mié. Jun 24th, 2026
María de Lourdes Valencia y el grupo La Tolita tocando marimba esmeraldeña en París

Marimba y resistencia afroecuatoriana en Paris: la lucha de Maria de Lourdes Valencia

Raíces en movimiento: María de Lourdes Valencia transforma la nostalgia de la diáspora en herramientas de emprendimiento e inclusión en París.

La Tolita: más que cultura, una red de vida

María de Lourdes Valencia, fundadora de la Asociación La Tolita de París, posando con vestimenta tradicional afroecuatoriana

En el corazón de la capital francesa, la Asociación La Tolita preserva el latido de la marimba esmeraldeña, la gastronomía ancestral y los saberes comunitarios de Ecuador. Detrás de este refugio cultural está Valencia, trabajadora social que lidera una red de apoyo comunitario. Lo que comenzó en 2002 como un grupo de bailes tradicionales se ha convertido en un espacio de contención psicológica, profesional y cultural para migrantes ecuatorianos y latinoamericanos.

En este contexto, la marimba no es solo música: es un puente entre el desarraigo y la identidad. La pregunta inmediata es cómo estas iniciativas logran mantener viva una cultura a miles de kilómetros de su origen.

Valencia nació en una familia donde la música era el lenguaje cotidiano: su padre, guitarrista; su madre, Elis María Lerma, pionera al crear la primera escuela de marimba en Esmeraldas, antes que surgieran grupos como Jolgorio o Petita Palma. Este linaje no solo le dio herramientas artísticas, sino una misión: llevar el legado afroecuatoriano más allá de las fronteras.

Llegó a París hace 26 años para estudiar una maestría en Trabajo Social, con experiencia docente pero sin dominar el francés. “Nunca había estudiado francés”, confiesa, pero su formación pedagógica le permitió autoeducarse. “Comencé a autoprepararme, a autoeducarme en el francés. Lo primero que hice fue aprender a leerlo, aprender a contar los números”. El desafío era enorme: en su entorno, el español era la única lengua.

Piel de Tambores: el germen de una comunidad

Integrantes del grupo Piel de Tambores en una presentación cultural en París
María de Lourdes Valencia, fundadora de la Asociación La Tolita de París, Francia.Cortesía de María de Lourdes Valencia

Su primer anclaje social fue una iglesia española en el distrito 16 de París, un espacio multicultural donde convivían latinoamericanos y franceses. Allí, tras una invitación a compartir su cultura en un evento dominical, Valencia presentó la marimba que llevaba en la sangre. “Siendo maestra de baile, siendo bailarina desde los cuatro años, me presenté”, recuerda.

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El éxito fue inmediato. “Yo vengo de una familia con valores y también aportando la cultura de mi pueblo”, dice. Tras pedir permiso a las monjas, nació Piel de Tambores, su primer grupo, hacia el año 2000. Lo integraron mujeres de la misa y luego se sumaron franceses, mexicanos, antillanos y ecuatorianos de otras regiones. Sus tres hijos —dos graduados en Bellas Artes y una cantante— también se unieron.

Lo que esto significa es que la cultura no solo une, sino que crea comunidades donde antes no había más que individualidades dispersas.

De la tradición al amparo legal

Documento de constitución legal de la Asociación La Tolita en Francia
Presentación del grupo de baile de la Asociación La Tolita en París, Francia.Cortesía de María de Lourdes Valencia

En 2002, La Tolita se formalizó como asociación para proteger a sus integrantes, especialmente en caso de lesiones durante presentaciones. En Francia, las asociaciones civiles son un pilar social: hasta 2024, el país albergaba 1,5 millones de asociaciones activas con más de 12,5 millones de voluntarios y 1,9 millones de asalariados.

El nombre La Tolita no es casual. Valencia lo eligió por su conexión con Esmeraldas y la cultura Tumaco-Tolita, una corriente ancestral que abarca desde Tumaco (Colombia) hasta Manta (Ecuador). “Mi familia viene de esa región, en el cantón Río Verde”, explica. Además, su familia conserva el Museo San Rafael, un espacio dedicado al arte precolombino de la cultura La Tolita en la playa África.

Más allá del hecho puntual de la creación de la asociación, este nombre simboliza la resistencia de una identidad que trasciende fronteras.

Talleres y diplomacia: el camino al autoempleo

Hoy, La Tolita va más allá de la preservación cultural. A través de talleres autogestionados de costura, pintura al óleo y proyectos gastronómicos —en colaboración con la embajada ecuatoriana en París—, la asociación canaliza la nostalgia del desarraigo hacia la capacitación técnica y el emprendimiento. Estas actividades son herramientas concretas para que los migrantes generen ingresos y se inserten en el mercado laboral francés.

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La implicación inmediata es clara: cuando la cultura se vincula con el autoempleo, el migrante deja de ser un sujeto pasivo para convertirse en agente de su propia integración.

El choque con los prejuicios eurocéntricos

María de Lourdes Valencia con vestuario tradicional durante un festival en París
Presentación del grupo de baile de Asociación La Tolita en el teatro de la ciudad de Fontenay-le-Fleury, Francia.Cortesía de María de Lourdes Valencia

Pero el camino no es fácil. Valencia ha enfrentado el eurocentrismo que reduce las expresiones culturales latinas a mero “folclore”. En festivales franceses, los trajes tradicionales afroecuatorianos son tachados de “disfraces”, como si fueran vestuarios para un espectáculo. “La danza clásica es en Europa”, subraya. “Cuando nosotros bailamos y nos vestimos con nuestros atuendos de identidad cultural, nos dicen aquí que nos disfrazamos, pero nosotros no nos disfrazamos. Manifestamos nuestra identidad cultural”.

En este contexto, el desafío no es solo preservar la cultura, sino defender su dignidad en un entorno que a menudo la minimiza.

Desmitificando el “sueño europeo”

Taller de capacitación organizado por La Tolita para migrantes ecuatorianos
El grupo de baile de la Asociación La Tolita de París representando a Ecuador en el Festival de Folclore de Montrejeau, Francia.Cortesía de María de Lourdes Valencia

Valencia, con su experiencia en trabajo social, advierte sobre las duras realidades detrás del idealizado “sueño europeo”. La frustración, la depresión y la precariedad económica acechan a quienes emigran sin planificación. Las redes sociales muestran solo el éxito, pero ocultan a profesionales que terminan en la informalidad por las barreras burocráticas e idiomáticas.

En Francia, incluso empleos tradicionales como la limpieza o el cuidado de adultos mayores están altamente regulados, exigiendo formación técnica y estatus legal. Por ello, insiste en que emigrar requiere preparación. “Los jóvenes que tienen ilusión de venir acá que sea directamente con una visa de estudio. Que traigan un propósito”, recomienda. Con una visa de estudio, pueden trabajar 20 horas semanales. “Si son jóvenes de 17, 18 años que recién tienen su bachillerato, venir a continuar su formación, pero aventurarse sin plan y sin red de apoyo es un boleto casi seguro a la exclusión social”.

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La lección es contundente: la migración no es un salto al vacío, sino un proceso que exige estrategia y resiliencia.

A más de dos décadas de aquel primer encuentro parroquial, La Tolita demuestra que el arraigo no se pierde con la distancia, sino que se transforma en un motor de autogestión. Al conectar los saberes de Esmeraldas con el mercado laboral francés, la labor de Valencia trasciende lo artístico: es una guía para navegar la migración y la prueba de que una comunidad puede proteger a los suyos, un taller y un golpe de tambor a la vez.

¿Puede la cultura ser el salvavidas que evite que los migrantes se ahoguen en la precariedad?

El poder transformador de la cultura como herramienta de integración

La experiencia de María de Lourdes Valencia demuestra que la cultura no es solo un legado, sino un mecanismo de supervivencia y empoderamiento en la diáspora.

En este contexto, la marimba y los talleres de La Tolita no son meras expresiones artísticas, sino estrategias concretas para romper el aislamiento. Lo que esto significa es que, al convertir la nostalgia en emprendimiento, los migrantes encuentran un camino para validar su identidad en un entorno que a menudo los invisibiliza. La cultura, aquí, se transforma en un acto de resistencia política y económica.

La implicación inmediata es que este modelo podría replicarse en otras comunidades migrantes. Cuando el arte y la tradición se vinculan con la capacitación técnica, se crea un círculo virtuoso: la autoestima se fortalece, las redes de apoyo se consolidan y la integración deja de ser un proceso pasivo.

  • La música como puente generacional y comunitario.
  • Los talleres como herramientas de autoempleo y dignificación.
  • La asociación como escudo legal y social.

El reto pendiente

¿Logrará este enfoque cultural inspirar políticas públicas que reconozcan el valor de la diversidad más allá del folclore? La respuesta definirá si la migración puede ser, al fin, un acto de enriquecimiento mutuo.

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