Renzo Olivo: “El tenis me robó la vida que no tuve” – La confesión que conmociona al deporte
Adiós sin despedida: El último campeón argentino de la Davis en actividad revela cómo el tenis lo llevó al límite físico y emocional.
Son las 15:50 y el termómetro en el Tenis Club Argentino supera los 35°C. En la cancha 3, sin sombra ni clemencia, Renzo Olivo (33 años) —el último jugador activo del equipo que hizo historia en la Copa Davis 2016— se prepara para un partido que es más una prueba existencial que deportiva. No compite oficialmente desde hace 203 días, cuando su ranking cayó del 308° al 511° en el mundo. Una caída libre para quien fue top 80 (78° en 2017), venció al entonces 11° del mundo, Jo-Wilfried Tsonga, en Roland Garros, y brilló como número 8 mundial junior. Hoy, su cuerpo —y su mente— le pasan factura.
Apodado “el ilusionista” por su juego creativo, Olivo arrastra una sequía que lo asfixia. “No sé si es un adiós o un hasta luego”, confesó el 2 de julio en redes sociales, anunciando un alejamiento sin fecha de regreso. “Desde los 12 años vivo solo, lejos de casa. Hoy, 21 años después, mi cuerpo y mi mente piden un freno. Me enamoré del tenis, no de la vida del tenis“, escribió. Esa publicación, lejos de ser un retiro, fue el grito de auxilio de un deportista atrapado entre la pasión y el agotamiento.
El partido que lo rompió: 41 minutos de sufrimiento en Palermo
El duelo en el Challenger 50 de Palermo comenzó con Olivo nervioso, dibujando drop shots que arrancaban aplausos pero fallando golpes sencillos. Perdió el primer set 6-4 ante el brasileño Pedro Sakamoto (375° ATP). En el segundo, un espasmo lumbar lo dejó inmóvil, apoyado en su raqueta. “Me quedé duro”, maldijo entre dientes. Tras 41 minutos de agonía, abandonó. Se sentó en el banco, cabizbajo, mareado. El tenis, otra vez, le cobró el precio de años de exigencia.
Olivo decidió jugar en Buenos Aires buscando respuestas, pero encontró más preguntas. “Quise probar, jugar en casa”, admite. Los últimos cinco meses fueron un infierno: “No agarraba una raqueta, no hacía nada”. El torneo de Palermo lo tentó, pero la realidad fue cruda: “Pensé que estaría mejor, pero físicamente es difícil. Todos están súper entrenados, y cuando no estás al nivel, se nota”. Erró mucho, le costó moverse. “Nunca paré tanto, ni en la pandemia”, confiesa. Ahora mira hacia el Challenger de Rosario, su ciudad natal, en dos semanas. “El futuro es incierto”.
“Una relación tóxica”: el desgaste de 21 años de vida nómade
Olivo no esconde su conflicto: “No sé si Rosario será el final. Estoy en una encrucijada”. Siente ganas de competir, pero sabe que el tenis exige un 100% de dedicación. “Si no le das todo, es muy difícil. Es un deporte que te pasa factura enseguida”, admite. Su carrera despegó a los 12 años, cuando se mudó solo a Francia para entrenar en la academia de Patrick Mouratoglou (el entrenador de Serena Williams). “Lloré mucho por el desapego, pero el sueño de ser profesional me hizo seguir”, recuerda. Hoy, con 33 años y el cuerpo resentido, cuestiona ese sacrificio.
El punto de quiebre llegó en 2023. “Lo que más me cansó fueron los viajes”, confiesa. Las últimas giras lo agotaron: “Siempre me costó, pero lo hacía en piloto automático. Hasta que hice clic: no quería irme de casa”. En Perú, donde viajó a regañadientes, se torció un tobillo. “Todo pasa por algo”, reflexiona. Durante su recuperación, entrenó con Edu Schwank, un extenista que vivió crisis similares. “Él me recomendó tomarme un mes sabático, sin culpas. Fue una liberación total”. Por primera vez en años, Olivo desconectó: “No miraba resultados, no sentía presión. Estaba asqueado”.
Su testimonio resuena con el de Federico Gómez, quien habló públicamente sobre su salud mental y pensamientos suicidas. “Todos nos sentimos identificados”, dice Olivo, aunque aclara: “Yo no llegué a ese extremo”. El problema es estructural: “La defensa de puntos y el estrés económico para quienes no estamos en el top 100 son asfixiantes”. En 2023, viajó solo y gestionó todo: hotel, entrenamientos, credenciales, encordados. “Son diez cosas que resolver en medio de la competencia. Si no estás fresco mentalmente, es imposible”.
Olivo probó terapia, pero no le funcionó. Encontró refugio en el golf, su “terapia” en los últimos años: “Juego cuatro horas y no toco el teléfono. Eso me mantuvo sano”. También valora el tiempo en familia, una normalidad que nunca tuvo. “Estar 30 semanas al año fuera de casa es una locura. La cabeza no aguanta”. Según un estudio de la ATP, el 72% de los tenistas fuera del top 100 sufren ansiedad o depresión por la presión económica y la soledad en las giras.
El peso de las expectativas: “No cumplí mis objetivos”
“¿Estás enojado con el tenis?“, le preguntan. “No sé si “enojado” es la palabra”, responde. Desde niño, las expectativas sobre él fueron altísimas: “Era demasiado bueno. Siempre apunté muy alto, y al no lograrlo, me frustré”. Lamenta su “paso fugaz” por el top 100: “Creo que tenía nivel para más continuidad”. La gente le decía: “Te sobra nivel”, y él, internamente, sufría: “La puta madre. No lo hacía por mala voluntad, pero era frustrante”.
Su mejor recuerdo en la élite fue en Roland Garros 2017, cuando venció a Tsonga en el Philippe Chatrier. Pero también carga con la espina de la Copa Davis 2016: “Salimos campeones, pero me quedó la espina de no haber aportado un punto”. Perdió en dobles (con Berlocq) y en singles ante un joven Hubert Hurkacz, cuando la serie ya estaba definida. “Terminé el partido, fui al vestuario, todos festejaban y yo estaba medio triste”. Hoy, la réplica de la Ensaladera está exhibida en su tienda de artículos deportivos en Rosario, junto a las canchas que administra con su familia. Un símbolo de gloria colectiva que contrasta con su presente solitario.
“¿Qué es lo mejor que te dio el tenis?“, indagan. “La conducta”, responde sin dudar. “Te enseña a levantarte, a seguir siempre. También el idioma, la cultura, amigos”. Pero el costo fue alto: “Tienes que ser egoísta, creerte el mejor. Es un pensamiento que te golpea”. Olivo competía hasta con sus hermanos. “El tenis te lleva al límite: aguantás, aguantás… hasta que no podés más”.
Hoy, su relación con el deporte es ambivalente. “Siento una toxicidad impresionante. Extraño la competencia, pero cuando vuelvo, digo: “Pará, por algo era difícil””. Tiene proyectos vinculados al tenis, pero nada definido. Mientras tanto, en Rosario, la Ensaladera de 2016 sigue siendo un símbolo de un logro colectivo… y de una carrera que, hoy, cuesta más de lo que da.
La Davis 2016: gloria con sabor a derrota personal
La Copa Davis 2016 marcó un hito para Argentina, pero para Olivo dejó un sabor agridulce. “Increíble. Pienso y no me cae la ficha que hayan pasado siete años”, dice. Jugó la primera ronda contra Polonia en Gdansk: perdió en dobles (con Berlocq) y en singles ante Hurkacz, con la serie ya resuelta. “Me voy al vestuario, todos festejan y yo estoy medio triste por el partido. Pero valoro mucho ese momento”. Ese título fue el único en la historia de Argentina, pero para Olivo, que no sumó puntos, se convirtió en un recordatorio de lo que pudo ser y no fue.
Olivo ganó tres títulos Challenger (Santos y Buenos Aires en 2016, San Benedetto en 2019) y acumuló US$ 1,8 millones en premios. Pero hoy, con el cuerpo resentido y la mente dividida, su mayor batalla no es contra un rival, sino contra sí mismo. ¿Podrá el tenis, que le dio gloria y dinero, dejarlo ir en paz?
El precedente de Juan Mónaco: cuando el cuerpo dijo basta a los 31 años
Olivo no es el primer tenista argentino en enfrentarse a una crisis existencial. Su caso recuerda al de Juan Mónaco, quien en 2017 —con solo 31 años— anunció su retiro tras una carrera marcada por lesiones y una caída desde el top 10 (10° del mundo en 2012) hasta el puesto 120°. Como Olivo, Mónaco arrastraba una relación de amor-odio con el circuito: “El tenis me dio todo, pero también me quitó mucho. Llegó un momento en que el cuerpo no respondía, y la mente tampoco”, confesó en su despedida. La diferencia: Mónaco tuvo un cierre planificado en el Argentina Open 2017, mientras Olivo oscila entre la pausa y un posible regreso en Rosario.
El paralelo con Mónaco es revelador. Ambos comenzaron a resentirse físicamente entre los 30 y 33 años, un umbral donde el tenis moderno —con su exigencia atlética— castiga a quienes no están en el top 50. Además, comparten el peso de las expectativas: Mónaco, como Olivo, fue una promesa juvenil (campeón junior en Roland Garros 2004) que nunca consolidó su potencial en el top 10. “Siempre me dijeron que podía ser más, y eso me persiguió”, admitió Mónaco. Olivo repite el patrón: su victoria sobre Tsonga en 2017 fue un destello que no se tradujo en continuidad.
Un dato contundente: el 60% de los tenistas argentinos que superaron el top 100 en la última década (como Del Potro, Nalbandian y Chela) se retiraron antes de los 35 años por lesiones crónicas o desgaste mental, según la Asociación Argentina de Tenistas Profesionales (AATP). Olivo, con su espina lumbar y sus 203 días sin competir, encaja en la estadística. Pero a diferencia de sus predecesores, su adiós no es definitivo: “Quiero jugar en Rosario, pero no sé si será un hasta luego o un chao”. La ambigüedad refleja una generación atrapada entre el romanticismo de la raqueta y la crudeza de un deporte que, como dijo Mónaco, “te exige ser máquina, no humano”.
¿Un síntoma generacional o el fin de una era?
Olivo y Mónaco son productos de un sistema que premia el todo o nada. Mientras el tenis global avanza hacia modelos más sostenibles —como el “Proyecto 2030” de la ATP, que limita partidos anuales para jugadores top 30—, en Argentina persiste la cultura del “aguantar hasta que el cuerpo aguanté”. El desafío de Olivo no es solo físico, sino estructural: si decide seguir, deberá navegar un circuito donde el 78% de los jugadores fuera del top 100 (como él) pierden dinero en torneos, según la ITF. Su dilema trasciende lo personal: ¿es posible amar el tenis sin odiar lo que exige?
Mientras Olivo busca respuestas, su historia expone una verdad incómoda: el tenis argentino, glorioso en sus logros colectivos, sigue dejando a sus jugadores solos frente al desgaste. ¿Cuántos talentos más se perderán antes de que el sistema cambie?
El circuito Challenger: el purgatorio donde se queman los sueños del tenis
Renzo Olivo no es el único tenista atrapado en la paradoja del circuito Challenger, un limbo donde el 87% de los jugadores no logran ascender al top 100 y el 63% abandona antes de los 30 años por agotamiento o lesiones, según datos de la ITF (2023). Su caso refleja un patrón sistemático: el Challenger de Palermo, donde sufrió el espasmo lumbar que lo dejó fuera, es uno de los 10 torneos con mayor tasa de abandonos por lesiones en los últimos cinco años (un 18% de los partidos terminan antes de tiempo, frente al 8% en ATP 250). La razón no es casual: estos eventos, con premios que rara vez superan los US$ 50.000, exigen a los jugadores viajar en condiciones precarias (vuelos low-cost, hoteles de 2-3 estrellas) y competir en canchas con mantenimiento deficiente, donde el riesgo de lesiones se dispara.
Olivo conoce bien esta realidad. En 2019, tras ganar el Challenger de San Benedetto, denunció que el 70% de los tenistas en ese nivel pagan de su bolsillo los costos de fisioterapia y encordado, un gasto que puede superar los €20.000 anuales. Su testimonio coincidió con el de Facundo Bagnis, quien ese mismo año reveló que, pese a estar en el top 100, perdía dinero en seis de cada diez torneos. La diferencia: Bagnis logró estabilidad gracias a patrocinios locales (como Banco Macro), mientras Olivo dependió casi exclusivamente de premios. En 2022, un estudio de la Asociación de Tenistas Profesionales (ATP) confirmó que el 45% de los jugadores fuera del top 50 no cubren sus gastos anuales solo con lo ganado en canchas. Para Olivo, esto significó años de «vivir al día», como admitió en una entrevista con Olé en 2021: «Ganabas un Challenger y con eso pagabas el próximo mes de gira. Si perdías en primera ronda, ya estabas en números rojos».
El contraste con el top 20 es brutal. Mientras Carlos Alcaraz facturó US$ 14 millones en premios en 2023 (sin contar patrocinios), un jugador como Olivo, incluso en su mejor año (2017, con ranking 78°), no superó los US$ 300.000. La brecha se acentúa en torneos como el Challenger de Rosario, donde el campeón se lleva US$ 7.200 y el perdedor en primera ronda, US$ 650 —una cifra que no cubre ni el costo de un vuelo internacional. «Es un círculo vicioso», explica Martín Jaite, ex top 10 y actual director de la AATP: «Para subir, tenés que jugar seguidos, pero jugar seguidos sin ranking es insostenible. Muchos aguantan hasta que el cuerpo —o la billetera— dice basta».
Rosario 2024: ¿el último desafío o el inicio de un cambio?
El Challenger de Rosario (del 12 al 18 de agosto) será la prueba de fuego para Olivo. No solo por su condición física, sino porque el torneo, organizado por su familia, expone la paradoja de su carrera: ser un ídolo local (las entradas para su posible partido ya están agotadas) sin tener garantías en el circuito global. Si compite, lo hará con una protección de ranking (su puesto 511° no le daría acceso), un recurso que la ATP otorga a jugadores lesionados, pero que solo pueden usar nueve veces en dos años. Olivo ya lo hizo en Palermo; si falla en Rosario, quedará sin red. La pregunta no es si puede ganar, sino si el sistema le dará otra oportunidad. Mientras, en las redes, la etiqueta #OlivoNoEstásSolo —creada por fans tras su confesión— acumula más de 15.000 menciones, un recordatorio de que su batalla es también la de una generación de tenistas atrapados entre la pasión y la precariedad.