Trump vs. Bad Bunny: Rechaza Super Bowl por “elección terrible” y distancia
Golpe de micrófono: El expresidente arremete contra los artistas del Super Bowl LVII y descarta su asistencia.
El expresidente de Estados Unidos, Donald Trump, confirmó este sábado que no asistirá al Super Bowl LVII del próximo 8 de febrero en el Levi”s Stadium (Santa Clara, California), y criticó duramente la elección de Bad Bunny y Green Day como cabezas de cartel del espectáculo de medio tiempo. “Estoy en contra de ellos. Creo que es una pésima elección“, declaró desde el Despacho Oval en una entrevista con The New York Times. “Lo único que hacen es sembrar odio. Terrible“, añadió, en referencia a las posturas políticas de ambos artistas, conocidos por su oposición a sus políticas.
Trump, sin embargo, aclaró que su ausencia no se debe exclusivamente a los músicos: “Está demasiado lejos. Me gustaría ir. Me han recibido muy bien en el Super Bowl. Les caigo bien”, argumentó, aunque matizó que sí asistiría “si estuviera un poco más cerca“. El mandatario republicano sí acudió al Super Bowl LVI en 2023, disputado en Nueva Orleans entre los Kansas City Chiefs y los Philadelphia Eagles, donde fue recibido con una mezcla de aplausos y abucheos por parte del público.
El trasfondo político: Bad Bunny y Green Day vs. Trump
La tensión entre Trump y los artistas seleccionados para el Super Bowl LVII no es nueva. El puertorriqueño Bad Bunny ha sido uno de los críticos más vocales contra el expresidente, especialmente por sus políticas antiinmigrantes, que el cantante ha denunciado en múltiples ocasiones, incluso en sus letras y discursos durante conciertos. En 2020, durante un mitin en Florida, Bad Bunny calificó a Trump de “racista y xenófobo” en una entrevista con Rolling Stone, lo que generó una ola de apoyos y rechazos en redes sociales.
Por su parte, Billie Joe Armstrong, vocalista de Green Day, reforzó su postura la semana pasada al apoyar públicamente a los manifestantes en Mineápolis que protestaban contra las redadas del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE). Armstrong, cuyo grupo es conocido por canciones con mensajes políticos como “American Idiot” (2004), un himno contra la administración de George W. Bush, ya había criticado a Trump en 2016, cuando lo llamó “un payaso peligroso” durante un concierto en Oakland. El ICE ha detenido a más de 150.000 inmigrantes desde 2021, según datos del Departamento de Seguridad Nacional, una cifra que activistas como Armstrong vinculan directamente con las políticas heredadas de la era Trump.
¿Un boicot silencioso o solo excusas?
Aunque Trump insistió en que la distancia geográfica es el principal motivo de su ausencia, analistas políticos señalan que su decisión podría interpretarse como un boicot encubierto contra la NFL, una liga que ha tenido roces con el expresidente en el pasado. En 2017, Trump criticó duramente a los jugadores que se arrodillaban durante el himno nacional en protesta por la violencia policial, un gesto iniciado por Colin Kaepernick. La NFL, que inicialmente sancionó estas protestas, terminó cediendo a la presión social y permitiéndolas, lo que generó un distanciamiento con sectores conservadores.
El Super Bowl LVII, que enfrentará a los San Francisco 49ers contra los Kansas City Chiefs, promete ser uno de los más politizados en años. Además de Bad Bunny y Green Day, se espera la participación de Usher en el espectáculo de medio tiempo, otro artista que ha expresado su descontento con las políticas migratorias estadounidenses. Más de 100 millones de espectadores sintonizan el evento cada año, lo que convierte al show en una plataforma global para mensajes sociales y políticos.
¿Podría la ausencia de Trump convertirse en un símbolo de la polarización que divide a EE.UU., incluso en el deporte? O, por el contrario, ¿es solo otra estrategia para mantenerse en el centro del debate público a meses de las elecciones?
El Super Bowl como escenario político: de Kaepernick a Bad Bunny
La decisión de Trump de ausentarse del Super Bowl LVII no es un hecho aislado, sino el último capítulo de una guerra cultural que ha convertido al evento deportivo más visto de EE.UU. en un ring político. El precedente más claro ocurrió en 2016, cuando Colin Kaepernick, entonces mariscal de los San Francisco 49ers, se arrodilló durante el himno nacional para protestar contra la brutalidad policial. Trump respondió en septiembre de 2017 con un discurso en Alabama donde instó a los dueños de la NFL a despedir a los jugadores que “falten el respeto a nuestra bandera“. La liga, que factura $18,000 millones anuales, vio cómo su audiencia caía un 9.7% en 2017 (según Nielsen), en parte por el boicot de espectadores conservadores. Kaepernick, hoy fuera de las canchas, demandó a la NFL por colusión y recibió un acuerdo confidencial en 2019 que, según The Wall Street Journal, superó los $10 millones.
El espectáculo del medio tiempo también ha sido un termómetro social. En 2004, la polémica surgió cuando Janet Jackson sufrió un “wardrobe malfunction” que expuso su pecho durante 9/16 de segundo, generando una multa récord de $550,000 a CBS y un debate sobre la “decadencia moral” en la televisión. Pero el giro político llegó en 2020, cuando Jennifer Lopez y Shakira usaron el escenario para apoyar a los Dreamers (inmigrantes llegados en la infancia) y criticar la separación de familias en la frontera, un tema central en el gobierno Trump. Ese año, el hashtag #SuperBowlResistance trending topic con 1.2 millones de tuits, según Brandwatch. La NFL, que en 2016 había vetado un anuncio de “Refugees Welcome” por ser “demasiado político”, comenzó a ceder terreno.
Lo que diferencia al Super Bowl LVII es la coincidencia de tres artistas con historial de activismo anti-Trump en un año electoral. Bad Bunny no solo criticó al expresidente en 2020, sino que en julio de 2023 canceló un concierto en Arizona en protesta por la ley SB 1070, que permite a la policía detener a sospechosos de ser indocumentados. Green Day, por su parte, donó $150,000 en 2022 a organizaciones que luchan contra las “leyes de prohibición de libros” en escuelas de Texas y Florida, impulsadas por gobernadores aliados de Trump. La pregunta ahora es si la NFL, que en 2023 firmó un acuerdo de $110,000 millones por derechos de transmisión hasta 2033, está dispuesta a asumir el costo de alienar a la mitad del país.
¿Un punto de no retorno para el deporte y la política?
El Super Bowl LVII podría marcar un antes y después: por primera vez, tres artistas abiertamente críticos con Trump compartirán escenario en un evento donde el 63% de los espectadores en 2023 se identificaron como independientes o demócratas (encuesta de Morning Consult). Si la audiencia cae por debajo de los 95 millones —cifra no vista desde 2007—, los patrocinadores como Pepsi (que paga $7 millones por 30 segundos de publicidad) podrían replantearse su estrategia. Trump, maestro en convertir controversias en capital político, ya ha logrado que su ausencia sea noticia. Pero el verdadero test será si la NFL, que en 2020 prohibió a los equipos usar sus estadios para eventos partidistas, mantiene su neutralidad o cede a la presión de un electorado cada vez más polarizado.