Europa unida frente al chantaje de Trump por Groenlandia: “No nos moveremos”
Fractura transatlántica: Ocho países europeos y tres bálticos desafían a Trump tras su amenaza de aranceles por Groenlandia, un territorio con 56.000 habitantes y recursos estratégicos bajo hielo.
Los gobiernos de Dinamarca, Finlandia, Francia, Alemania, Países Bajos, Noruega, Suecia y Reino Unido publicaron este domingo un comunicado conjunto en el que reafirman que su presencia militar en Groenlandia —una región autónoma danesa con 2,1 millones de km² (cinco veces España)— busca “apoyar a Dinamarca” y “no supone una amenaza para nadie”.
Como miembros de la OTAN, los firmantes subrayaron su compromiso con la seguridad en el Ártico, una zona donde el deshielo ha abierto rutas comerciales y accedido a recursos naturales valorados en billones de dólares. “Las maniobras Resistencia Ártica, coordinadas con Dinamarca, responden a intereses transatlánticos compartidos”, explicaron. El Ártico alberga el 13% del petróleo mundial sin descubrir y el 30% del gas natural, según el USGS.
La respuesta europea llega tras la amenaza de Donald Trump, quien el sábado anunció aranceles del 10% (desde febrero) y 25% (desde junio) contra estos países. El objetivo declarado: presionar para una “adquisición” de Groenlandia, un territorio que Estados Unidos ya intentó comprar en 1867 y 1946, sin éxito. En 2019, Trump canceló una visita a Dinamarca tras el rechazo danés a vender la isla.
“Chantaje inaceptable”: La UE cierra filas
El comunicado destaca la “plena solidaridad” con Dinamarca y Groenlandia, cuyo gobierno autónomo —con sede en Nuuk— ha rechazado históricamente cualquier interferencia externa. Los ocho países advirtieron que los aranceles “socavan las relaciones transatlánticas” y podrían desencadenar una “peligrosa espiral” económica. “Defendemos nuestra soberanía”, remacharon.
Horas después, los líderes de Estonia, Letonia y Lituania —países con experiencia en resistir presiones geopolíticas tras décadas bajo dominio soviético— se adhirieron al texto. El primer ministro estonio, Kristen Michal, el presidente lituano, Gitanas Nauseda, y la primera ministra letona, Evika Silina, lo anunciaron en redes sociales, recordando que sus naciones destinan al menos el 2% de su PIB a defensa (cumpliendo el objetivo de la OTAN).
La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, calificó las amenazas de Trump de “chantaje” en una entrevista con la agencia Ritzau. “No buscamos conflicto, pero Auropa no puede ser chantajeada“, declaró. Frederiksen agradeció el “respaldo masivo” recibido, señalando que el conflicto ha traspasado fronteras: “Esto ya no es solo sobre Groenlandia”.
Países Bajos desafía: “No retiraremos ni un soldado”
El ministro de Asuntos Exteriores holandés, David van Weel, tachó de “incomprensible e inapropiada” la medida de Trump en una entrevista televisiva. “Este chantaje no es forma de tratar a aliados“, criticó, calificando el plan de Groenlandia de “ridículo”. Van Weel confirmó que Países Bajos no retirará a los dos militares desplegados para preparar maniobras de la OTAN en la isla y anunciaron el envío de “más efectivos” cuando comiencen los ejercicios.
El ministro mencionó el Foro de Davos (Suiza), que comienza esta semana, donde la UE buscará “sacar esta propuesta de la mesa”. “Tenemos mucha tarea por delante”, advirtió. Groenlandia, con su posición geográfica clave, alberga la base aérea de Thule, operada por EE.UU. desde 1951 bajo un acuerdo con Dinamarca.
El conflicto escaló cuando Trump revivió en 2019 su interés por Groenlandia, comparando su estrategia con la “compra de Alaska” en 1867 (por US$7,2 millones, equivalentes a US$150 millones hoy). Sin embargo, Groenlandia —con un PIB per cápita de US$33.000 gracias a subsidios daneses— tiene un gobierno autónomo desde 1979 y rechaza cualquier transferencia de soberanía. ¿Podría este enfrentamiento redefinir las alianzas de la OTAN en el Ártico?
El precedente histórico que Trump ignora: Groenlandia y las dos veces que EE.UU. fracasó en comprarla
La obsesión de Donald Trump por Groenlandia no es nueva, pero choca con un dato histórico incómodo: Estados Unidos ya intentó comprar el territorio en dos ocasiones (1867 y 1946), y en ambos casos Dinamarca dijo no. El primer intento, tras la compra de Alaska a Rusia por 7,2 millones de dólares (equivalente a 150 millones hoy), fue un fracaso diplomático. El segundo, tras la Segunda Guerra Mundial, incluyó una oferta formal de 100 millones de dólares (unos 1.400 millones actuales), rechazada por el gobierno danés bajo el argumento de que “Groenlandia no está en venta“.
Lo que Trump omite es que, desde 1951, EE.UU. ya opera la base aérea de Thule en el noroeste de la isla, un enclave estratégico durante la Guerra Fría para monitorear misiles soviéticos. El acuerdo, firmado bajo presión tras la ocupación de facto de la zona en 1941 (cuando Dinamarca estaba bajo ocupación nazi), permitió a Washington mantener una presencia militar a cambio de protección y financiación limitada. Sin embargo, en 1968, un accidente nuclear —el incidente del B-52 en Thule, donde un bombardero estadounidense perdió cuatro bombas de hidrógeno— reveló los riesgos de esa presencia. Dinamarca, tras décadas de tensiones, logró en 2004 un acuerdo para descontaminar la zona, pero el control sigue siendo compartido.
El contexto actual es distinto: Groenlandia tiene autogobierno desde 1979 y, en un referéndum de 2008, el 75% de sus habitantes votó a favor de ampliar su autonomía, aunque sin romper con Copenhague. El territorio, rico en tierras raras, uranio y petróleo, atrae a China y Rusia, pero su población —56.000 personas, el 90% inuit— prioriza la soberanía sobre beneficios económicos. En 2019, cuando Trump canceló su visita a Dinamarca tras el rechazo a vender la isla, el primer ministro groenlandés, Kim Kielsen, fue claro: “No estamos en venta, pero estamos abiertos a negocios” —una frase que resume la postura actual.
¿Por qué Trump insiste en un error del siglo XIX?
La respuesta puede estar en el Plan Marshall 2.0 que su equipo esbozó en 2020: una estrategia para contrarrestar la influencia china en el Ártico, donde Pekín ha invertido miles de millones en rutas comerciales polares. Pero Groenlandia ya tiene acuerdos con China (como el proyecto de minería de Kvanefjeld, suspendido por disputas ambientales) y la UE. Si Trump fuerza una crisis, podría acelerar lo que más teme: una alianza euro-asiática en el Ártico que deje a EE.UU. fuera del reparto de recursos. La pregunta ahora es si la OTAN aguantará la presión o si, como en 1946, Dinamarca volverá a decir “no” —esta vez, con Europa detrás.