Paso de Rafá abre: esperanza y urgencia en Gaza tras meses de bloqueo
Luz en el túnel: La reapertura parcial del paso de Rafá ofrece un respiro a Gaza, pero la crisis humanitaria sigue en niveles críticos.
La Alta Representante de la Unión Europea para la Política Exterior, Kaja Kallas, celebró este lunes la apertura limitada del paso de Rafá —punto fronterizo clave entre la Franja de Gaza y Egipto— como un “paso concreto y positivo” dentro del plan de paz para la región. Sin embargo, advirtió que los 2,2 millones de habitantes de Gaza (según datos de la ONU) “siguen necesitando ayuda de manera urgente”, en un contexto donde el 60% de la infraestructura sanitaria ha sido dañada o destruida desde octubre de 2023.
“La apertura del paso de Rafá marca un avance tangible en el plan de paz. La misión civil de la UE ya está en el terreno para supervisar los cruces y capacitar a los guardias fronterizos palestinos”, declaró Kallas en redes sociales. Este movimiento se enmarca en el acuerdo mediado por Estados Unidos el pasado octubre, que buscaba desbloquear el acceso humanitario a cambio de concesiones entre Israel y Hamás.
Kallas destacó que, aunque la reapertura solo permite el tránsito de personas (no de camiones con ayuda), representa un “salvavidas” para los enfermos crónicos y heridos graves, muchos de los cuales llevan meses sin tratamiento adecuado. Además, permitirá que familias separadas por el conflicto —algunas desde el inicio de la guerra en octubre— puedan reencontrarse. Según la Media Luna Roja, más de 10.000 personas han sido reportadas como desaparecidas en Gaza desde entonces.
“Pasos prácticos como este son esenciales para consolidar el alto el fuego”, insistió la diplomática estonia, quien recordó que la reconstrucción de Gaza —con daños estimados en US$18.500 millones por el Banco Mundial— dependerá de la desmilitarización de Hamás, un punto aún en negociación. “Gaza no puede esperar más”, subrayó, en referencia a la crisis de hambruna que afecta al 90% de la población, según la ONU.
Detalles del acuerdo: ¿Quién puede cruzar?
La reapertura, efectiva desde este lunes, establece un cupo diario:
- 150 palestinos (prioridad a pacientes y heridos) podrán salir de Gaza hacia Egipto.
- 50 personas podrán regresar a la Franja desde territorio egipcio, sujetas a verificaciones de seguridad por Israel.
- No se permite aún el ingreso de camiones con ayuda humanitaria, un punto crítico cuando el 85% de la población depende de asistencia alimentaria, según el Programa Mundial de Alimentos (PMA).
El mecanismo exige que Egipto notifique a Israel las identidades de quienes cruzan, un proceso que organismos como Amnistía Internacional han criticado por “retrasos burocráticos que ponen en riesgo vidas”. Mientras, más de 1 millón de desplazados (casi la mitad de la población gazatí) siguen hacinados en refugios temporales, según ACNUR.
Contexto: ¿Por qué Rafá es clave?
El paso de Rafá es el único cruce entre Gaza y Egipto, y ha sido históricamente un punto de tensión geopolítica. Desde 2007, cuando Hamás tomó el control de Gaza, Israel y Egipto impusieron un bloqueo casi total, restringiendo el movimiento de personas y bienes. En 2023, antes de la guerra, cruzaban diariamente unos 1.500 palestinos; hoy, la cifra se reduce a un 10% de esa capacidad.
La reapertura actual es la primera desde abril de 2024, cuando el paso fue cerrado tras un ataque israelí cerca de la zona que dejó 45 muertos, según el Ministerio de Salud de Gaza. ¿Logrará este gesto parcial aliviar la presión sobre una población al límite?
Rafá en la historia: de la ocupación británica a los acuerdos de Camp David
La reapertura parcial del paso de Rafá no es solo un gesto humanitario en 2024, sino el último capítulo de un punto fronterizo que ha sido epicentro de conflictos desde 1917, cuando las tropas británicas lo tomaron durante la Primera Guerra Mundial. Su estatus legal, sin embargo, se definió décadas después: tras la guerra de los Seis Días (1967), Israel ocupó Gaza y mantuvo el control de Rafá hasta 1982, cuando lo devolvió a Egipto bajo los Acuerdos de Camp David (1978). Un detalle clave: esos acuerdos no mencionaban a los palestinos, dejando a Rafá en un limbo administrativo que persiste hoy.
El verdadero giro llegó en 2005, cuando Israel se retiró unilateralmente de Gaza pero mantuvo el control del espacio aéreo y las costas, mientras Egipto asumía la gestión terrestre de Rafá. Sin embargo, tras la victoria de Hamás en las elecciones de 2006 y su toma violenta del poder en junio de 2007, ambos países impusieron un bloqueo que redujo el flujo de personas de 40.000 mensuales (en 2000) a menos de 500 en 2010, según datos de la ONU. Un precedente oscuro: en 2013, el paso permaneció cerrado 46 días consecutivos tras un golpe de Estado en Egipto, dejando a miles de palestinos varados. Hoy, la cifra de 150 personas diarias autorizadas palidece frente a las 35.000 que cruzaban al mes en 2000, antes de la Segunda Intifada.
La actual reapertura repite un patrón histórico: Rafá solo se abre bajo presión internacional. En 2010, tras el asalto israelí al *Mavi Marmara* (que dejó 10 activistas turcos muertos), Egipto permitió el paso de ayuda durante tres meses. En 2017, tras mediación de Qatar, se abrió durante 4 días para casos humanitarios. La diferencia ahora es el contexto: Gaza enfrenta una crisis de hambruna declarada (algo que no ocurría desde la Segunda Guerra Mundial, según la ONU), y el paso opera con reglas impuestas por Israel desde el exterior, algo sin precedentes desde 2005.
¿Un gesto simbólico o el inicio de un deshielo?
La clave está en lo que no se ha anunciado: ni la apertura para camiones de ayuda (vital cuando el PMA reporta que el 96% de los hogares gazatíes sufren inseguridad alimentaria aguda), ni un cronograma para aumentar el cupo de personas. Más preocupante: en 2018, un informe de la RAND Corporation advirtió que cualquier reapertura parcial de Rafá sin un plan de reconstrucción aumenta la dependencia de Gaza de la ayuda externa en un 30%. Si este patrón se repite, el paso podría convertirse en una válvula de escape temporal, no en una solución. La pregunta urgente no es si Rafá permanecerá abierto, sino qué pasará cuando las cámaras internacionales dejen de mirar.