Mette Frederiksen y Jens Frederik Nielsen en Nuuk analizando mapa del Ártico con base Thule marcada en rojo

Fredricksen en Groenlandia: la batalla silenciosa por el Ártico que enfrenta a Dinamarca y EEUU

Movida estratégica: La primera ministra danesa aterriza en Nuuk para contener el avance de Washington sobre un territorio clave en la geopolítica global.

La primera ministra de Dinamarca, Mette Frederiksen, llegó este viernes a Nuuk, capital de Groenlandia, en un viaje de urgencia para abordar con el primer ministro local, Jens Frederik Nielsen, la escalada de tensiones desatada por las ambiciones soberanistas de EEUU sobre la isla. El detonante: un “acuerdo marco” anunciado esta semana por el presidente Donald Trump, que ha encendido las alarmas en Copenhague sobre posibles concesiones territoriales o militares sin consulta previa.

“Espero con interés continuar la estrecha colaboración, también en los preparativos de las gestiones diplomáticas conjuntas. Gracias por la cálida bienvenida, Jens Frederik”, publicó Frederiksen en sus redes sociales. Groenlandia, aunque autónoma desde 2009, sigue siendo parte del Reino de Dinamarca, un estatus que Washington parece ignorar en su cálculo geopolítico.

El territorio, con 2,1 millones de km² (cinco veces el tamaño de Alemania) y una población de apenas 56.000 habitantes, alberga la base aérea de Thule, clave para la OTAN y el sistema de misiles balísticos de EEUU. En 1951, Dinamarca ya cedió parte de su soberanía al permitir la instalación de esta base, un precedente que hoy revive los temores de una nueva cesión encubierta.

Aunque el primer ministro neerlandés Mark Rutte (en su rol de líder rotatorio de la OTAN) aseguró que la soberanía danesa “no fue abordada” en el encuentro con Trump, la ambigüedad del acuerdo ha generado desconfianza. “No hay límite de tiempo” para su vigencia, declaró el mandatario estadounidense, quien también dejó claro que “EEUU puede hacer lo que quiera en el ámbito militar” en Groenlandia, una afirmación que choca con el derecho internacional.

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El silencio sobre los detalles concretos del acuerdo —¿expansión de bases?, ¿derechos de explotación de recursos?, ¿soberanía compartida?— contrasta con los antecedentes históricos: en 2019, Trump ya propuso “comprar” Groenlandia, una idea rechazada de plano por Copenhague pero que ahora parece resurgir bajo otra forma. La isla alberga el 10% del agua dulce del planeta en su capa de hielo, además de tierras raras y uranio, recursos codiciados en la carrera por el Ártico.

¿Por qué ahora? El deshielo acelerado —Groenlandia perdió 532 gigatoneladas de hielo en 2022, según la NASA— ha abierto rutas comerciales y acceso a yacimientos antes inaccesibles. China y Rusia ya han plantado su bandera en la región, con inversiones millonarias en infraestructura y exploración. **¿Permitirá Dinamarca que EEUU convierta a Groenlandia en un peón más del tablero ártico, o esta visita marca el inicio de una resistencia diplomática?

Thule, 1951: el precedente que hoy persigue a Dinamarca en Groenlandia

La base aérea de Thule, mencionada en el artículo como pieza clave en la actual disputa, no es un simple punto militar: es el fantasma geopolítico que hoy reactiva los temores daneses. Su creación en 1951 —bajo el gobierno del primer ministro Erik Eriksen— marcó la primera (y hasta ahora única) vez que Dinamarca cedió soberanía efectiva sobre territorio groenlandés. El acuerdo, firmado en secreto y sin consulta a la población local, permitió a EEUU instalar una base permanente a cambio de 100 millones de dólares anuales (ajustados a inflación, equivaldrían a 1.200 millones hoy). Pero el costo real fue mayor: en 1968, un bombardero B-52 con cuatro bombas nucleares se estrelló cerca de Thule, contaminando el área con plutonio. Dinamarca, que en teoría prohibía armas nucleares en su territorio, nunca fue informada oficialmente del incidente hasta que la prensa lo destapó.

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El paralelo con la situación actual es inquietante. En 2019, cuando Trump lanzó su oferta de “compra”, el entonces primer ministro groenlandés, Kim Kielsen, respondió con ironía: “No estamos en venta”. Pero hoy, con el acuerdo marco sobre la mesa, los términos son más ambiguos. Thule ya demostró que las concesiones “temporales” pueden volverse permanentes: la base, inicialmente pactada por 50 años, sigue activa 73 después, y su radio de operación se ha expandido un 40% desde 2004, según informes del Instituto Ártico de Copenhague. Peor aún: en 2020, el gobierno de Trump presionó a Dinamarca para que permitiera vuelos de reconocimiento del Comando Norte de EEUU sobre Groenlandia, usando como excusa la “amenaza rusa”. La solicitud fue rechazada, pero el episodio reveló una estrategia: EEUU prueba límites con acciones concretas antes de negociar.

El detalle más alarmante para los groenlandeses es que, en 2018, un informe del Pentágono filtrado a The Washington Post clasificó a Thule como “infraestructura crítica para la disuasión nuclear en el Ártico“, junto a bases en Alaska y Noruega. Esto significa que, en un escenario de conflicto, Groenlandia podría convertirse en un objetivo prioritario—y Dinamarca, en un actor secundario.

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¿Repetirá Frederiksen el error de 1951?

La primera ministra llega a Nuuk con una ventaja que no tuvo Eriksen: Groenlandia ya tiene gobierno autónomo. Pero también con una desventaja: en 2020, una encuesta de la Universidad de Groenlandia reveló que el 62% de los jóvenes (18-30 años) apoyaría un referéndum de independencia si Dinamarca no garantiza su protección frente a potencias extranjeras. Frederiksen debe elegir entre dos riesgos: ceder soberanía como en Thule (y enfrentar protestas masivas) o enfrentarse a EEUU (y quedar expuesta a represalias económicas o militares). El acuerdo marco no es un borrador: es una prueba de fuego. Si Dinamarca acepta cláusulas vagas ahora, dentro de una década podría descubrir que, como en 1951, lo “temporal” se volvió irreversible.

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