“Transición en Venezuela sin plazo: Trump asume control petrolero a largo plazo”
Estrategia prolongada: EE.UU. extiende su influencia en Venezuela sin fecha límite, priorizando el petróleo y una reconstrucción “rentable” bajo liderazgo chavista.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha confirmado que su Administración mantendrá el control sobre Venezuela durante un período “largo” —superior a un año—, sin establecer un calendario concreto para la transición democrática. En una entrevista con The New York Times, Trump subrayó que las autoridades interinas, lideradas por Delcy Rodríguez (ex número dos de Nicolás Maduro y figura clave del chavismo), están colaborando activamente: “Nos está dando todo lo que consideramos necesario“.
La estrategia estadounidense se centra en dos ejes: tomar el control del petróleo venezolano —con planes para gestionar entre 30 y 50 millones de barriles actualmente sancionados— y evitar que China o Rusia accedan a estos recursos. “Vamos a usar el petróleo y vamos a tomarlo. Estamos bajando los precios del petróleo y vamos a dar dinero a Venezuela, que lo necesita desesperadamente”, declaró Trump. Este movimiento busca reconfigurar las alianzas energéticas globales, aunque el mandatario reconoció que recomponer la industria petrolera venezolana “llevará tiempo”, requiriendo inversiones masivas en infraestructura y equipos.
Cooperación con el chavismo y silencio sobre la oposición
Trump eludió detalles sobre el rol futuro de los líderes opositores María Corina Machado (premio Nobel de la Paz 2024) y Edmundo González (candidato presidencial en las controvertidas elecciones de julio de 2024). Aunque aseguró que su Administración mantiene “contactos constantes” con Machado —actual exiliada en Noruega tras recibir el Nobel—, no aclaró por qué Delcy Rodríguez (vinculada históricamente al madurismo) sigue al frente de la transición. González, por su parte, permanece en España, donde insiste en su legitimidad como presidente electo, pese a que el Consejo Nacional Electoral (CNE) proclamó a Maduro sin publicar las actas.
La decisión de apostar por Rodríguez, una figura con profundas raíces en el chavismo, ha generado preguntas sobre el compromiso real de Washington con la oposición democrática. ¿Acaso EE.UU. prioriza la estabilidad petrolera sobre la democracia en Venezuela? El secretario de Estado, Marco Rubio, sería el encargado de mediar con Machado, pero el plan actual parece depender más de la cooperación de los antiguos aliados de Maduro que de los disidentes.
Petróleo vs. democracia: ¿un intercambio riesgoso?
La obsesión de Trump por el crudo venezolano no es nueva. En 2019, su Administración ya impuso sanciones a PDVSA (Petróleos de Venezuela) para asfixiar económicamente al régimen de Maduro. Sin embargo, ahora el enfoque ha virado: en lugar de aislar a Caracas, EE.UU. busca administrar directamente sus recursos. “Será mucho más largo que seis meses o un año”, advirtió el presidente sobre la transición, sin mencionar elecciones libres.
El contexto geopolítico añade urgencia. Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo del mundo (303.000 millones de barriles, según la OPEP), un tesoro codiciado por potencias como China, que en 2023 invirtió US$7.000 millones en el sector energético venezolano. Rusia, por su parte, ha utilizado el crudo como moneda de cambio en su alianza con Maduro, incluso desplegando mercenarios del Grupo Wagner para proteger instalaciones clave. ¿Logrará EE.UU. desmantelar esta red de influencias sin generar un vacío de poder?
Mientras tanto, la crisis humanitaria en Venezuela persiste: 7 millones de refugiados han huido del país desde 2015 (ACNUR), y la hiperinflación superó el 200.000% en 2023. La promesa de Trump de “dar dinero a Venezuela” contrasta con la realidad de un país donde el 90% de la población vive en pobreza (ENCOVI).
El precedente de 2002: Cuando EE.UU. ya intervino en el petróleo venezolano (y sus consecuencias)
La estrategia de Donald Trump de asumir el control directo del petróleo venezolano no es la primera vez que Washington intenta gestionar los recursos energéticos del país caribeño. En abril de 2002, durante el breve golpe de Estado contra Hugo Chávez, la Administración de George W. Bush reconoció al empresario Pedro Carmona como presidente interino en menos de 48 horas. Uno de los primeros decretos de Carmona fue disolver la directiva de PDVSA y nombrar a Guaicaipuro Lameda (un crítico del chavismo) como nuevo presidente de la estatal petrolera. El objetivo era claro: reestructurar la industria para alinearla con intereses estadounidenses, eliminando a los gerentes leales a Chávez.
Sin embargo, el plan fracasó en 72 horas. La movilización popular y militar restauró a Chávez en el poder, y la producción petrolera —que ya venía en declive por el paro de 2001— caó un 25% en solo tres meses, según datos de la OPEP. El episodio dejó dos lecciones que resuenan hoy: 1) cualquier intervención en PDVSA sin consenso interno genera resistencia inmediata, y 2) la dependencia de técnicos pro-chavistas en la operación de los pozos es un factor que ni siquiera EE.UU. pudo ignorar. En 2003, Chávez despidió a 18.000 empleados de PDVSA (casi la mitad de la nómina) acusados de sabotaje, pero la producción nunca se recuperó del todo: pasó de 3,1 millones de barriles diarios en 1998 a 2,4 millones en 2006, a pesar de los precios récord del crudo.
Hoy, Trump enfrenta un escenario aún más complejo. La infraestructura petrolera venezolana está operando al 30% de su capacidad (según la Agencia Internacional de Energía, 2024), y el 70% de los pozos activos depende de tecnología rusa o china, según un informe de Baker Hughes. Además, el Grupo Wagner —ahora rebrandado como Expedición Militar Rusa (EMR)— mantiene 1.200 contratistas en el estado Zulia, donde se ubica el Campo Petrolífero de Maracaibo, responsable del 60% de la producción nacional. Si en 2002 el error fue subestimar la lealtad de los trabajadores, ahora el riesgo es desencadenar un conflicto directo con Moscú o Pekín, que ya han advertido sobre “consecuencias” si EE.UU. incumple los acuerdos de cooperación energética firmados en 2023.
¿Repetirá Trump los errores de Bush?
El plan actual de Washington parece evitar el error de 2002: en lugar de un golpe relámpago, opta por una transición negociada con el chavismo, usando a Delcy Rodríguez como puente. Pero hay un detalle clave: en 2002, el petróleo venezolano representaba el 3% del suministro global; hoy, con la guerra en Ucrania y las sanciones a Rusia, ese porcentaje podría escalar al 8% si se normaliza la producción. La pregunta no es si EE.UU. puede administrar el crudo, sino a qué costo geopolítico. China ya ha movido fichas: el pasado 15 de octubre, el gigante Sinochem firmó un memorándum con PDVSA para duplicar la extracción en la Faja del Orinoco en 2025. Si Trump acelerara la toma de control sin un plan para reemplazar la tecnología rusa o los contratos chinos, Venezuela podría convertirse en un nuevo frente de la guerra fría energética, con el agravante de que, esta vez, el petróleo no fluiría.