces de alcanzar Tel Aviv desde el sur de Líbano, y Teherán ha desplegado drones Shahed-136 (los mismos usados en Ucrania). Si Israel actúa, no será una “operación limitada”: será una guerra de alta intensidad contra un enemigo con apoyo logístico directo de Irán. A diferencia de 2006 —cuando EE.UU. respaldó a Israel—, hoy Washington está dividida: entre quienes ven a Teherán como un aliado táctico (para estabilizar Irak o contener a China) y quienes, como Netanyahu, lo consideran una amenaza existencial. Con el reloj en cuenta regresiva, ¿cuánto tardará Hezbolá en cruzar la línea roja de Israel?
El juego de Irán: cómo Teherán usa a Hezbolá como escudo y arma contra Israel
Mientras Israel advierte a EE.UU. sobre su disposición a atacar Líbano, Teherán ejecuta una estrategia calculada: convertir a Hezbolá en un actor híbrido —milicia, partido político y Estado dentro del Estado— que le permita proyectar poder sin asumir responsabilidad directa. Este modelo no es nuevo, pero su escala actual sí lo es. Según un informe de 2023 del Centro Internacional para el Estudio del Radicalismo (ICSR), Irán destina anualmente entre 700 y 1.000 millones de dólares a Hezbolá, financiación que se traduce en salarios para combatientes (unos 1.200 dólares mensuales por miliciano, según fuentes de inteligencia occidental), entrenamiento en bases iraníes como Imam Ali en Siria y, sobre todo, en el suministro de armamento de precisión.
El antecedente más revelador ocurrió en abril de 2018, cuando Israel lanzó la Operación Casa de Tarjetas, un ataque aéreo masivo contra 50 objetivos iraníes en Siria, incluyendo almacenes de misiles y sistemas de defensa aérea. Lo inédito fue la respuesta: por primera vez, Irán lanzó directamente 20 cohetes Fajr-5 desde Siria hacia los Altos del Golán, en lugar de delegar el ataque a Hezbolá. El mensaje era claro: Teherán puede escalar sin intermediarios. Sin embargo, el contraataque israelí —que destruyó el 70% de la infraestructura militar iraní en Siria, según el Instituto para la Guerra de Washington— demostró los límites de esta estrategia. Desde entonces, Irán ha optado por reforzar a Hezbolá como su brazo ejecutor, evitando confrontaciones directas que podrían arrastrarlo a una guerra abierta.
Pero hay un dato aún más preocupante: en noviembre de 2023, Hezbolá desplegó por primera vez el misil Almas (versión mejorada del Fateh-110 iraní), con un margen de error de menos de 10 metros y un alcance de 500 km, suficiente para alcanzar cualquier punto de Israel. Según el general (ret.) Amos Yadlin, exjefe de inteligencia militar israelí, este armamento “cambia las reglas del juego”: “Ya no se trata de saturar con cohetes, sino de capacidad para destruir infraestructuras críticas como plantas desalinizadoras o centrales eléctricas”. La pregunta clave es si Irán está dispuesto a arriesgar su inversión en Hezbolá —38 años de construcción de influencia— en una guerra que podría dejar a la milicia diezmada, como ocurrió con Hamás en Gaza tras 2014, cuando perdió el 40% de su capacidad de combate en solo 50 días.
¿Está Irán dispuesto a quemar a Hezbolá?
La paradoja es que, mientras Israel amenaza con actuar, Irán necesita a Hezbolá intacto para otros frentes: desde apoyar al régimen de Assad en Siria hasta presionar a Arabia Saudí en Yemen a través de los hutíes. Un conflicto total en Líbano podría forzar a Teherán a elegir entre salvar a su proxy libanés o proteger sus intereses en Siria e Irak, donde su influencia es más estratégica. El precedente de 2013 —cuando Irán no respondió a los ataques israelíes en Siria para evitar una escalada— sugiere que Teherán podría sacrificar partes de Hezbolá antes que arriesgar su proyecto regional. Pero esta vez, con 150.000 cohetes apuntando a Israel y un Líbano en colapso económico, el cálculo es distinto: ¿cuánto está dispuesto a apostar el régimen de los ayatolás por una victoria que podría convertirse en su mayor derrota?