Tensión en el Ártico: OTAN y EE.UU. chocan por Groenlandia en plena guerra en Ucrania
Movida estratégica: La OTAN y EE.UU. discuten el futuro del Ártico mientras Washington insiste en anexionarse Groenlandia.
El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, y el secretario de Estado de EE.UU., Marco Rubio, mantuvieron este viernes una llamada de urgencia para analizar la seguridad en el Ártico, un tema que ha escalado tras el reclamo de Washington sobre Groenlandia, justificado por “motivos de seguridad nacional”. La isla, territorio autónomo de Dinamarca pero bajo soberanía danesa, es considerada por EE.UU. como un “lugar muy estratégico“, según fuentes del Departamento de Estado.
El portavoz adjunto del Departamento de Estado, Tommy Pigott, confirmó que ambos líderes intercambiaron “puntos de vista” sobre cómo garantizar la estabilidad en una región donde Rusia ya ha desplegado bases militares y donde China ha incrementado su presencia con inversiones en infraestructura y rutas comerciales. En 2021, Moscú reactivó 50 instalaciones soviéticas abandonadas en el Ártico, según informes de inteligencia occidental.
Groenlandia: ¿El nuevo frente de la OTAN?
La conversación llega en un momento crítico: Estados Unidos ha reiterado su interés en “tomar el control” de Groenlandia, una isla rica en recursos naturales —como tierras raras, uranio y petróleo— y con una posición geográfica clave para el control de rutas marítimas. La OTAN, sin embargo, ha respondido con un recordatorio contundente: “La seguridad de un Estado miembro se basa en la defensa colectiva”, un principio que, según fuentes de la Alianza, “se aplica en toda Europa, el Ártico y el Atlántico Norte“.
En la última cumbre de la OTAN en La Haya (julio 2024), los aliados acordaron aumentar el gasto en defensa en un 2% adicional del PIB, con especial enfoque en el Alto Norte. Groenlandia, donde Dinamarca ya ha desplegado radares de vigilancia y patrullas aéreas, es ahora un punto caliente: “Los ejercicios militares en la región se han triplicado desde 2022”, admitieron fuentes de la Alianza a *Europa Press*.
Ucrania, el elefante en la habitación
El diálogo entre Rutte y Rubio no se limitó al Ártico. Ambos también abordaron los esfuerzos para lograr “un fin negociado” a la guerra en Ucrania, un conflicto que cumple cuatro años en febrero de 2025 y donde Donald Trump ha asumido un papel mediador directo entre Moscú y Kiev. La Administración estadounidense insistió en que buscan una solución “justa y duradera”, aunque Ucrania ha rechazado cualquier acuerdo que implique cesión de territorio.
¿Por qué el Ártico y Ucrania en la misma llamada? Expertos señalan que Rusia ha usado su presencia ártica para presionar a la OTAN, incluso durante la guerra. En 2023, submarinos rusos simularon ataques con misiles hipersónicos cerca de las costas de Noruega, según un informe de la Agencia Europea de Defensa. “El Ártico ya no es una región remota; es un teatro de operaciones activo“, advirtió un analista de seguridad.
Mientras la OTAN refuerza su postura, una pregunta queda en el aire: ¿Estamos ante el inicio de una nueva carrera por el control del Polo Norte, con Groenlandia como primer dominio?
El precedente de 1946: Cuando EE.UU. ya intentó comprar Groenlandia (y Dinamarca dijo no)
La actual presión de Washington sobre Groenlandia no es un capricho geopolítico reciente, sino la reedición de un intento fallido que cumple 78 años en 2024. En abril de 1946, el presidente Harry S. Truman ofreció a Dinamarca 100 millones de dólares (equivalente a 1.400 millones hoy, ajustando por inflación) por la compra directa de la isla, una propuesta que el gobierno danés rechazó de plano. El argumento de entonces —“seguridad hemisférica” frente a la URSS— es el mismo que esgrime ahora la administración de Joe Biden, pero con un matiz: en 1946, Groenlandia era una colonia danesa sin autonomía; hoy es un territorio autogobernado con voz propia y un PIB per cápita de 60.000 dólares (gracias a los subsidios de Copenhague y la explotación de recursos).
El paralelo histórico no termina ahí. Tras el rechazo danés, EE.UU. negoció en secreto el establecimiento de la Base Aérea de Thule en 1951 (hoy Pituffik), un enclave militar clave durante la Guerra Fría que sigue activo. El acuerdo, firmado bajo presión y con cláusulas ambiguas sobre soberanía, permitió a Washington instalar radares de alerta temprana y, décadas después, misiles interceptores. En 2018, el entonces presidente Donald Trump revivió públicamente la idea de comprar Groenlandia, tachando de “absurda” la respuesta danesa. La diferencia ahora: China ha invertido 2.300 millones de dólares desde 2016 en minería y puertos groenlandeses (según el Instituto Ártico de Copenhague), y Rusia ha desplegado el rompehielos nuclear *Arktika* en rutas cercanas, cambiando el tablero.
Groenlandia, además, alberga el único depósito conocido de tierras raras fuera de China (en Kvanefjeld), esencial para tecnologías militares y renovables. La empresa australiana Greenland Minerals —con participación china— obtuvo en 2021 una licencia de explotación, pero el gobierno local la suspendió tras protestas por riesgos ambientales. ¿Coincidencia? En 2020, el Departamento de Defensa de EE.UU. clasificó las tierras raras como “mineral crítico” y destinó 120 millones de dólares a proyectos para reducir la dependencia de Pekín.
¿Un *Brexit* ártico? El independentismo groenlandés gana terreno
Mientras la OTAN y EE.UU. discuten soberanías, en Nuuk (capital de Groenlandia) el partido independentista Siumut —que gobierna desde 2021— ha impulsado un referéndum constitucional para 2025 que podría llevar a la isla a declarar su independencia total de Dinamarca. El borrador, filtrado en octubre de 2023, incluye cláusulas para prohibir bases extranjeras y nacionalizar los recursos naturales. Si el *sí* gana, Groenlandia sería el primer Estado independiente nacido del deshielo geopolítico del Ártico… y EE.UU. perdería su última excusa para intervenir: “proteger a un aliado”. La paradoja: el 60% del presupuesto groenlandés depende de Copenhague, y Pekín ya ha ofrecido “inversiones sin condiciones” para llenar ese vacío. La pregunta ya no es si habrá carrera por el Ártico, sino quién llegará primero a la meta: los misiles, los contratos mineros o las urnas.