Trump explora comprar Cuba: ¿estrategia o presión económica?
Oferta polémica: El expresidente sugiere una adquisición “amistosa” de Cuba, con supuestos acuerdos secretos y un modelo inspirado en Venezuela.
El expresidente Donald Trump ha revelado un plan que podría redefinir las relaciones entre EE.UU. y Cuba: una compra pacífica de la isla, siguiendo el patrón aplicado en Venezuela. Según sus declaraciones, el proyecto contaría con el respaldo de funcionarios cubanos que mantendrían diálogos clandestinos con Washington, en medio de una crisis económica sin precedentes en la isla: escasez de divisas, hiperinflación y colapso de servicios básicos.
Trump empleó términos corporativos para describir la operación —“adquisición amistosa”—, un concepto que, en el ámbito financiero, se refiere a transacciones donde la parte vendedora cede activos con consentimiento y sin coerción. Sin embargo, el contexto geopolítico añade capas de complejidad: Cuba lleva 65 años bajo embargo estadounidense, una política rechazada casi unánimemente por la ONU en votaciones anuales desde 1992.
“Escucho hablar de Cuba desde que era niño. Todos quieren cambios, y creo que ahora es posible lograrlos”, declaró Trump, evocando el deseo histórico de la diáspora cubana en EE.UU. por un giro político en la isla. No obstante, omitió mencionar el incidente naval reciente donde cuatro marinos estadounidenses perdieron la vida en un enfrentamiento con guardacostas cubanos, un episodio que ha tensado aún más las relaciones bilaterales.
El plan de Trump llega en un momento clave: esta semana, el Departamento del Tesoro de EE.UU. autorizó el envío de combustible a empresas privadas cubanas, una medida que, según analistas, busca aumentar la dependencia energética de Cuba hacia el mercado estadounidense. El objetivo no declarado sería erosionar el control del gobierno central mediante el fortalecimiento del sector privado, una táctica ya ensayada en otros países bajo sanciones.
La presión sobre La Habana se ha intensificado desde la operación fallida para detener a Nicolás Maduro en 2020, un episodio que expuso la determinación de Washington por desarticular la alianza entre Venezuela y Cuba, dos pilares del llamado “eje bolivariano”. Desde entonces, EE.UU. ha exigido a Caracas que corte sus lazos históricos con el régimen cubano, bajo amenaza de sanciones adicionales.
¿Qué busca realmente Trump? Más allá de la retórica, expertos señalan que esta propuesta podría ser una maniobra de presión para forzar concesiones en temas como derechos humanos o reformas económicas, sin una intención real de concretar una transacción. Cuba, por su parte, ha rechazado históricamente cualquier intervención extranjera, incluso en momentos de extrema vulnerabilidad.
El antecedente más cercano a este tipo de “ofertas” fue la compra de Alaska a Rusia en 1867, por US$7,2 millones (equivalentes a unos US$140 millones actuales). Sin embargo, el contexto geopolítico actual —con Cuba como símbolo de resistencia al intervencionismo— hace improbable una operación similar. ¿Estamos ante un farol negociador o el inicio de un nuevo capítulo en la Guerra Fría caribeña?
El precedente de la Bahía de Cochinos y cómo EE.UU. ha intentado (sin éxito) comprar influencia en Cuba
La idea de Trump de una *«adquisición amistosa»* de Cuba no es nueva, pero choca con un historial de 63 años de fracasos estadounidenses en intentar dobladar al gobierno cubano mediante presión económica o intervenciones encubiertas. El caso más emblemático —y desastroso— fue la invasión de Bahía de Cochinos en 1961, donde la CIA entrenó a 1.400 exiliados cubanos para derrocar a Fidel Castro. El operativo, aprobado por John F. Kennedy, colapsó en 72 horas, con 114 muertos y 1.200 prisioneros que luego fueron canjeados por US$53 millones en medicinas y alimentos. Ese episodio marcó el inicio de la política de línea dura contra La Habana, pero también demostró que las tácticas coercitivas fortalecen el discurso antiimperialista del régimen.
Desde entonces, EE.UU. ha probado otras vías menos belicosas. En 1975, bajo la administración de Gerald Ford, se exploró un acuerdo secreto para normalizar relaciones a cambio de que Cuba redujera su apoyo a movimientos guerrilleros en África y América Latina. El plan, mediado por Henry Kissinger, incluía un paquete de US$300 millones en ayuda económica, pero se frustró cuando Cuba envió tropas a Angola ese mismo año para apoyar al MPLA contra fuerzas respaldadas por Sudáfrica y EE.UU. Más reciente, en 2014, la administración Obama desbloqueó US$2.900 millones en remesas y permitió inversiones limitadas en telecomunicaciones, pero el embargo siguió intacto. La lección es clara: Cuba ha priorizado su soberanía sobre cualquier oferta económica, incluso en momentos de crisis.
Lo que distingue el enfoque de Trump es su retórica corporativa —hablar de *«comprar»* la isla como si fuera un activo en liquidación—. Esto recuerda a los años 1920, cuando empresas estadounidenses como United Fruit Company controlaban el 60% de las tierras cultivables de Cuba bajo el gobierno de Gerardo Machado. La diferencia hoy es que el Estado cubano, pese a su colapso económico, mantiene un monopolio sobre sectores clave: el 90% de la economía sigue en manos estatales, según datos de CEPAL 2023. Incluso el reciente permiso para enviar combustible a empresas privadas —una concesión táctica— no altera este equilibrio.
¿Por qué ahora esta jugada? La clave está en Venezuela
El timing de Trump no es casual. Cuba depende de Venezuela para el 40% de su suministro de petróleo, según informes de OPEP 2022, pero la producción venezolana ha caído un 70% desde 2013. Si EE.UU. logra aislar a Maduro —como intentó con la operación Gideon en 2020, donde mercenarios estadounidenses fueron capturados en Caracas—, Cuba quedaría sin su principal aliado energético. La *«oferta»* de Trump podría ser un señuelo para acelerar ese escenario: presionar a La Habana con la zozobra de un colapso total, mientras se negocia con sectores privados en la isla. Pero hay un riesgo calculado: si el régimen cubano percibe que la maniobra apunta a una fragmentación interna (como ocurrió en Ucrania antes de 2014), la respuesta podría ser una alianza aún más estrecha con Rusia o China, los únicos actores con capacidad para inyectar liquidez sin condiciones políticas. La pregunta no es si Cuba vendería su soberanía, sino a qué precio EE.UU. estaría dispuesto a comprar su influencia.