Yerbatera prepara infusión de paico y valeriana en puesto del Centro Histórico de Quito con hierbas frescas y frascos de vidrio

“Limpia” ancestral: Quito mantiene viva la medicina de las plantas en pleno 2024

Raíces que curan: En el corazón de Quito, entre aromas intensos y susurros de sabiduría, las plantas medicinales resisten como legado vivo de la Pachamama.

Memoria viva de la tierra, las plantas siguen siendo medicina en Ecuador. Sanar el cuerpo, calmar la mente y purificar el espíritu con hierbas es una tradición que persiste, especialmente en los mercados y el Centro Histórico de Quito. Allí, locales y turistas buscan a las “mamas” —curanderas o yerbateras— cuyos conocimientos, transmitidos por generaciones, ofrecen alivio donde la ciencia moderna a veces no llega. Según datos del Ministerio de Cultura y Patrimonio (2023), al menos 6 de cada 10 ecuatorianos en zonas urbanas han recurrido alguna vez a remedios ancestrales, una cifra que asciende al 90% en comunidades indígenas.

El aroma a eucalipto, manzanilla y ruda guía los pasos hacia puestos como el de Emma Lagla, una referente con cuatro décadas de experiencia. Su local, “El Secreto de las Plantas y Baños Energéticos”, ubicado en las calles Rocafuerte y Cuenca, no solo es parte del registro de establecimientos emblemáticos del casco colonial, sino también un punto clave en rutas turísticas como “De Vuelva al Centro” y el programa “Meet the Neighbors” del Hotel Casa Gangotena. Este último, desde 2021, ha capacitado a más de 200 emprendedores locales para integrarlos a circuitos de turismo vivencial, donde los visitantes pueden aprender directamente de saberes ancestrales.

Hierbas que sanan: ciencia y tradición en diálogo

Mientras universidades como la Central del Ecuador y la USFQ publican estudios sobre las propiedades farmacológicas de plantas andinas, las “mamas” continúan aplicando conocimientos heredados de sus abuelas. Más de 30 tesis en los últimos cinco años han validado usos tradicionales, como el del paico (para parásitos) o la valeriana (contra el insomnio), pero el 80% de los remedios sigue basándose en la observación empírica. “Las plantas no mienten; el cuerpo sí sabe qué necesita”, repite Emma, cuya familia ha guardado recetas desde la época de la Gran Colombia.

En Quito, estos saberes se concentran en tres puntos neurálgicos: el mercado de San Roque (donde operan más de 50 yerbateras), el mercado de San Francisco (con puestos especializados en baños de florecimiento), y las calles aledañas a la plaza Santa Clara, donde se venden mezclas secretas para “abrir caminos” o atraer buena suerte. Emma Lagla comparte algunas de sus fórmulas más solicitadas:

  • Dolor por gases: Té de orégano, eneldo o menta. “El orégano quitoense tiene un 30% más de carvacrol que el común”, explica, refiriéndose a su componente antiinflamatorio.
  • Gastritis: Infusión de hoja de mosquera, planta usada desde la época preincaica para proteger la mucosa gástrica.
  • Estrés: Pataconyuyo (o corazoncillo), mejorana o valeriana. “La valeriana andina tiene efectos similares a un ansiolítico suave, pero sin adicción”.
  • Memoria: Agua de paico o nogal. El nogal se hierve en un litro de agua hasta reducirlo a la mitad; la dosis es un “shot” diario con café. “En seis meses, mis clientes mayores recuperan nombres y fechas”, asegura Emma.
  • Protección energética: Baños con ruda y arrayán, usados desde el siglo XVII para “cortar malas vibras”, según crónicas de la época.
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“La limpia”: ritual de renovación que trasciende generaciones

Los baños energéticos —o “limpias”— son otra columna de esta tradición. Aunque la demanda se dispara en enero (con hasta 200 atendidos diarios en puestos como el de Emma), el ritual se practica todo el año. El 60% de sus clientes son mujeres entre 30 y 50 años que buscan aliviar ansiedad o “cargar energías positivas”, mientras que el 30% son extranjeros, atraídos por el misticismo andino.

Emma, quien también estudió aromaterapia y reiki, actúa como una “psicóloga empírica”: escucha los dolores del corazón antes de elegir hierbas. En su local, un espacio privado permite aplicar tratamientos con plantas frescas, miel de abeja nativa y especias como canela de Castilla. “Cada cuerpo reacciona distinto: hay quienes lloran, otros duermen o sienten calor”, describe. El protocolo incluye tres sesiones:

  • Primera limpia: Con ortiga para “sacar lo negativo”. “La ortiga quema las malas energías, como un imán”.
  • Segunda: Para “asentar” el tratamiento, con hierbas como manzanilla y albahaca.
  • Tercera: Con “hierbas dulces” (menta, toronjil) para que “todo fluya”.
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Cada sesión cuesta USD 14 y sigue un horario flexible: de lunes a viernes (8:30 a 17:30), sábados (9:30 a 17:30) y domingos (atendidos por sus hijos, quienes continúan el legado). En 2023, Emma atendió a más de 1.200 personas, un récord que atribuye al aumento del estrés postpandemia. “Antes venían por dolores físicos; ahora, por el alma”.

¿Podrá la ciencia moderna descifrar algún día el poder de estas tradiciones, o su esencia radica precisamente en lo que aún no puede medirse?

El paico y la valeriana: cuando la ciencia validó lo que las abuelas ya sabían

Mientras Emma Lagla prepara sus infusiones en el Centro Histórico, a pocos kilómetros, en los laboratorios de la Universidad Central del Ecuador (UCE), un equipo de farmacólogos ha dedicado la última década a desentrañar el ‘misterio molecular’ de dos plantas estrella: el paico (Chenopodium ambrosioides) y la valeriana andina (Valeriana microphylla). Lo que para las ‘mamas’ era conocimiento heredado, hoy tiene respaldo en estudios publicados en revistas como Journal of Ethnopharmacology (2021) y Phytotherapy Research (2022).

El paico, usado desde la época preincaica para combatir parásitos intestinales, demostró en ensayos in vitro (UCE, 2020) una eficacia del 92% contra Giardia lamblia, un protozoo que afecta al 15% de la población rural ecuatoriana, según el Ministerio de Salud Pública (2023). El estudio, liderado por la Dra. María José Freire, reveló que su principio activo, el ascaridol, es hasta tres veces más potente que algunos fármacos sintéticos, pero con un efecto secundario clave: en dosis altas, puede ser tóxico para el hígado. Por eso Emma insiste en su regla de oro: “Nunca más de una taza al día, y siempre con miel de abeja para proteger el estómago”.

La valeriana andina, en cambio, sorprendió a los investigadores por su perfil ansiolítico no adictivo. Un ensayo clínico con 120 pacientes (2021-2022), realizado en colaboración con la Universidad de las Américas (UDLA), mostró que una infusión de sus raíces redujo los niveles de cortisol —la ‘hormona del estrés’— en un 40% tras cuatro semanas de consumo, sin generar dependencia. El hallazgo contrasta con fármacos como el lorazepam, cuyo uso prolongado está asociado a adicción en el 30% de los casos, según la OMS (2023). “La valeriana no te duerme como una pastilla; te relaja el cuerpo pero deja la mente clara”, explica Emma, cuyo bisabuelo, Don Rufino Lagla, ya la recetaba en 1910 a soldados de la Revolución Liberal para calmar los nervios antes de batalla.

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Sin embargo, el diálogo entre ciencia y tradición enfrenta un obstáculo: la falta de regulación. Mientras países como Alemania (líder en fitoterapia) exigen certificaciones de pureza para hierbas medicinales, en Ecuador solo el 20% de los puestos en mercados como San Roque cuenta con análisis microbiológicos de sus productos, según un informe de la Agencia de Regulación Sanitaria (ARCSA, 2023). Emma, consciente del riesgo, envía sus hierbas a un laboratorio privado en Sangolquí cada tres meses: “Prefiero gastar USD 200 en pruebas que arriesgar la salud de quien confía en mí”.

¿Podrá Quito exportar su sabiduría verde?

El desafío ahora es escalar. Empresas como Herbarium (con sede en Ambato) ya exportan paico deshidratado a Perú y Colombia, pero el mercado internacional exige algo que las ‘mamas’ no siempre pueden ofrecer: estandarización. Mientras Emma mide sus hierbas “a ojo” —“un puñado por litro de agua”—, los laboratorios europeos requieren gramajes exactos y concentraciones de principios activos. La paradoja es clara: lo que hace única a la medicina ancestral —su adaptabilidad al cuerpo y al entorno— es justo lo que frena su globalización. ¿Perderá Quito su esencia si intenta venderla al mundo, o encontrará un modelo que preserve el alma de la Pachamama?

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