El fiasco vocal de Amaia Montero: ¿valió la pena revivir la nostalgia?
Regreso fallido: 30.000 fans llenaron el BEC, pero el anhelado retorno de Amaia Montero a La Oreja de Van Gogh se tiñó de polémica por sus evidentes problemas vocales.
El 9 y 10 de mayo de 2026, el BEC de Barakaldo fue escenario de uno de los regresos más anunciados (y controvertidos) del pop español: Amaia Montero, 20 años después de abandonar la banda, volvía a subirse al escenario con La Oreja de Van Gogh. La gira Tantas cosas que contar —16 fechas hasta noviembre de 2026, incluyendo tres noches en el Movistar Arena de Madrid— prometía cerrar un ciclo. Pero el debut en Bilbao dejó al descubierto los peligros de monetizar la nostalgia sin preparación.
El fenómeno comercial fue inmediato: cuando el 15 de octubre de 2025 se anunció el regreso, las entradas volaron en horas, obligando a añadir fechas. El detonante había ocurrido meses antes, en julio de 2024, cuando Amaia sorprendió al público del Santiago Bernabéu cantando Rosas junto a Karol G. La reacción fue tan masiva que la banda aceleró la salida de Leire Martínez —vocalista durante 17 años—, alegando “diferentes maneras de vivir el grupo”. Un movimiento que ya generó división entre los fans.
El primer concierto (9 de mayo) fue el más criticado. Amaia apareció en una plataforma elevada con un mono rosa y declaró: “Bajé al mismísimo infierno, pero con mis cicatrices, después de luchar mucho, aquí estoy”. Sin embargo, las crónicas coincidieron: su voz estaba “fuera de tono”, especialmente en Nothing Compares 2 U, el tema con el que la banda la descubrió en 1996. La propia cantante reconoció: “Lo hago fatal”. Lo paradójico es que, según expertos en técnica vocal, un año de preparación —el tiempo que tuvo— suele ser suficiente para recuperar el registro, incluso después de largas pausas. El problema, señalan, pudo ser la decisión de mantener las tonalidades originales en lugar de adaptarlas a su voz actual, más grave y menos ágil.
El segundo concierto (10 de mayo) llegó con cambios: el setlist se redujo de 25 a 22 canciones, eliminando los temas más problemáticos (Nothing Compares 2 U, Todos estamos bailando la misma canción y La niña que llora en tus fiestas). Amaia se mostró más segura, pero la sombra de Leire Martínez —cuya etapa abarcó éxitos como Jueves o La niña que llora— seguía planeando. Los fans más jóvenes, que crecieron con Leire, comparaban en redes su solvencia técnica con los esfuerzos visibles de Amaia.
La fractura entre dos generaciones de fans
El público de La Oreja de Van Gogh está dividido en dos bandos irreconciliables:
- Los nostálgicos (30-45 años): aquellos que lloraron con Rosas (1996) o 20 de enero (2003). Para ellos, Amaia es la voz de su juventud, y sus fallos son “detalles menores” frente al simbolismo del reencuentro.
- Los renovados (20-30 años): fans que llegaron con Leire Martínez, cuya salida en 2025 fue tensa. Muchos recuerdan que Amaia rechazó compartir escenario con ella en los conciertos del 30 aniversario, lo que aceleró su expulsión. Ahora, ven en sus desafines una “traición a la calidad musical” que la banda había mantenido.
La red se llenó de memes y críticas, especialmente de los seguidores de Leire. Un usuario resumió el sentimiento: “Pagamos 100€ por ver a una cantante que no llega a las notas y a una banda que prefirió el dinero a la armonía”. El hashtag #LeireSeMerecíaMás fue trending topic en España durante 48 horas.
El síndrome de los regresos: ¿cuándo funciona y cuándo fracasa?
La historia del rock y el pop está llena de reuniones que terminaron en desastre. El caso de La Oreja de Van Gogh recuerda a otros fiascos sonados:
- The Sex Pistols (1996): su gira de reunión fue un éxito económico, pero los conciertos dejaron claro que la magia punk de los 70 era irrepetible. Johnny Rotten cantaba “sin ganas”, según la prensa.
- Guns N” Roses (2016): aunque la gira Not in This Lifetime recaudó US$584 millones, los fans criticaron la falta de química entre Axl Rose y Slash, separados por décadas de tensiones.
- Simon & Garfunkel (1981): su reunion en Central Park fue multitudinaria, pero las grabaciones muestran a dos artistas “cantando en clave distinta”, sin la sincronía de los 60.
El patrón es claro: cuando el motivo principal es el dinero —y no la conexión artística—, el resultado suele ser decepcionante. En el caso de La Oreja, aunque sus miembros tienen economías saneadas (la banda ha vendido más de 8 millones de discos), las imágenes del concierto muestran gestos de incomodidad entre los músicos y Amaia. “Parecía que estaban cumpliendo un trámite”, escribió un crítico de Mondosonoro.
¿Qué queda después del fiasco? La gira continúa, pero la pregunta flota: ¿Hasta cuándo podrán vender entradas basándose en la nostalgia, si el producto en vivo no cumple? Los fans de Leire ya tienen respuesta: “Nosotros no volveremos”. Y en un mundo donde el streaming domina (La Oreja acumula 1.200 millones de reproducciones en Spotify), un concierto mediocre no solo decepciona: mancha un legado.
El precedente de Rosas en el Bernabéu: cómo un dueto aceleró (y complicó) el regreso
El germen de este polémico reencuentro no fue un plan artístico meditado, sino un momento improvisado que se volvió viral: la noche del 12 de julio de 2024, cuando Amaia Montero subió al escenario del Santiago Bernabéu para cantar Rosas junto a Karol G ante 85.000 personas. Aquella colaboración, organizada en menos de 48 horas por el equipo de la colombiana, reventó las redes (el vídeo superó los 12 millones de vistas en 24 horas) y activó un efecto dominó: la banda, que ya barajaba un posible regreso de Amaia para 2025, adelantó negociaciones y anunció la gira solo tres meses después, en octubre. El problema, según fuentes cercanas al grupo, es que ese apuro dejó sin tiempo para pruebas técnicas serias o adaptaciones de las canciones.
El dueto con Karol G no fue casual: la artista colombiana, fan confesa de La Oreja desde su adolescencia, había insistido en incluir a Amaia en su concierto madrileño. Pero lo que empezó como un homenaje se convirtió en un arma de doble filo. Tras el éxito del Bernabéu, la presión por capitalizar la nostalgia fue inmediata. La banda despidió a Leire Martínez —cuya voz había sido elogiada por críticos como «la más técnica de la historia del grupo» en una reseña de El País en 2020— y firmó un contrato con Amaia que incluía 16 fechas no negociables, según filtró la revista Vanitatis. El detalle clave: el acuerdo establecía que los temas se interpretarían en su tonalidad original, una cláusula que, a la luz de los conciertos de Bilbao, parece haber sido un error estratégico. Expertos como el foniatra Javier Gavilán (autor de La voz del cantante, 2021) advierten que, tras 20 años sin girar, incluso una voz entrenada pierde hasta un 30% de su flexibilidad en registros agudos.
El contraste con el pasado es brutal: en 2003, durante la gira de Lo que te conté mientras te hacías la dormida, Amaia Montero demostró una capacidad para sostener notas durante 18 segundos en 20 de enero (registrado en el DVD La Oreja de Van Gogh en directo: Gira 2003). En Bilbao, esas mismas notas se quebraron antes de los 5 segundos, según mediciones de usuarios en redes. La pregunta ahora es si el equipo técnico —el mismo que en 2018 ajustó las canciones de Leire a un tono más grave para proteger su voz— subestimó los riesgos de forzar a Amaia a cumplir con el pasado.
¿Un error de cálculo o un síntoma de agotamiento creativo?
La obsesión por replicar el sonido de los 2000 ignora un dato clave: ni siquiera en su época dorada La Oreja de Van Gogh tocaba las canciones igual. En 2006, durante la gira de Guapa, la banda rebajó medio tono temas como Deseos de cosas imposibles para aliviar la tensión vocal de Amaia, entonces en plena gira de 120 fechas. Ahora, con una artista de 51 años y un repertorio que exige saltos de octava, la negativa a adaptar las canciones suena a negocio sobre arte. El riesgo no es solo musical: si la gira continúa con estos fallos, el legado de Amaia —y el de la banda— podría quedar reducido a un ejemplo más de cómo la nostalgia devora a sus ídolos.