Jugadores de Argentina cabizbajos tras derrota 44-61 vs Uruguay en Obras Sanitarias, reflejando crisis en el básquet

Argentina 44-61 Uruguay: el sistema FIBA los condenó y el plan D fracasó

Derrota sin atenuantes: Uruguay humilló 61-44 a una Argentina sin ideas, sin estrellas y con un equipo armado a las apuras.

La escena se repite como una pesadilla: otra vez en Obras Sanitarias, otra vez con un marcador que avergüenza (44 puntos, la misma cifra que en el desastre ante Venezuela en 2022), y otra vez con la selección argentina de básquet al borde del precipicio. No es casualidad. Es un patrón que confirma la crisis de una generación atrapada entre un sistema FIBA implacable y una realidad que nadie se anima a nombrar en voz alta: el nivel bajó. Y no hay excusas que lo disfracen.

El subcampeonato en la AmeriCup 2022 —logrado con un equipo alternativo— ilusionó a algunos, pero esa burbuja estalló anoche. Uruguay, sin figuras de élite pero con un juego colectivo que Argentina ya no tiene, expuso todas las carencias: falta de creación, errores en defensa, y una brecha técnica que se nota en cada posesión. El camino a Qatar 2027 se complica, y no es solo por este traspié. Es por lo que viene: en la segunda fase, los rivales serán Canadá (top 10 FIBA), Jamaica (con jugadores NBA), Bahamas (físico y rápido) y Puerto Rico. Con este rendimiento, el riesgo de quedar fuera de otro Mundial es real.

El problema no es solo deportivo. Es estructural. La FIBA obliga a jugar eliminatorias en fechas que chocan con la NBA y la Euroliga, las competiciones que dan de comer a los jugadores argentinos. Mientras selecciones como Uruguay o Venezuela llegan con sus planteles completos, Argentina debe improvisar. Gabriel Deck y Facundo Campazzo, pilares del equipo, aterrizaron en Buenos Aires el mismo día del partido, agotados tras un viaje transatlántico desde Madrid. Ni siquiera pudieron calzarse las zapatillas. Juani Marcos, base del Barcelona, llegó 24 horas antes y debutó sin un solo entrenamiento previo con el grupo. Franco Baralle, que estaba en la lista inicial, quedó afuera para darle lugar al recién llegado. ¿Cómo competir así?

El contraste con el fútbol es falaz. Mientras la selección de Scaloni puede convocar a sus estrellas de Europa sin restricciones —incluso en plena Champions League—, la FIBA no hace excepciones. Imaginen a la Albiceleste de Messi sin sus jugadores de élite: sin Martínez, Otamendi, Enzo Fernández o Julián Álvarez. Sería una masacre. En el básquet, eso ya está pasando. Y sin embargo, dentro del vestuario argentino nadie se queja. Lo aceptan como un castigo inevitable, porque no hay alternativa. El sistema está diseñado para que los países con menos jugadores en el exterior tengan ventaja.

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Ante este escenario, el cuerpo técnico recurrió al “plan D”: mezclar a los sobrevivientes de la AmeriCup con refuerzos de la Liga Nacional, citados de urgencia. El resultado fue previsible: un equipo con actitud, pero sin jerarquía ni química. Uruguay, sin golear en ningún cuarto, los fue desgastando. En el primer tiempo, la defensa charrúa asfixió a José Vildoza y Gonzalo Corbalán, los únicos con algo de experiencia internacional. Sin pivotes que dominaran la pintura, los uruguayos extendieron su marca y cortaron cualquier atisbo de reacción. 16-15 después del primer cuarto fue un espejismo: en el último período, la diferencia se disparó a 17 puntos (61-44), un margen que en básquet equivale a una goleada.

Los números no mienten, pero hay uno que duele más que el marcador: 44 puntos anotados. Es la misma cifra que en la derrota ante Venezuela en 2022, el partido que selló la ausencia en el Mundial 2023. Dos años después, el mismo síntoma: un ataque estéril, sin ideas claras, y una defensa que se quiebra en los momentos clave. Joaquín Rodríguez, el escolta uruguayo, anotó 13 de los primeros 16 puntos de su equipo. Mientras, Argentina erró tiros libres, perdió balones y vio cómo cada error se convertía en un contraataque rival. La diferencia no fue solo de puntos, sino de intensidad. Uruguay jugó como si el partido fuera una final; Argentina, como si ya supiera que el resultado estaba escrito.

El próximo desafío es este lunes a las 18:30, nuevamente en Obras, contra Panamá. Pero la pregunta que resuena es otra: ¿Cómo se compite con un equipo armado con retazos, mientras los rivales llegan enteros? La respuesta no es sencilla, pero el tiempo se agota. En 2019, Argentina logró clasificarse al Mundial pese a las ausencias. En 2023, fracasó. 2027 podría ser peor.

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Hay que decirlo sin rodeos: esta generación no está a la altura de las anteriores. No es falta de esfuerzo —el plantel dejó todo en la cancha—, sino de talento. Las glorias de los Oberto, Scola, Ginóbili o Nocioni quedan lejos. Hoy, los jugadores que podrían liderar (como Campazzo o Deck) llegan exhaustos, cuando llegan. Los demás, por más garra que pongan, no dan para más. El básquet argentino ya no asusta.

La derrota duele, pero lo que más lastima es la certeza de que esto no es un bache, sino la nueva normalidad. Mientras otros países avanzan, Argentina retrocede. Y el sistema FIBA, lejos de ayudar, ahoga. ¿Hasta cuándo se podrá sostener un proyecto serio con jugadores que llegan en avión el día del partido? ¿Cuánto tardará la Confederación en exigir cambios reales? Por ahora, solo queda mirar hacia Panamá y rezar para que, al menos esta vez, el “plan D” no termine en otro desastre.

El precedente que asfixia: cómo el sistema FIBA ya hundió a Argentina en 2022 (y por qué ahora es peor)

El 44-61 ante Uruguay no es una casualidad, sino la repetición de un guión escrito hace dos años. En noviembre de 2022, Argentina cayó 44-65 ante Venezuela en el mismo escenario (Obras Sanitarias), con un equipo igual de improvisado y un contexto FIBA idéntico: jugadores llegando sin preparación, rivales con planteles completos y un calendario que privilegia a las selecciones sin estrellas en el exterior. La diferencia es que entonces el desastre solo costó un Mundial (el de 2023); ahora, el riesgo es quedar fuera de dos seguidos (2023 y 2027), algo que no ocurre desde los años 80.

En 2022, el equipo argentino llegó a ese partido con solo tres jugadores de la NBA/Euroliga (Campazzo, Laprovíttola y Deck), todos con menos de 48 horas de adaptación. Venezuela, en cambio, tenía a su plantel completo desde una semana antes, incluyendo a Néstor Colmenares (MVP de la Liga de las Américas) y Jhornan Zamora (líder en anotación del torneo). El resultado fue una derrota por 21 puntos que selló la eliminación. Hoy, la historia se repite con Uruguay: mientras Argentina improvisó con Franco Baralle (citado de urgencia desde la Liga Nacional) y un Juani Marcos que debutó sin entrenar, los charrúas alinearon a su bloque titular, con Joaquín Rodríguez (13 puntos en el primer cuarto) y Santiago Vidal (líder en asistencias de la Liga Uruguaya).

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Pero hay un agravante: en 2022, el “plan B” (como se llamó entonces) aún contaba con Laprovíttola (base del Barcelona) y Tayavek Gallizzi (pivote con experiencia en Europa). Ahora, ni siquiera eso. El “plan D” actual depende de jugadores como Gonzalo Corbalán (33 años, sin club en Europa desde 2021) y José Vildoza (que promedia 4.2 puntos en la Liga ACB). Mientras, los rivales se fortalecen: Canadá (con Shai Gilgeous-Alexander y RJ Barrett) y Jamaica (con Josh Minott de los Timberwolves) ya confirmaron sus planteles completos para la próxima fase. Argentina, en cambio, sigue sin garantizar la presencia de Campazzo o Deck para los partidos clave.

Año Rival Marcador Jugadores NBA/Euroliga en Argentina Consecuencia
2022 Venezuela 44-65 3 (Campazzo, Laprovíttola, Deck) Eliminación del Mundial 2023
2024 Uruguay 44-61 2 (Deck, Campazzo; sin Laprovíttola) Riesgo de eliminarión del Mundial 2027

¿Un ciclo sin retorno? El fantasma de los 90

Entre 1990 y 1998, Argentina no clasificó a ningún Mundial y solo logró un quinto puesto en los Juegos Panamericanos. Fue la era más oscura del básquet nacional, hasta que llegó la Generación Dorada (Scola, Ginóbili, Nocioni). Hoy, con un sistema FIBA que castiga a los países con jugadores en el exterior y una cantera que no produce figuras de élite, el riesgo es repetir esa sequía. La pregunta ya no es si Argentina llegará a Qatar 2027, sino si podrá evitar el peor récord de su historia: tres Mundiales perdidos en una década (2019, 2023, 2027). El reloj corre, y el próximo lunes contra Panamá podría ser la última llamada.

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