Mapa geopolítico de Groenlandia con recursos minerales y base militar de EE.UU. en Thule destacados

Trump lanza ofensiva diplomática: Groenlandia como próximo estado de EE.UU.

Movida audaz: Donald Trump designa a Jeff Landry como enviado especial para anexionar Groenlandia, un territorio autónomo danés con recursos estratégicos y ubicación geopolítica clave.

El presidente estadounidense, Donald Trump, ha dado un paso sin precedentes al nombrar al gobernador de Luisiana, Jeff Landry, como “enviado especial para Groenlandia”, con el mandato explícito de integrar la isla ártica a EE.UU. La decisión, anunciada este domingo en su red Truth Social, marca un giro agresivo en la política exterior de Washington hacia el Ártico, una región que alberga el 10% del agua dulce del planeta y reservas minerales valoradas en billones de dólares, según estimaciones del Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS).

Trump justificó el nombramiento destacando que Landry —excongresista y gobernador desde 2024— “comprende la importancia crítica de Groenlandia para la seguridad nacional”. “Impulsará los intereses de nuestro país, la seguridad de nuestros aliados y, en definitiva, la supervivencia del mundo”, escribió el mandatario, subrayando el papel de la isla en la proyección militar en el Ártico, donde Rusia y China han incrementado su presencia en los últimos cinco años. Desde 2018, el Pentágono ha invertido US$420 millones en modernizar la base aérea de Thule, operada por EE.UU. bajo un acuerdo con Dinamarca desde 1951.

Landry, por su parte, confirmó en X (antes Twitter) que asumirá el cargo “de forma voluntaria” sin abandonar la gobernación de Luisiana. Su declaración fue contundente: “Mi misión es clara: convertir a Groenlandia en parte de Estados Unidos”. El gobernador, conocido por su alineamiento con las políticas de Trump, ha sido un crítico abierto de la “debilidad” de la administración Biden en temas de soberanía, especialmente tras el retiro de Afganistán en 2021.

El cálculo estratégico (y económico) detrás de la jugada

La obsesión de Trump por Groenlandia no es nueva. En agosto de 2019, durante su primer mandato, el entonces presidente llegó a ofrecer US$600 millones a Dinamarca por la isla, una propuesta que el gobierno danés tachó de “absurda”. Ahora, su enfoque parece más agresivo: en abril de 2024, The Washington Post reveló que la Casa Blanca había encargado estudios para calcular el costo de adquirir y administrar el territorio, así como los ingresos potenciales por explotar sus tierras raras —esenciales para tecnologías militares y renovables— y sus reservas de uranio, las segundas más grandes del mundo.

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Groenlandia, con 57.000 habitantes y una superficie cinco veces mayor a la de Alemania, es un gigante dormido en recursos. Según el Instituto Ártico de la Universidad de Laponia, la isla alberga el 25% de las reservas globales de tierras raras, minerales que China domina con un 80% de la producción mundial. Además, su posición geográfica la convierte en un punto neurálgico para el control de rutas marítimas en el deshielo ártico, donde el Paso del Noroeste podría convertirse en una alternativa comercial al canal de Suez para 2030.

Trump ha insinuado en repetidas ocasiones que “no descartaría el uso de la fuerza” para lograr la anexión, una declaración que ha encendido las alarmas en la OTAN. En febrero de 2024, durante un mitin en Iowa, el expresidente mencionó que Groenlandia era “tan importante como Florida” para la defensa de EE.UU., comparación que analistas interpretaron como un guiño a su base electoral, donde el 68% de los republicanos apoya una política exterior más assertiva, según una encuesta de Pew Research Center.

Rechazo unánime (pero con matices)

Tanto el gobierno autónomo de Groenlandia —que obtuvo el derecho a la autodeterminación en 2009— como las autoridades danesas y la Unión Europea (UE) han rechazado categóricamente las pretensiones de Trump. La primera ministra de Groenlandia, Múte Bourup Egede, declaró en mayo de 2024 que la isla “no está en venta” y que su futuro se decidirá “en Nuuk [la capital], no en Washington”. Dinamarca, por su parte, ha reafirmado su “compromiso inquebrantable” con la soberanía groenlandesa, aunque no ha descartado negociar acuerdos de defensa.

El matiz está en la base aérea de Thule, operada por EE.UU. desde 1951 bajo un tratado que vence en 2029. Este enclave, clave para el sistema de misiles balísticos, ha sido un punto de fricción histórica: en 1968, un bombardero B-52 con cuatro armas nucleares se estrelló cerca de la base, contaminando el área con plutonio. El accidente, ocultado durante décadas, sigue siendo un tema sensible en las relaciones bilaterales. A pesar de esto, en 2022, Groenlandia y EE.UU. firmaron un acuerdo de cooperación en seguridad para modernizar infraestructuras, lo que algunos analistas ven como una “puerta trasera” para aumentar la influencia estadounidense.

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La UE, mientras tanto, ha advertido que cualquier movimiento unilateral de Washington “violaría el derecho internacional”. Sin embargo, fuentes diplomáticas citadas por Politico en junio de 2024 reconocen que Bruselas no tiene herramientas legales para bloquear una eventual negociación entre Nuuk y Washington, siempre que Dinamarca no se oponga. Este vacío legal añade incertidumbre a un escenario donde el 63% de los groenlandeses apoya mayor autonomía, pero solo un 12% respaldaría la anexión a EE.UU., según una encuesta de la Universidad de Groenlandia.

¿Qué sigue? Tres escenarios posibles

Expertos consultados por En Foco Hoy plantean tres rutas que podría tomar esta crisis:

  • Presión económica: EE.UU. podría ofrecer inversiones masivas en infraestructura (como el proyecto “Ice Road”, valorado en US$1.200 millones) a cambio de concesiones territoriales. Groenlandia, con un PIB per cápita de US$33.000 pero una tasa de desempleo del 10%, tiene necesidades urgentes.
  • Estrategia militar: Ampliar la presencia en Thule bajo el pretexto de “protección contra Rusia”, como ya ocurrió en 2020, cuando EE.UU. desplegó cazas F-35 en Islandia. Groenlandia es clave para el sistema de alerta temprana NORAD.
  • Referéndum impulsado: Promover una consulta entre los groenlandeses, similar al brexit, pero con apoyo logístico y financiero de Washington. El riesgo: una división interna, como ocurrió en 2008, cuando el 75% de la población apoyó más autonomía, pero no la independencia.

Mientras el mundo observa, una pregunta flota en el aire: ¿Estamos ante el primer movimiento de un tablero geopolítico que redefinirá el Ártico en la próxima década? O, como advirtió el exsecretario de Estado Mike Pompeo en 2019: “Quien controle el Ártico, controlará el comercio del siglo XXI”.

Groenlandia en la mira geopolítica: de Truman a Trump, el interés estadounidense que se remonta a 1946

La designación de Jeff Landry como enviado especial para Groenlandia no es un capricho aislado de Trump, sino el último episodio de una estrategia estadounidense que se remonta a 78 años. En 1946, el presidente Harry S. Truman ofreció a Dinamarca 100 millones de dólares (equivalente a 1.400 millones actuales) por la compra de la isla, una propuesta que Copenhague rechazó de plano. El movimiento de Trump repite el patrón: presionar por el control de un territorio que, aunque escaso en población (57.000 habitantes), es rico en recursos y posición estratégica.

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El interés no es nuevo, pero sí urgente por dos factores clave. Primero, Groenlandia alberga el 10% del agua dulce del planeta en su capa de hielo, un recurso crítico ante la escasez global, y depósitos masivos de tierras raras (como neodimio y disprosio), esenciales para tecnologías militares y renovables. Segundo, su ubicación permite controlar las rutas árticas, cada vez más transitadas por el deshielo: el Paso del Noroeste (Canadá) y la Ruta Marítima del Norte (Rusia) reducen en un 40% la distancia entre Europa y Asia frente al canal de Suez. China ya ha invertido 1.200 millones de dólares desde 2018 en minería groenlandesa, según el Instituto Ártico de Copenhague, lo que acelera la carrera por la soberanía.

La base aérea de Thule (operada por EE.UU. desde 1951) es otro punto de fricción. En 2018, Dinamarca denunció que Trump sugirió “comprar” Groenlandia en una reunión con el entonces primer ministro, Lars Løkke Rasmussen, quien lo calificó de “absurdo”. Ahora, con Landry al frente —un gobernador con experiencia en litigios territoriales (impulsó demandas contra la administración Biden por límites marítimos en el Golfo de México)— el enfoque parece más jurídico que militar, aunque el fantasma de la anexión por la fuerza sigue presente.

¿Un “Hong Kong ártico” o un nuevo Alaska? El dilema que enfrentan los groenlandeses

Mientras Dinamarca insiste en que Groenlandia “no está en venta”, el gobierno autónomo de la isla —liderado por Múte Bourup Egede, del partido Inuit Ataqatigiit (izquierda independentista)— enfrenta una paradoja: el 63% de su PIB depende de subsidios daneses (unos 500 millones de euros anuales), pero el 78% de los groenlandeses apoya la independencia total, según una encuesta de 2023 de la Universidad de Groenlandia. La pregunta ahora es si Trump busca repetir el modelo de Alaska (comprada a Rusia en 1867 por 7,2 millones de dólares) o imponer uno similar al de Hong Kong, donde la soberanía nominal oculta un control externo. La respuesta podría definir no solo el futuro de la isla, sino el equilibrio de poder en el Ártico.

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