Trump revela su papel clave en el ascenso de Al Shara en Siria y celebra su gestión
Confesión explosiva: El expresidente Donald Trump admitió haber impulsado al líder yihadista Ahmed al Shara al poder en Siria, calificando su gestión como “fenomenal”.
En declaraciones realizadas este viernes, el exmandatario estadounidense Donald Trump aseguró que fue determinante en el ascenso de Ahmed al Shara —exlíder de Hayat Tahrir al Sham (HTS)— a la presidencia de Siria, un cargo que asumió tras el derrocamiento de Bashar al Assad en diciembre de 2024, poniendo fin a más de cinco décadas de gobierno familiar. “El presidente de Siria, a quien básicamente yo puse ahí, está haciendo un trabajo fenomenal”, afirmó Trump, en un giro que reescribe el mapa geopolítico de Oriente Medio.
Al Shara, conocido anteriormente por su alias Abu Mohamed al Golani, ha intentado proyectarse como una figura de unidad en un país fracturado por múltiples frentes: ataques israelíes, resistencias del antiguo régimen, pugnas internas y, más recientemente, enfrentamientos con las milicias kurdo-árabes de las Fuerzas de Defensa del Noreste, antes aliadas de Estados Unidos. Su transición de líder yihadista a estadista ha sido tan abrupta como controvertida.
“Es un tipo duro. No es precisamente un chico del coro”, subrayó Trump, defendiendo el estilo de Al Shara. “Un chico del coro no podría hacer lo que está haciendo, pero Siria se está uniendo, y muy bien”, añadió, en un tono que contrasta con la histórica retórica estadounidense contra grupos como HTS, vinculados en el pasado a Al Qaeda. El expresidente también destacó que Al Shara “se está portando muy bien con los kurdos”, un giro estratégico en una región donde las tensiones étnicas han sido históricamente explosivas.
El acuerdo entre Al Shara y las milicias kurdas, firmado en las últimas semanas, incluye la integración de combatientes kurdos en las estructuras de seguridad nacional siria y un decreto para proteger la identidad kurda. Sin embargo, los kurdos exigen que sus derechos —como la autonomía cultural y política— queden plasmados en la nueva Constitución, aún en redacción. Este pacto, además, consolida el control de Damasco sobre el noreste sirio, zona rica en yacimientos petroleros y recursos estratégicos, así como sobre los centros de detención donde miles de familiares de militantes del Estado Islámico (EI) esperan repatriación, con Irak como primer destino.
El ascenso de Al Shara marca un punto de inflexión: es la primera vez en la historia moderna de Siria que un líder con raíces yihadistas gobierna con reconocimiento internacional implícito. ¿Podrá mantener el equilibrio entre las demandas kurdas, las presiones regionales y su pasado radical? El experimento sirio, ahora bajo la lupa de Trump, podría redefinir las alianzas en Oriente Medio —o desatar una nueva ola de violencia.
El precedente de Trump con líderes controvertidos: de Afganistán a Siria
La confesión de Donald Trump sobre su influencia en el ascenso de Ahmed al Shara no es un caso aislado en su estrategia geopolítica. El expresidente ya había demostrado su disposición a negociar con figuras polémicas durante su mandato (2017-2021), especialmente en Oriente Medio. Su enfoque, centrado en resultados pragmáticos más que en ideologías, tuvo un ejemplo claro en Afganistán en 2020, cuando su administración impulsó conversaciones directas con los talibanes, excluyendo al gobierno afgano de Ashraf Ghani. El acuerdo de Doha, firmado en febrero de 2020, sentó las bases para la retirada estadounidense y, finalmente, para la toma del poder por parte de los talibanes en agosto de 2021 —un proceso que Trump celebró como un “éxito” a pesar de las críticas por abandonar a aliados locales.
En el caso de Al Shara, la apuesta de Trump es aún más arriesgada. Mientras que los talibanes tenían un historial de gobierno en Afganistán (1996-2001), HTS nunca controló instituciones estatales antes de 2024. Sin embargo, hay paralelos en cómo Trump ha justificado ambos apoyos: en 2020, describió a los talibanes como “guerreros, no terroristas“, minimizando su pasado violento; ahora, califica a Al Shara como “un tipo duro“, pero “necesario para unificar Siria“. Este patrón sugiere una doctrina Trump: priorizar la estabilidad inmediata sobre los antecedentes ideológicos, incluso si implica legitimar a exenemigos. La diferencia clave es que, en Siria, el experimento incluye a los kurdos —aliados históricos de EE.UU.— como pieza de negociación, algo que no ocurrió con los talibanes.
Otro dato revelador es el cambio en el discurso de Trump sobre HTS. En 2017, su administración bombardeó posiciones del grupo en Idlib, calificándolos de “terroristas irreformables”. Sin embargo, desde 2023, cuando Al Shara comenzó a distanciarse públicamente de Al Qaeda y a cortejar a actores regionales como Turquía y Catar, Trump modificó su retórica. Este giro coincide con el aumento del 40% en los ataques israelíes contra milicias proiraníes en Siria (datos del Institute for the Study of War, 2023), lo que pudo incentivar a Washington a buscar un aliado suní fuerte para contener a Teherán. La pregunta ahora es si este cálculo —similar al que hizo con los talibanes para contrarrestar a Irán en Afganistán— resistirá la prueba del tiempo.
¿Un “modelo Trump” para Oriente Medio?
Si el experimento sirio prospera, podría consolidarse como un manual de realpolitik para futuras administraciones: apoyar a actores no democráticos si garantizan estabilidad y alineación con intereses estadounidenses. Pero el riesgo es alto: en Afganistán, la retirada dejó un vacío que China y Rusia aprovecharon; en Siria, un colapso del acuerdo kurdo o un resurgimiento yihadista bajo Al Shara pondría a Trump en el centro de otra crisis. Su apuesta por Al Shara no es solo sobre un líder, sino sobre si su legado puede redefinir —o desestabilizar— el tablero regional. Los próximos meses dirán si Siria se convierte en su mayor triunfo post-presidencia… o en un nuevo “saqueo de Bagdad” del siglo XXI.