Starmer vs. Trump: «Error» imponer aranceles a aliados por Groenlandia
Choque transatlántico: El premier británico frena a Trump por aranceles a Dinamarca en plena disputa por Groenlandia, territorio estratégico de la OTAN.
El primer ministro británico, Keir Starmer, mantuvo este domingo una llamada de urgencia con el presidente de EE.UU., Donald Trump, para advertirle que la imposición de aranceles a Dinamarca —por su participación en maniobras militares en Groenlandia— es un “error estratégico”. El conflicto escaló después de que Washington anunciara medidas comerciales contra aliados de la OTAN, en un contexto donde Groenlandia, territorio autónomo danés rico en recursos naturales, se ha convertido en un punto caliente geopolítico. La isla alberga la base aérea de Thule, clave para la defensa antimisiles de la Alianza Atlántica.
“Aplicar aranceles a aliados que garantizan la seguridad colectiva de la OTAN es un error”, subrayó el comunicado oficial de Downing Street. Starmer no solo cuestionó la decisión de Trump, sino que reiteró la postura del Reino Unido sobre Groenlandia: el territorio, aunque autónomo, sigue bajo soberanía danesa y cualquier movimiento unilateral de EE.UU. —como los rumores de anexión que circularon en 2019— violaría el derecho internacional. El premier británico recordó que la estabilidad en el Ártico es vital para los intereses euro-atlánticos, especialmente ante el avance de Rusia y China en la región.
La conversación con Trump no fue el único frente diplomático de Starmer. El líder laborista replicó el mismo mensaje a la primera ministra danesa, Mette Frederiksen —quien en 2019 rechazó de plano la oferta de compra de Groenlandia por US$600 millones que Trump lanzó públicamente—, así como a la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y al secretario general de la OTAN, Mark Rutte. ¿El objetivo? Evitar que la tensión comercial derive en una fractura en la alianza occidental, justo cuando Europa enfrenta presiones por la guerra en Ucrania y la creciente influencia china en el Ártico.
Este episodio revive el precedente de 2019, cuando Trump canceló una visita a Dinamarca tras el rechazo a su propuesta de comprar Groenlandia. Entonces, el expresidente calificó a Frederiksen de “desagradable” y advirtió que su postura era “inaceptable”. Ahora, con Starmer al frente del Reino Unido —un aliado histórico de EE.UU. pero firme defensor del multilateralismo—, el conflicto adquiere un nuevo matiz: ¿Hasta dónde está dispuesto a llegar Trump para controlar Groenlandia, incluso si eso significa debilitar a la OTAN?
Groenlandia en la mira: el precedente de 1951 que explica por qué EE.UU. no cederá
La disputa actual por Groenlandia no es un capricho geopolítico de Trump, sino la reactivación de una estrategia de EE.UU. que se remonta a 1951, cuando el país firmó un acuerdo secreto con Dinamarca para establecer la base aérea de Thule. A cambio de $100 millones anuales (ajustados a inflación, equivaldrían a $1.200 millones hoy), Washington obtuvo derechos ilimitados sobre 209.000 km² del territorio groenlandés, sin consultar a la población local. Este tratado, aún vigente, explica por qué Groenlandia —aunque autónoma desde 1979— sigue siendo un peón en el tablero de la OTAN, donde EE.UU. tiene veto efectivo sobre cualquier decisión militar en la isla.
El interés no es nuevo: en 2003, un informe del Pentágono ya advertía que el deshielo ártico convertiría a Groenlandia en una «Suiza del siglo XXI» por sus recursos (uranio, tierras raras, petróleo) y su posición para controlar rutas marítimas. Pero hay un dato clave que el artículo no menciona: China ya ha invertido $2.000 millones en minería groenlandesa desde 2016, a través de empresas como Shenghe Resources, que controla el 12,5% de la mina de Kvanefjeld, una de las mayores reservas de uranio y tierras raras del mundo. Esto explica la obsesión de Trump por bloquear cualquier influencia ajena: en 2020, su administración presionó a Dinamarca para que vetara la participación china en proyectos de infraestructura en la isla, bajo amenaza de sanciones.
El conflicto actual, sin embargo, tiene un giro inédito: es la primera vez que un aliado europeo —el Reino Unido de Starmer— desafía abiertamente la doctrina de EE.UU. sobre Groenlandia. Hasta ahora, Londres había mantenido un silencio cómplice, como en 2019, cuando Boris Johnson evitó criticar la oferta de compra de Trump. La diferencia hoy es que Starmer necesita reafirmar su credibilidad post-Brexit como puente entre Europa y EE.UU., pero sin ceder en un tema donde el 90% de los groenlandeses (según encuestas de 2023) rechaza cualquier injerencia extranjera, incluso de la OTAN.
¿Un nuevo «guerra fría ártica»?
El movimiento de Trump no es solo comercial: es una señal a Rusia y China de que EE.UU. no permitirá que Groenlandia se convierta en un nuevo Crimea. Pero hay un riesgo calculado: si los aranceles a Dinamarca se mantienen, la OTAN podría enfrentar su primera crisis interna por recursos naturales desde su fundación. Starmer lo sabe, y por eso su llamada no fue un gesto protocolario, sino un aviso a navegantes: el Reino Unido no avalará un nuevo colonialismo ártico, aunque el precio sea enfadar a su aliado histórico. La pregunta ahora es si Frederiksen —que en 2019 resistió a Trump— tendrá el respaldo de la UE para llevar el caso a la OMC, o si el miedo a una escalada la obligará a ceder, como en 1951.