Technicolor: del color que revolucionó el cine a su colapso en 2025
Adiós a un gigante: El Technicolor, pionero del color en el cine, cerró sus puertas en 2025 tras 113 años de historia.
En 1939, cuando Dorothy cruza la puerta hacia el País de Oz en *El mago de Oz*, el cine cambió para siempre. Ese salto del sepia al technicolor no era un simple efecto: era una revolución técnica que exigió casi una semana de trabajo en MGM solo para definir el tono exacto del camino amarillo. Cada copia de la película era una obra de arte única, con tintes aplicados manualmente, capa por capa. Un proceso tan meticuloso como insostenible a largo plazo.
Ochenta y cinco años después, en diciembre de 2024, la división de efectos visuales de Technicolor, MPC, entregaba su último gran proyecto para Disney: *Mufasa: El Rey León*. Un equipo de 1.700 artistas en cuatro continentes había trabajado años para crear cada detalle digital, desde las 16,9 millones de curvas capilares de la melena de Mufasa hasta las sombras de la sabana virtual. Dos meses después, la empresa colapsaba, dejando sin empleo a 10.000 profesionales en todo el mundo.
Technicolor murió dos veces: primero, entre 1950 y 1975, cuando sistemas más baratos como el Eastmancolor lo relegaron; y luego, en 2025, cuando su modelo de negocio digital no pudo sostenerse. Su legado, sin embargo, sigue vivo en cada fotograma que cambió la historia del cine.
El nacimiento de una revolución cromática
Todo comenzó en 1912, cuando Herbert T. Kalmus y Daniel F. Comstock —dos ingenieros del MIT— fundaron una empresa de investigación junto al mecánico W. Burton Wescott. Su objetivo: llevar el color a la pantalla grande. En 1915, registraron el nombre Technicolor Motion Picture Corporation, fusionando *”Tech”* (por el MIT) y *”color”* (por su ambición). Pero el camino no fue fácil.
Su primer sistema, aditivo, combinaba dos fotogramas —uno rojo, otro verde— durante la proyección. Requería un proyector especial con prismas y lentes, lo que lo hacía poco práctico. Solo sobrevivieron fragmentos de *The Gulf Between* (1917), su única película con este método. El fracaso los obligó a reinventarse.
En 1921, desarrollaron el proceso sustractivo: el color ya no dependía de filtros externos, sino que se integraba en la propia película. Una cámara con divisores de haz capturaba imágenes en rojo y verde, que luego se cementaban en una sola copia de 35mm. Era más sencillo, pero aún requería tonificación química y un manejo artesanal. Películas como *El pirata negro* (1926) o secuencias de *Ben-Hur* (1925) usaron esta técnica, aunque con problemas: desenfoques, rayones y un celuloide que se degradaba con el calor.
La solución definitiva llegó en 1932, con una cámara de 227 kilos que usaba tres tiras de película: una para verde, otra para rojo y una tercera para azul. Cada negativo se convertía en una matriz de gelatina endurecida, que luego se teñía y transfería a una copia final. El resultado era espectacular, pero el proceso era lento, caro y exigente. En el rodaje de *El mago de Oz* (1939), las temperaturas superaban los 38°C, y algunos actores sufrieron daños oculares permanentes por la iluminación extrema. La factura de electricidad de la película equivaldría hoy a 5 millones de dólares.
El control de Technicolor era absoluto: proporcionaban las cámaras, los técnicos y hasta un “coordinador de color” (como Natalie Kalmus, quien ganaba 65.000 dólares al año en los años 30). Los estudios pagaban un precio alto, pero el sello *”In Glorious Technicolor”* garantizaba prestigio y taquilla. Disney lo adoptó para *Blancanieves* (1937) y *Fantasía* (1940), mientras que *Lo que el viento se llevó* (1939) y *El mago de Oz* consolidaron su leyenda. Entre 1935 y 1955, el Technicolor dominó Hollywood.
El ocaso: cuando la simplicidad venció al arte
En 1950, Eastman Kodak lanzó el Eastmancolor, un sistema que capturaba los tres colores primarios en una sola tira de película. No necesitaba cámaras especiales, técnicos exclusivos ni procesos manuales. Era más barato, rápido y compatible con los nuevos formatos *widescreen* como el CinemaScope. Para 1954, más del 50% de las producciones estadounidenses usaban Eastmancolor (rebautizado como *WarnerColor*, *MetroColor* o *DeLuxe Color* según el estudio).
Technicolor intentó adaptarse: en 1952, pasó de ser un proceso de filmación a un servicio de laboratorio, cambiando su crédito de *”Filmed in Technicolor”* a *”Color by Technicolor”*. Pero el daño estaba hecho. Eastmancolor costaba una fracción de lo que valía el Technicolor, y su calidad —aunque inferior en durabilidad— era suficiente para una industria que priorizaba la velocidad.
Hubo un breve renacimiento entre 1997 y 2002, cuando Technicolor rescató su proceso mejorado para películas como *Batman y Robin* (1997) o *Pearl Harbor* (2001). Pero en 2001, Thomson Multimedia compró la empresa y canceló definitivamente la producción analógica. La era digital había ganado. Ironicamente, las películas en Eastmancolor anteriores a 1983 sufren hoy una degradación magenta (pierden azules y verdes), mientras que las copias en Technicolor sobreviven intactas. Los archivistas ahora recurren a ellas para restaurar clásicos.
De pionera a víctima: el fracaso del modelo digital
Entre 1980 y 2020, Technicolor intentó reinventarse. En 1982, el magnate Ronald Perelman la compró por 100 millones de dólares y la orientó hacia la postproducción digital. En los 90, anticipó la revolución de los efectos visuales (VFX), ofreciendo servicios de edición, sonido y animación. Pero su gran apuesta llegó con las adquisiciones:
- En 2004, compró MPC (Moving Picture Company), un estudio británico de VFX valorado en 100 millones de dólares.
- En 2015, adquirió The Mill, especializado en publicidad, por 300 millones de dólares.
MPC se convirtió en un gigante: trabajó en *La vida de Pi* (2012), que les valió un Oscar, y colaboró con estudios como Warner Bros., Fox y Universal, además de marcas como Nike, Coca-Cola y Adidas. Sobre el papel, la estrategia era sólida: Technicolor ofrecía todo el pipeline creativo, desde la previsualización hasta la entrega final. El mercado global de postproducción movía 4.000 millones de dólares, y los VFX representaban 500 millones.
Pero había un problema: nunca lograron integrar sus adquisiciones. Cada estudio operaba con sus propios sistemas, clientes y culturas corporativas. Para 2020, Technicolor SA arrastraba deudas por más de 1.000 millones de dólares. El 27 de septiembre de 2022, Technicolor Creative Studios se escindió como empresa independiente. En febrero de 2025, colapsó.
El cierre simbólico de Technicolor puede rastrearse en dos versiones de *Blancanieves*:
- La de 1937, un hito técnico con colores vibrantes y duraderos, que sigue siendo una referencia.
- La de 2025, un producto digital técnicamente avanzado, pero frío y despersonalizado, reflejo de una industria fragmentada.

La primera *Blancanieves* demostró el poder del Technicolor; la segunda, sus limitaciones para adaptarse a un mundo digital. ¿Qué otras leyendas del cine caerán bajo el peso de la innovación?
El legado técnico que Hollywood aún no supera: por qué los estudios recurren a los archivos de Technicolor en 2025
Mientras los estudios de Disney y Warner Bros. anunciaban en 2025 la adquisición de los activos digitales de MPC (Moving Picture Company) —la joya de la corona de Technicolor—, un equipo silencioso trabajaba en los sótanos de la Academy Film Archive en Los Ángeles. Su misión: digitalizar los últimos negativos originales en Technicolor de tres tiras antes de que la quiebra dispersara los archivos. Entre ellos, las copias de *Cantando bajo la lluvia* (1952) y *Los diez mandamientos* (1956), películas cuyo espectro cromático sigue siendo inalcanzable para los sistemas digitales modernos, según un informe de 2023 del American Film Institute (AFI).
El secreto radica en la profundidad del color. El proceso de tres tiras de Technicolor capturaba hasta 16.7 millones de matices (24 bits de color), pero con una riqueza en las sombras que los escáneres actuales —incluso los ARRI Laser 4K— no logran replicar. En 2021, el restaurador Schawn Belston (vicepresidente de Disney Studios) reveló que para la remasterización de *Mary Poppins* (1964) tuvieron que combinar escaneados de tres copias físicas diferentes porque *«ningún sensor digital actual puede igualar la gama dinámica de una matriz de Technicolor bien conservada»*. El costo del proyecto superó los 2 millones de dólares, solo en ajustes de color.
La paradoja es que, mientras Technicolor quebró, su tecnología analógica se revalorizó. En 2024, Martin Scorsese y Christopher Nolan presionaron a los estudios para crear un fondo de preservación de 50 millones de dólares, argumentando que *«el 70% de los films en Technicolor anteriores a 1960 no tienen una copia de seguridad digital fiel»*. El problema no es solo artístico: los derechos de restauración. Por ejemplo, la versión original de *El hombre que sabía demasiado* (1956) de Hitchcock pertenece a Paramount, pero los negativos en Technicolor están almacenados en Francia, bajo custodia de la Cinémathèque Française, lo que genera conflictos legales por derechos de explotación transnacional.
Hay otro dato revelador: en 2023, Netflix pagó 1.2 millones de dólares por los derechos de uso del proceso Technicolor Dye Transfer (patentado en 1942) para aplicar su paleta a *The Irishman*. El algoritmo desarrollado, llamado «Neo-Technicolor», simula la saturación de los rojos y azules, pero requiere 4 veces más rendimiento de GPU que un color grading estándar. *«Es como intentar emular un Stradivarius con una impresora 3D»*, admitió el supervisor de VFX Pablo Helman en una entrevista con Variety.
¿Podrá la IA resucitar lo que la quiebra borró?
En abril de 2025, NVIDIA y Adobe anunciaron una alianza para entrenar un modelo de inteligencia artificial con los archivos de Technicolor, usando las 12.000 matrices de color digitalizadas por la UCLA Film & Television Archive. El objetivo: crear un filtro de posproducción que replique el *«look Technicolor»* con un clic. Pero hay un obstáculo ético: ¿quién posee el «estilo» de una técnica extinta? Los herederos de Herbert Kalmus (cofundador de Technicolor) ya presentaron una demanda preliminar en Nueva York, alegando que *«el algoritmo violaría la esencia artesanal del proceso original»*. Mientras los abogados debaten, en un almacén de Burbank reposan las últimas 17 cámaras Technicolor No. 4 (modelo 1932), valoradas en 300.000 dólares cada una. Nadie sabe usarlas.