Nouriel Roubini en entrevista sobre el impacto de la IA en el crecimiento económico de EE.UU. frente a riesgos políticos

“Dr. Catástrofe” apuesta por la IA: ¿El motor que salvará a EE.UU. de Trump y los conflictos?

Giro inesperado: El economista que predijo el colapso de 2008 ahora ve en la IA el antídoto contra los riesgos de Trump y la geopolítica inestable.

Nouriel Roubini, conocido como “Dr. Catástrofe” por su certero pronóstico de la crisis financiera de 2008, ha sorprendido al mercado con un discurso optimista centrado en un solo protagonista: la inteligencia artificial (IA). En una entrevista con Bloomberg Television este martes, el economista vaticinó que la IA impulsará el crecimiento económico de EE.UU. hasta un 4% anual a finales de esta década, casi duplicando el actual 1,8%. Según sus cálculos, los beneficios de la productividad generada por la IA superarán en una proporción de cuatro a uno los efectos negativos de los aranceles, los desequilibrios fiscales y las tensiones geopolíticas.

La tecnología es de primer orden“, declaró Roubini. “Todo lo demás, incluida la geopolítica, es de segundo orden”. El experto, quien también dirige Roubini Macro Associates y es estratega económico senior de Hudson Bay Capital, estima que la tecnología aportará la mitad de ese crecimiento potencial del 4%. En contraste, las políticas disruptivas de una eventual segunda administración Trump —como restricciones migratorias o ataques a la independencia de la Reserva Federal— tendrían un impacto negativo limitado a 50 puntos básicos (0,5%).

Roubini minimizó el peso de los conflictos globales en los mercados. Aunque la guerra en Ucrania y las fricciones entre EE.UU. y China persisten, recordó que los inversores han ignorado en gran medida los riesgos geopolíticos en las últimas décadas. Como ejemplo, citó el breve tambaleo del petróleo durante el enfrentamiento entre Israel e Irán en abril de 2024, que los mercados financieros superaron en menos de 48 horas. “La economía global es más resiliente de lo que la gente cree”, afirmó. Incluso en casos como Venezuela, donde la crisis humanitaria es profunda, “la implicación macroeconómica y de mercado es cercana a cero“.

La AGI: La apuesta definitiva de Roubini

El verdadero game-changer, según el economista, será la inteligencia general artificial (AGI), la próxima fase de la IA capaz de superar a los humanos en casi cualquier tarea económicamente valiosa. Roubini prevé que las empresas que logren desarrollar AGI con éxito podrían multiplicar su valoración “hasta por cinco en el corto plazo“. “Si hablas con estas compañías, todas te dirán que estamos, en el peor de los casos, a cinco años de la AGI, y en el mejor, a tres“, aseguró.

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A pesar de las señales de sobrevaloración en el sector —el índice Nasdaq ha subido más de un 30% en los últimos 12 meses impulsado por las “Siete Magníficas” (Apple, Microsoft, Nvidia, Amazon, Meta, Tesla y Alphabet)— Roubini justifica las primas actuales. “No todas las Siete Magníficas lo lograrán, pero tres o cuatro sí“, pronosticó. Su confianza radica en que la AGI consolidará el “excepcionalismo estadounidense“, un concepto que, según él, se reforzará aún más hacia 2030.

El optimismo de Roubini contrasta con sus advertencias previas. En 2022, por ejemplo, alertó sobre una “tormenta perfecta” de inflación, deuda y recesión. Sin embargo, ahora argumenta que la IA actúa como un “amortiguador estructural” contra los shocks externos. “Incluso si Trump gana y desata una guerra comercial total, o si el conflicto en Taiwán escalara, la productividad impulsada por la IA mantendría a flote la economía”, explicó. ¿Podría la tecnología ser, esta vez, el salvavidas que evite otra crisis?

Roubini no es el único que apuesta por este escenario. Según un informe de Goldman Sachs publicado en mayo de 2024, la IA podría aportar hasta US$7 billones al PIB global en la próxima década, con EE.UU. como principal beneficiario. Sin embargo, el economista advierte: “El riesgo está en que la AGI no llegue a tiempo, o que su desarrollo se concentre en demasiadas pocas manos”.

¿Y qué pasa con China?

Aunque Roubini reconoce que la carrera por la AGI es un duelo entre EE.UU. y China, descarta que sea un juego de suma cero. “A ambos países les irá bien”, afirmó, aunque insistió en que el liderazgo estadounidense será más robusto. China, sin embargo, enfrenta desafíos demográficos y un modelo económico basado en la deuda que podrían limitar su capacidad para capitalizar la IA. “EE.UU. tiene ventajas claras: un ecosistema de startups más dinámico, acceso a capital de riesgo y una cultura que premia la innovación disruptiva”, analizó.

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El economista también destacó que, mientras EE.UU. invierte masivamente en chips y centros de datos —con empresas como Nvidia (cuyas acciones se han revalorizado un 200% desde 2023) a la cabeza—, China depende en exceso de la importación de semiconductores avanzados, un punto débil en su estrategia tecnológica.

¿Logrará la IA compensar los riesgos de una presidencia de Trump, el estancamiento geopolítico y las burbujas financieras? Roubini apuesta por el “sí”, pero con una condición: que la innovación avance más rápido que los conflictos. “Si la AGI llega antes de 2028, incluso un escenario caótico será manejable”, sentenció. ¿Estamos al borde de una era dorada tecnológica… o de otra burbuja histórica?

El precedente que Roubini ignora: Cuando la tecnología no salvó a la economía de un shock político

Nouriel Roubini apuesta por la IA como escudo contra los riesgos de una posible segunda presidencia de Trump, pero la historia reciente muestra que incluso los avances tecnológicos más disruptivos pueden quedar eclipsados por crisis políticas autoinfligidas. En 2018, durante la guerra comercial entre EE.UU. y China —que incluyó aranceles del 25% a $250.000 millones en bienes chinos—, el sector tecnológico estadounidense perdió $1,7 billones en valoración bursátil en solo seis meses, según datos de S&P Global. Aunque empresas como Apple y Nvidia lideraban innovaciones en chips y cloud computing, el Índice PHLX Semiconductor (SOX) cayó un 18% entre junio y diciembre de ese año. La lección: la tecnología amplifica el crecimiento en tiempos estables, pero no es inmune a los shocks de política exterior agresiva.

Roubini minimiza el impacto de las tensiones geopolíticas citando la resiliencia del mercado tras el ataque iraní a Israel en abril de 2024, pero omite un caso más revelador: el bloqueo de Huawei en 2019. Cuando la administración Trump vetó el acceso de la empresa china a semiconductores estadounidenses, el PIB de China creció un 6,1% ese año —su ritmo más lento en 30 años—, mientras que el gasto en I+D de EE.UU. se disparó un 12% para compensar la fragmentación tecnológica. La IA podría repetir este patrón: acelerar la innovación en EE.UU., pero a costa de profundizar la bifurcación con China. Según un informe de CSIS (2023), si Washington impone restricciones similares a las actuales sobre chips avanzados a la AGI, Pekín podría responder con un fondo soberano de $100.000 millones para desarrollar alternativas locales, como ya hizo con su «Made in China 2025».

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Otros dos datos incómodos para el optimismo de Roubini:

  • El «efecto Trump» en 2017-2020: Aunque el PIB creció un 2,5% anual en ese periodo (impulsado por recortes fiscales), la inversión extranjera directa en EE.UU. cayó un **40% en 2019 por la incertidumbre arancelaria, según el Banco Mundial.
  • La burbuja dot-com (2000): La NASDAQ se hundió un 78% tras el pinchazo, pese a que empresas como Cisco y Oracle lideraban la revolución digital. Roubini entonces era uno de los pocos que advertían del exceso de valoración; hoy, el PER del sector IA ronda los 40x (frente a la media histórica de 25x).

¿Puede la AGI romper el ciclo?

Roubini confía en que la AGI llegue antes de 2028, pero el calendario político podría adelantarse: si Trump gana en noviembre de 2024, sus aranceles del 60% a China (propuestos en su agenda) entrarían en vigor en 2025, justo cuando empresas como OpenAI y Anthropic planean lanzar modelos de IA avanzada. La pregunta no es si la tecnología salvará a EE.UU., sino si lo hará a tiempo para evitar que la política la ahogue primero. El propio Roubini reconoció en 2020 que «los mercados subestiman los riesgos de black swans políticos». Esta vez, el cisne negro podría llevar corbata roja.

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