Trump toma Venezuela: petróleo, pragmatismo y el regreso de la Doctrina Monroe
Golpe energético: Trump desata una operación militar en Caracas para controlar el petróleo venezolano, las mayores reservas del mundo.
La captura del presidente Nicolás Maduro en Caracas por fuerzas estadounidenses marca el inicio de una nueva era de intervencionismo en América Latina. Más que un cambio de régimen, la operación transmite una advertencia política clara: Washington prioriza el control de los recursos naturales sobre la democracia. El propio Donald Trump confirmó horas después del operativo que su objetivo central es gestionar las 300.000 millones de barriles de crudo —el 17% de las reservas globales— que yacen bajo suelo venezolano, infrautilizadas por años de sanciones y corrupción.
La intervención, que ha dejado al menos 100 muertos según informes preliminares y cuya legalidad es cuestionada por la ONU, contrasta con la imagen de “no intervencionista” que Trump intentó proyectar en el pasado. Sin embargo, el despliegue militar en el Caribe —el mayor en décadas, bajo el pretexto de combatir el narcotráfico— ya anticipaba esta escalada. Para el mandatario, las reservas petroleras venezolanas fueron “escamoteadas” a empresas estadounidenses en favor de rivales como Rusia y China, que han invertido fuertemente en la región.
El giro pragmático de Washington es evidente: el rechazo al chavismo queda en segundo plano. Trump ha dejado claro que, por ahora, solo hay espacio para “negocios”. Estados Unidos dirigirá Venezuela “hasta que se pueda poner en marcha una transición”, un proceso que, según sus palabras, podría extenderse “varios años”. Mientras tanto, petroleras estadounidenses se encargarán de “arreglar” las infraestructuras para extraer beneficios. Durante su primera comparecencia, Trump repitió 12 veces la palabra “petróleo”, pero omitió términos como “democracia” o “derechos humanos”.
La oposición venezolana, marginada
La líder opositora María Corina Machado, galardonada con el Nobel de la Paz 2023, vio cómo Trump minimizaba su influencia política. Molesto porque el premio recayera en ella —y no en su administración—, el presidente estadounidense desdeñó sus apoyos dentro de Venezuela. Machado intentó ganarse su favor ofreciendo “compartir” el reconocimiento, pero el mensaje fue claro: la oposición no liderará la transición.
En su lugar, Trump ha optado por mantener intacta la élite chavista. Delcy Rodríguez, hermana del presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, asume ahora la presidencia interina. Ambos cuentan con el respaldo del Ejército venezolano y el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ), pilares del poder chavista en las últimas dos décadas. Este movimiento refleja el fracaso previo de Washington al apoyar figuras como Juan Guaidó, cuya oposición nunca logró un frente unido contra Maduro.
Rodríguez, respaldada por las instituciones clave, ya ha comenzado a dar “signos de paz“, incluyendo la liberación de presos políticos —entre ellos cinco españoles—. Trump calificó este gesto como “inteligente” y lo usó para justificar la suspensión de nuevos bombardeos. Sin embargo, la presidenta interina defendió la nueva relación con EE.UU. como “lo correcto”, pese a la “mancha” que supuso el arresto de Maduro. “Es necesario diversificar las relaciones geopolíticas”, declaró, abriendo la puerta a una cooperación que, según analistas, podría consolidar su poder.
El plan en tres fases: petróleo primero, democracia después
El secretario de Estado, Marco Rubio —considerado uno de los arquitectos de la operación—, detalló un plan de tres fases donde la transición democrática queda supeditada a dos etapas previas: “estabilización” y “recuperación”. Esta última podría durar “años”, según admitió el propio Trump. En la primera fase, la Administración busca extraer entre 30 y 50 millones de barriles de crudo para venderlos a precios internacionales y gestionar los ingresos. Sin embargo, la meta es ambiciosa: en 2024, Venezuela apenas produjo el 1% del petróleo mundial, pese a tener las mayores reservas.
El declive de la industria responde a tres factores:
- El crudo venezolano es pesado y costoso de refinar, lo que reduce su atractivo en el mercado.
- Las infraestructuras están colapsadas por décadas de desinversión.
- Las sanciones internacionales y la corrupción han ahogado cualquier intento de modernización.
En la segunda fase, Rubio explicó que se garantizará el acceso “justo” de empresas estadounidenses al mercado venezolano. Solo entonces, sin plazos definidos, comenzaría un “proceso de reconciliación” para amnistiar a la oposición. La democracia, en este esquema, es el último eslabón.
América Latina: el “patio trasero” de Trump
El operativo en Venezuela es la punta de lanza de una estrategia más amplia. Trump ya había intervenido en procesos electorales en Honduras, Argentina y Chile, condicionando ayudas a la victoria de sus candidatos favoritos. Ahora, las fuerzas progresistas de Colombia denuncian injerencia de cara a las presidenciales de mayo de 2025. El llamado “Corolario Trump”, incluido en el nuevo plan de seguridad nacional, actualiza la Doctrina Monroe: América Latina vuelve a ser el “patio trasero” de EE.UU., donde Washington busca recuperar su hegemonía perdida.
El contexto regional explica este giro. Tras dos décadas de gobiernos de izquierda en la región, las derechas han ganado terreno en países como Bolivia, aprovechando crisis acumuladas y el desgaste político. México y Colombia, tradicionalmente aliados de EE.UU., ahora enfrentan presiones para alinearse con esta nueva doctrina. ¿Qué pasará cuando el pragmatismo energético choque con las demandas democráticas de la región?
El precedente de 1953: Cuando la CIA derrocó a Mossadegh por el petróleo iraní
La intervención en Venezuela no es la primera vez que Estados Unidos recurre a la fuerza para asegurar el control de recursos energéticos críticos. El paralelo más cercano —y menos mencionado— es el golpe de Estado en Irán en 1953, orquestado por la CIA y el MI6 británico para derrocar al primer ministro Mohammad Mossadegh, quien había nacionalizado la industria petrolera del país. Entonces, como ahora, el pretexto oficial (contener el comunismo) ocultaba un objetivo económico: restablecer el dominio de las petroleras occidentales, en ese caso, la Anglo-Iranian Oil Company (hoy BP).
El operativo, conocido como Operación Ajax, siguió un guion inquietantemente similar al actual: sanciones económicas previas (Irán sufrió un bloqueo que asfixió su economía en 1951-52), apoyo a facciones militares locales (el general Fazlollah Zahedi lideró el golpe) y una transición controlada que dejó intactas las estructuras de poder internas, pero bajo supervisión extranjera. El resultado fue la restauración del sha Mohammad Reza Pahlavi, quien firmaría un nuevo acuerdo petrolero favorable a Occidente en 1954 —concesiones que durarían hasta la Revolución Islámica de 1979.
Las cifras de aquel episodio revelan el patrón: Irán pasó de producir 1,5 millones de barriles diarios antes del golpe a 600.000 en 1954, pero la producción se recuperó rápidamente bajo control extranjero, alcanzando 2 millones en 1960. Hoy, Venezuela produce menos de 800.000 barriles/día (frente a los 3 millones de 1998), y el plan de Trump apunta a una recuperación acelerada con tecnología estadounidense. La diferencia clave: en 1953, el golpe se justificó con la Guerra Fría; en 2024, el argumento es la seguridad energética frente a China y Rusia.
| Caso | Año | Producción petrolera (pre/post) | Actor clave local | Resultado geopolítico |
|---|---|---|---|---|
| Irán (Operación Ajax) | 1953 | 1.5M → 600K → 2M (1960) | General Zahedi | Restauración del sha; acuerdo con Occidente hasta 1979 |
| Venezuela (2024) | 2024 | 800K (actual) → meta: 3M | Delcy Rodríguez | Control estadounidense “temporal”; marginalización de la oposición |
¿Repetirá Venezuela el ciclo iraní: de golpe “exitoso” a revolución?
El golpe de 1953 compró a EE.UU. 25 años de control petrolero en Irán, pero sembró las semillas de la Revolución Islámica. En Venezuela, Trump apuesta por un modelo similar: estabilidad a corto plazo (con la élite chavista cooptada) y extracción acelerada, pero sin resolver las causas del colapso económico. La pregunta incómoda es si, como en Irán, esta intervención terminará generando un movimiento antiestadounidense más radical que el chavismo. Los analistas señalan un dato revelador: en 2023, el 68% de los venezolanos menores de 30 años apoyaba soluciones “fuera del sistema tradicional” —una cifra superior al 42% que respaldaba a Maduro o a la oposición. Ese descontento, ahora sin válvulas democráticas, podría ser la bomba de tiempo que Trump está ignorando.