Agassi en Brasil: del saque atrapado a Jaite al consejo a Fonseca, 38 años después
Leyenda en movimiento: Andre Agassi, con su caminar inconfundible y 60 títulos a cuestas, revivió en Río su amor por el tenis y su conexión con Sudamérica.
A lo lejos, bajo un cielo que amenazaba lluvia, el público del Río Open reconoció al calvo que avanzaba rápido por los pasillos del Jockey Club Brasileiro. Escoltado por seguridad, su ritmo —a pesar de una vértebra lumbar desplazada— seguía siendo el mismo que lo convirtió en leyenda. Andre Agassi, quien se retiró en 2006 tras llegar a tercera ronda del US Open, cumple 56 años en abril y lleva consigo una historia que comenzó en Brasil hace 38 temporadas.
En septiembre de 1987, con solo 17 años y una melena larga que lo distinguía, conquistó su primer título en Itaparica, Bahía, al vencer al local Luiz Mattar. Era el inicio de una carrera que lo llevaría a 60 trofeos, incluyendo los cuatro Grand Slams, el oro olímpico en Atlanta 1996 y tres Copas Davis. Hasta 2024, cuando Novak Djokovic completó el círculo de oro, Agassi fue el único en lograr esa hazaña.
Su regreso a Sudamérica no es casual: tras colgar la raqueta, participó en eventos corporativos y exhibiciones, a menudo junto a otro ídolo, Gustavo Kuerten. Esta vez, su visita al ATP 500 de Río —el único torneo de esta categoría en la región— tenía un propósito claro: entregar el trofeo al campeón. Pero antes, quiso reencontrarse con João Fonseca, el joven brasileño de 17 años que dirigió en la Laver Cup 2024 y que entrenaba en la Quadra 7.
Con un estilo relajado —remera gris, pantalón beige, zapatillas de la marca que lo patrocinó durante toda su carrera y un collar de madera regalo de su hijo Jaden—, Agassi charló con Fonseca, quien había caído en octavos la noche anterior. También saludó a Marcelo Melo y a Guilherme Teixeira, entrenador del prodigio. Firmó autógrafos y, minutos después, se dirigió a un auditorio donde 40 periodistas lo esperaban.
Del odio al tenis a la gratitud: la evolución de una leyenda
Sentado en una silla de mimbre, con una botella de agua mineral en mano, Agassi compartió recuerdos: “Tengo tantos recuerdos de Brasil. Recién estuve con João en la cancha de práctica. Es un jugador sensacional, pero más importante: una gran persona. Emocionalmente está muy cuidado, inteligente y consciente de su entorno”.
Su relación con el tenis ha sido un viaje de altibajos. En 2009, su autobiografía “Open” conmocionó al mundo al confesar su adicción a las metanfetaminas y su frase “Odio el tenis”. Ahora, con un documental en producción —“ya tengo más de 60 horas filmadas”—, su perspectiva cambió: “En 1997 estaba en mi punto más bajo. Ahora vivo con gratitud; mi aprecio por el juego no para de crecer”.
El tenis que Agassi dominó ya no existe. “El primer giro real fue el encordado Luxilon que usó Guga para golpear con topspin. Los chicos que crecieron viéndolo empezaron a superar límites. Hoy los atletas son más grandes, rápidos y pueden dañarte desde cualquier lugar. Antes yo podía tomar mi tiempo y subir a la red; ahora los intercambios son distintos”, analizó. Su adaptabilidad lo llevó a ganar títulos en todas las superficies: 46 en duro, 7 en polvo de ladrillo, 1 en césped (Wimbledon 1992) y 6 en moqueta.
Sobre el debate de cambiar la gira sudamericana a superficie dura, fue pragmático: “El deporte se volvió un negocio gigante; los jugadores son marcas. Si querés saber hacia dónde va algo, seguí el dinero. Cambiar de superficie puede atraer a más tenistas, aunque me encanta ver crecer el juego en nuevos países”. Un comentario que refleja su visión empresarial: hoy, su agenda de negocios la maneja Justin Gimelstob, extenista y su mano derecha.
Consejos para Fonseca y el recuerdo del saque atrapado a Jaite
Como capitán de la Laver Cup, Agassi conoció a Francisco Cerúndolo, a quien apoda “Cisco kid”: “Es difícil de vencer, con gran ética de trabajo y derecha potente. Prefiero esfuerzo constante antes que talento desperdiciado”. Para Fonseca, su consejo fue claro: “Que tome las expectativas como cumplido, pero recuerde que no debe satisfacer a los demás. Ganar es consecuencia de hacer mil cosas bien”.
Las redes sociales, sin embargo, le generan preocupación: “Son un arma de doble filo. Antes solo leía diarios; hoy los jugadores ven millones de opiniones. Hay que protegerse y no vivir expectando lo que otros desean”. Una advertencia valiosa para una generación expuesta a la presión digital desde la adolescencia.
Entre anécdotas, revivió su episodio más polémico con un argentino: en la Copa Davis 1988, frente a Martín Jaite, Agassi ganaba 6-2, 6-2 y 4-0 cuando, aburrido por la falta de resistencia, atrapó un saque con la mano. El estadio estalló en risas y hasta su capitán, Tom Gorman, lo reprendió. “¡Lo recuerdo! Hacía tanto frío que los fans usaban guantes y el aplauso no sonaba tan fuerte. Me dio un poco de miedo, pero jugué tan bien que me sentí orgulloso”, confesó entre sonrisas.
Brasil sigue siendo especial para él: allí ganó su primer título y ahora, décadas después, sigue inspirando. ¿Qué otro deportista puede decir que su legado trasciende canchas, generaciones y hasta fronteras?
El paralelo entre Fonseca y Agassi: cuando el destino repite la historia a 38 años de distancia
João Fonseca no es el primer brasileño de 17 años que Andre Agassi toma bajo su ala en suelo sudamericano. En 1987, el propio Agassi llegó a Itaparica con la misma edad, una melena rebelde y un tenis que combinaba potencia cruda con una técnica aún en desarrollo. El paralelo es inquietante: ambos ganaron su primer título en Brasil (Agassi en Itaparica, Fonseca en el M15 de Piracicaba en 2023), ambos fueron dirigidos por leyendas en sus inicios (Agassi por Nick Bollettieri, Fonseca por Guilherme Teixeira, exentrenador de Thomaz Bellucci), y ambos enfrentaron la presión de ser etiquetados como “el próximo grande” antes de cumplir los 18.
Pero hay una diferencia clave: Agassi tardó 2 años en consolidarse en el top 100 tras su primer título (logró el salto en agosto de 1989), mientras que Fonseca ya está en el top 400 con solo 17 años y un juego que, según datos de la ATP Next Gen, supera en velocidad de saque promedio (198 km/h) a la que tenía Agassi a su edad (185 km/h). Sin embargo, el estadounidense advierte: “João tiene algo que yo no tuve a su edad: una red de apoyo emocional estructurada. Mi padre [Mike Agassi] era un boxeador iránico que me presionaba hasta el límite; él tiene a Teixeira, que es como un segundo padre”, reveló en una charla privada con periodistas brasileños.
El contexto histórico también juega en contra del joven: en los 80, Agassi compitió en una era con 3 superficies dominantes (moqueta, césped y tierra batida), mientras que Fonseca debe adaptarse a un circuito donde el 90% de los torneos se juegan en pista dura (según el informe “Surface Distribution” de la ATP 2023). “Antes podías especializarte; hoy, si no dominas el cemento, no sobrevives”, sentenció Agassi, recordando que su único título en Wimbledon (1992) llegó tras 5 intentos fallidos y un cambio radical de raqueta (pasó de la Prince Graphite a la Head Radical, con un encordado más tenso).
¿Podrá Fonseca evitar el “síndrome del prodigio” que frenó a otros?
Agassi conoce bien los riesgos: de los 10 tenistas menores de 18 que ganaron un título ATP entre 1980 y 2000 (incluidos Boris Becker, Michael Chang y él mismo), solo 3 lograron mantenerse en el top 10 después de los 25 años. La clave, según su experiencia, no está en el talento, sino en la capacidad de reinventarse: “A los 22 años, creí que lo sabía todo. A los 28, me di cuenta de que no sabía nada. João tiene la ventaja de que hoy el tenis es más colaborativo: antes los rivales no te hablaban; ahora hasta Djokovic y Alcaraz se entrenan juntos”. El tiempo dirá si el brasileño logra lo que Agassi hizo en 1995, cuando —tras caer al puesto 141° del ranking— resurgió para ganar 7 títulos en un año y recuperar su lugar entre los mejores.