“No venimos a hacer política”: De Paul rompe el silencio ante el vestuario dividido
Fractura en la Scaloneta: El mediocampista desmintió rumores de división y pidió unidad absoluta rumbo al Mundial.
Tras la goleada 5 a 0 sobre Zambia, Rodrigo De Paul cortó de raíz las versiones sobre un vestuario fracturado en la selección argentina. Con un mensaje contundente —“No venimos a hacer política”—, el jugador del Inter Miami desmintió los rumores que lo vinculaban a una supuesta pelea con sus compañeros por su cercanía con Claudio “Chiqui” Tapia, presidente de la AFA y actualmente procesado por la Justicia. “Queremos que nos juzguen por lo que hacemos adentro de la cancha“, sentenció, dejando en claro que el objetivo es defender la camiseta, no tomar partido en controversias institucionales.
Las especulaciones se dispararon en las últimas horas, cuando medios y redes sociales difundieron que De Paul habría propuesto usar camisetas de apoyo a Tapia durante el partido, iniciativa que —según las versiones— habría sido rechazada por parte del plantel. El contexto se agravó cuando Lionel Scaloni decidió dejarlo fuera del once inicial ante Zambia, una decisión que alimentó las teorías sobre tensiones internas. Sin embargo, el mediocampista zanjó el tema con una declaración en la zona mixta: “Somos jugadores de fútbol, no políticos. Nos damos cuenta de que a veces se mezclan las cosas, pero nuestro foco está en otro lado”.
Con la mira puesta en el Mundial 2026, De Paul lanzó un llamado a la unidad que trascendió el vestuario: “Ser campeón del mundo es difícil; serlo dos veces, aún más. Todo el país tiene que estar más junto que nunca”. Sus palabras resonaron como un guante de desafío a los críticos, pero también como un recordatorio de que la Scaloneta —campeona en Qatar 2022— necesita repetir la hazaña con el mismo espíritu colectivo. “El poquito que nos faltaba en 2022 nos lo dio la gente“, recordó, subrayando que, sin el apoyo masivo, el título no habría sido posible.
El mediocampista también analizó el rendimiento irregular del equipo en el amistoso previo contra Mauritania (victoria ajustada por 2 a 1), donde la selección mostró falencias que preocuparon a la afición. “Somos seres humanos y podemos tener un mal día, pero el equipo siempre mostró regularidad. Eso es con lo que tienen que quedarse todos”, explicó. Sin embargo, admitió que el nivel debe mejorar: “Muchos tendremos que levantar el rendimiento, porque la camiseta y un país tan futbolero como el nuestro lo exigen”.
Otro foco de rumores apuntaba a un supuesto enfrentamiento con Scaloni por su bajo rendimiento, pero De Paul lo desmintió: “Charlamos un montón. Somos los primeros a los que no nos gustó cómo jugamos el otro día”. Además, reveló que Lionel Messi —figura máxima del equipo— intervino para reforzar la unidad: “Habló con nosotros, dio su punto de vista y lo entendimos perfectamente. Hoy las cosas salieron mejor”, dijo, en referencia al contundente triunfo ante Zambia.
Mientras el plantel intenta cerrar filas, Tapia no se quedó atrás. En plena tormenta judicial, el dirigente publicó una foto junto a Messi y De Paul con un mensaje desafiante: “Vamos con todo“. La imagen, cargada de simbolismo, llegó en un momento en que la AFA enfrenta denuncias por presunto enriquecimiento ilícito y malversación de fondos, un escándalo que ya le costó el procesamiento a su máximo referente. Sin embargo, ni los jugadores ni el cuerpo técnico han querido pronunciarse al respecto, manteniendo el discurso en lo deportivo.
¿Podrá la selección argentina repetir el milagro de Qatar si las sombras institucionales siguen planeando sobre el vestuario? La respuesta, según De Paul, depende de un solo factor: “Estar todos juntos, como en 2022″.
El precedente de 2018: cuando la política fracturó a la selección y el costo fue el Mundial
La declaración de Rodrigo De Paul —“No venimos a hacer política”— resuena con eco histórico en la selección argentina. No es la primera vez que las tensiones institucionales amenazan con dividir un vestuario en año de Copa del Mundo. En 2018, un conflicto similar entre jugadores, cuerpo técnico y la AFA derivó en una de las peores actuaciones albicelestes en un Mundial: eliminación en octavos ante Francia (4-3), con un equipo desdibujado y un clima interno tóxico. El paralelo con la situación actual es inevitable.
El detonante en Rusia 2018 fue la polémica por los bonos millonarios prometidos a los jugadores —un acuerdo oral entre la AFA y los futbolistas que nunca se plasmó en un contrato—. Cuando la selección aterrizó en el país anfitrión, el entonces presidente de la AFA, Claudio Tapia (el mismo que hoy enfrenta procesamiento judicial), incumplió el pago de 200.000 dólares por jugador que había prometido por clasificación. La respuesta fue inmediata: Lionel Messi y otros referentes, como Javier Mascherano, amenazaron con boicotear un entrenamiento en Bronnitsy. La crisis se saldó con un pago parcial de 50.000 dólares por cabeza, pero el daño ya estaba hecho. Según reveló luego el periodista Diego Borinsky en TyC Sports, el vestuario quedó dividido entre quienes apoyaban negociar con la AFA y quienes, como Sergio Agüero, exigían radicalizar las medidas. El resultado deportivo fue desastroso: Argentina apenas empató con Islandia (1-1), perdió contra Croacia (0-3) y solo clasificó a octavos por los pelos, tras ganar a Nigeria (2-1) con un gol de Marcos Rojo al 86’.
Hoy, el escenario repite patrones preocupantes. En 2018, la figura de Jorge Sampaoli —el DT— quedó debilitada por su incapacidad para manejar el conflicto, algo que Scaloni parece estar evitando con diálogos directos, como los que mencionó De Paul. Pero hay una diferencia clave: en Qatar 2022, el equipo llegó con un bloque sólido y sin ruidos externos. La pregunta ahora es si la Scaloneta podrá aislarse del escándalo que rodea a Tapia —acusado de malversar 12 millones de dólares en fondos de la AFA, según la causa judicial iniciada en abril de 2024— o si, como en 2018, la política terminará pasándoles factura en la cancha.
2026: ¿Repetición de la historia o lección aprendida?
El antecedente de 2018 demuestra que, en la selección argentina, las grietas institucionales se pagan con goles. De Paul tiene razón en un punto: el foco debe estar en lo deportivo. Pero la historia también enseña que, cuando los jugadores se ven obligados a elegir bando —ya sea con Tapia, con Scaloni o entre ellos—, el rendimiento se resiente. El 21 de noviembre de 2026, fecha del debut argentino en el Mundial, está a menos de 900 días. El tiempo dirá si esta vez el vestuario logró blindarse… o si, otra vez, la política les ganó el partido antes de pisar el campo.