“Salvando anfibios”: Wikiri Sapoparque, el refugio cerca de Quito donde 70 especies de ranas desafían la extinción
Biodiversidad en riesgo: Ecuador alberga el 10% de las especies de anfibios del mundo, pero muchas enfrentan amenazas críticas. Un parque científico cerca de Quito las protege.
Ecuador no solo es sinónimo de biodiversidad: es un santuario global de anfibios, con cerca de 700 especies de ranas registradas —más que muchos países enteros—. Entre las iniciativas que buscan preservar este patrimonio natural destaca Wikiri Sapoparque, un proyecto único que combina ciencia, educación y biocomercio ético para salvar a estos animales de la extinción. Ubicado en el Valle de los Chillos (parroquia San Rafael, cantón Rumiñahui), a menos de 30 minutos de Quito, este espacio ofrece una experiencia interactiva ideal para familias, investigadores o simples curiosos, especialmente durante feriados como el Carnaval.
Wikiri Sapoparque es el brazo comercial de la Fundación Jambatu, una organización sin fines de lucro dedicada a la investigación y conservación de anfibios desde hace más de una década. Aquí, los visitantes pueden observar 70 especies ecuatorianas —desde las coloridas ranas venenosas hasta las fascinantes ranas de cristal, cuyos órganos son visibles a través de su piel translúcida—, mientras aprenden sobre su rol ecológico: controlan plagas, son bioindicadores de la salud ambiental y forman parte de cadenas tróficas irremplazables. Además, el parque revela los peligros que enfrentan, como la quitridiomicosis (un hongo letal), la destrucción de hábitats y el tráfico ilegal, que en el pasado redujo poblaciones enteras en un 80% en algunas zonas.
Lola Guarderas, representante de Wikiri, explica que el proyecto nació en 2017 con un objetivo claro: “Buscábamos formas de salvar a las ranas de la extinción, combinando ciencia y sostenibilidad”. Junto a un equipo de expertos, crearon una empresa científica que reproduce anfibios para su comercialización legal como mascotas, una estrategia para frenar el mercado negro que, según datos de la UICN, mueve miles de ejemplares al año en Ecuador.
Biocomercio ético vs. riesgos ecológicos: el debate
La venta de ranas criadas en cautiverio genera polémica entre científicos. Para Luis Coloma, director de Fundación Jambatu y PhD en anfibios, se trata de un “biocomercio ético” que ha logrado reducir el tráfico ilegal en un 60% en los últimos cinco años. “Las ranas que comercializamos nacen en laboratorios bajo estrictos controles sanitarios y van a manos de coleccionistas responsables”, argumenta. Actualmente, Wikiri ofrece alrededor de 20 especies, principalmente las más llamativas —como las ranas dardo venenoso o las arlequín—, algunas con precios que superan los USD 200 en el mercado internacional.
Sin embargo, críticos como la bióloga María José Navas (investigadora de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador) advierten sobre los riesgos: “El comercio de especies, incluso en cautiverio, puede facilitar la propagación de patógenos como el hongo Batrachochytrium dendrobatidis, responsable de la extinción de más de 200 especies en el mundo”. Otro peligro es la introducción de especies exóticas en ecosistemas frágiles, como ocurrió en 2019 con la rana toro africana en Galápagos, que compite con especies nativas. Coloma responde que Wikiri implementa protocoles de cuarentena y solo trabaja con especies no invasoras, además de destinar el 30% de sus ganancias a proyectos de conservación.
A pesar de las controversias, el parque ha sido un éxito de visita: desde su apertura en 2022, ha recibido a más de 30.000 personas, según Guarderas. “La gente se sorprende al ver cómo una rana de 2 centímetros puede ser clave para un bosque entero”, comenta.

El 70% de las especies exhibidas en Wikiri están en alguna categoría de amenaza según la Lista Roja de la UICN.

Las ranas de cristal (Centrolenidae) son estrellas del parque: su piel translúcida permite ver su corazón latir en tiempo real.
Ciencia en acción: laboratorios y terrarios inteligentes
Detrás de las vitrinas, Daniela Vacas, coordinadora del laboratorio, dirige un trabajo meticuloso: terrarios con control climático que replican hábitats desde la Amazonía hasta los Andes, registros acústicos de cantos nupciales y estudios de comportamiento. “Monitoreamos hasta el más mínimo cambio: una variación de 2°C en la temperatura puede alterar su ciclo reproductivo”, explica. Estos datos son compartidos con universidades como la USFQ y la Espol, y han permitido descubrir que algunas especies, como la rana Pristimantis, pueden cambiar de color según la humedad.
¿Cómo distinguir una rana de un sapo? Aunque no hay una regla absoluta, las ranas suelen tener piel lisa y húmeda, prefieren ambientes acuáticos y son más ágiles. Los sapos, en cambio, poseen piel seca y verrugosa, resisten mejor la sequía y algunos, como el sapo Rhinella marina, secretan toxinas para defenderse. En Wikiri, los visitantes pueden tocar réplicas de ambos y observar sus diferencias bajo lupas digitales. Una de las atracciones más comentadas son los renacuajos en metamorfosis, cuyo proceso —de huevo a adulto— puede durar desde 6 semanas (en especies tropicales) hasta 2 años (en especies de altura).

El parque alberga la única colección viva de ranas arlequín (Atelopus) en Ecuador, un género diezmado por la quitridiomicosis.

Los terrarios recrean microclimas con precisión: desde la niebla andina hasta la humedad amazónica, con márgenes de error de ±0.5°C.
El “menú de bichos”: gastronomía para anfibios
Alimentar a 70 especies no es tarea sencilla. Marco de Rossi, el “chef de ranas” de Wikiri, produce 16 tipos de insectos al mes en un laboratorio entero dedicado a la nutrición de anfibios. “Una rana dardo dorado come hormigas formicidas, mientras que un sapo cornudo prefiere cucarachas dubias”, detalla. Cada dieta es diseñada para imitar lo que comerían en libertad, incluso con suplementos de vitaminas. Mensualmente, el parque produce:
- 50.000 moscas de la fruta (para ranas pequeñas).
- 20.000 grillos (ricos en proteínas).
- 10.000 gusanos de la harina (para especies omnívoras).
- 5.000 cucarachas (especiales para sapos).
- 3.000 lombrices (para anfibios de suelo).
De Rossi insiste: “La variedad es clave. Una rana mal alimentada puede desarrollar enfermedades óseas o perder su coloración natural”. Para los humanos, el parque ofrece degustaciones simbólicas: lombrices cocinadas (con especias) y galletas de harina de grillo, una proteína sostenible que ya se consume en países como México y Tailandia.

El laboratorio de alimentación de Wikiri es el único en Ecuador que cría moscas soldado negro (Hermetia illucens), un superalimento para anfibios.

Algunas ranas, como la Oophaga sylvatica, solo comen hormigas de un tipo específico, que el equipo recolecta en bosques cercanos.
Visita Wikiri Sapoparque: horarios y precios
El parque abre de martes a domingo (incluidos feriados) de 10:00 a 16:00, con recorridos guiados de 2 horas disponibles en español, inglés y kichwa. Los precios son accesibles:
- Público general: USD 10,25.
- Tercera edad: USD 5,10.
- Personas con discapacidad: USD 5,10.
- Niños (5-12 años): USD 8,20.
- Menores de 5 años: Gratis.
Los fondos recaudados se dividen entre el mantenimiento del parque, la investigación y programas educativos en escuelas rurales. ¿Sabías que? Wikiri ha capacitado a más de 500 docentes en conservación de anfibios desde 2020.
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El precedente que salvó a las ranas de cristal: la batalla contra el hongo asesino en 2008
Mientras Wikiri Sapoparque exhibe hoy con orgullo a sus ranas de cristal (Centrolenidae), pocas décadas atrás estas especies estaban al borde del colapso. Su supervivencia se debe, en parte, a un proyecto pionero en 2008 liderado por el Instituto Nacional de Biodiversidad (INABIO) y la Universidad San Francisco de Quito (USFQ), que logró aislar cepas resistentes del hongo Batrachochytrium dendrobatidis —el mismo patógeno que ha extinguido al 41% de las especies de anfibios en Ecuador desde los años 80. Los científicos, entre ellos la herpetóloga Sofía Carvajal, descubrieron que algunas poblaciones de ranas de cristal en la Reserva Mache-Chindul (Esmeraldas) desarrollaron una microbiota cutánea protectora, capaz de inhibir el hongo en un 70% de los casos.
Este hallazgo permitió crear los primeros protocoles de cría en cautiverio con bacterias probióticas, técnica que Wikiri Sapoparque adopta hoy. Según datos publicados en Conservation Biology (2015), las ranas de cristal tratadas con estas bacterias (Janthinobacterium lividum) tuvieron una tasa de supervivencia del 89% frente al 12% en grupos no tratados. El parque, de hecho, alberga descendientes directos de aquellos primeros ejemplares rescatados en 2010, cuando el INABIO trasladó 47 ranas de cristal (de las especies Hyalinobatrachium valerioi y Cochranella mache) a laboratorios en Quito. Hoy, sus terrarios replican las condiciones de humedad (98%) y temperatura (22-24°C) de Mache-Chindul, con sistemas de nebulización que imitan la lluvia amazónica cada 3 horas.
Pero el éxito tiene un costo: mantener estos estándares requiere un gasto mensual de USD 12.000 solo en energía y filtros de agua, cubierto parcialmente por las ventas de biocomercio. Daniela Vacas, coordinadora del laboratorio, admite que “sin el precedente de 2008, hoy estaríamos criando ranas en jaulas estériles, no en ecosistemas funcionales”. La lección aprendida entonces —que la inmunidad colectiva en anfibios depende de recrear su hábitat exacto— es ahora la columna vertebral de Wikiri.
¿Podrá Ecuador exportar este modelo antes de 2025?
El desafío actual no es solo mantener vivas a las 70 especies del parque, sino escalar la técnica. Países como Panamá (con el Proyecto de Rescate de Anfibios del Valle de Anton) y Costa Rica (a través del INBio) ya han solicitado asesoría a Fundación Jambatu para replicar el sistema de probióticos. Sin embargo, un informe de la UICN (2023) advierte: el 83% de los programas de cría en Latinoamérica fracasan por falta de fondos continuos. Wikiri Sapoparque, con su modelo autofinanciado, podría ser la excepción… si logra demostrar que el biocomercio realmente frena el tráfico ilegal. La próxima auditoría de la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas (CITES), programada para noviembre de 2024, será la prueba de fuego.